Los mensajes de Max.

804 Palabras

Maximiliano Beltrán Dejé un beso suave en la espalda desnuda de Ana antes de salir de la habitación. Su piel aún ardía del amor que habíamos hecho, y verla dormida con esa expresión de paz me llenaba de algo que no sabía que tenía: un deseo feroz de protegerla. Era mi mujer. Lo sabía en los huesos. Me puse los pantalones del pijama y caminé en silencio por el pasillo. En la habitación contigua, Mía dormía abrazada a su peluche con fuerza. Su respiración era tranquila, casi musical. Me incliné con cuidado y dejé un beso en su mejilla. —Papá te cuida, pequeña —susurré. Era viernes. El sábado lo dedicaría entero a ellas. Mis chicas. Mi familia. Me tocaba a mí cuidarlas como merecen. Fui a la cocina y preparé el desayuno: panqueques dorados, frutas frescas, café para Ana y leche con miel

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