Maximiliano Beltrán Dejé un beso suave en la espalda desnuda de Ana antes de salir de la habitación. Su piel aún ardía del amor que habíamos hecho, y verla dormida con esa expresión de paz me llenaba de algo que no sabía que tenía: un deseo feroz de protegerla. Era mi mujer. Lo sabía en los huesos. Me puse los pantalones del pijama y caminé en silencio por el pasillo. En la habitación contigua, Mía dormía abrazada a su peluche con fuerza. Su respiración era tranquila, casi musical. Me incliné con cuidado y dejé un beso en su mejilla. —Papá te cuida, pequeña —susurré. Era viernes. El sábado lo dedicaría entero a ellas. Mis chicas. Mi familia. Me tocaba a mí cuidarlas como merecen. Fui a la cocina y preparé el desayuno: panqueques dorados, frutas frescas, café para Ana y leche con miel

