Trisha se apretujó para salir por la apertura que daba a la habitación aledaña y usó uno de los estantes a modo de escalera para bajar. Abrió con cuidado la puerta del almacén y se asomó. «¡Perfecto!», pensó. La puerta estaba al otro lado de la esquina del pasillo respecto a la cabina de aquel hombre, así que los guardias apostados frente a esta no podían verla. Abrió la puerta un poco más y se encontró cara a cara con el morro sonriente del perro dorado. Trisha se rio suavemente ante la mirada expectante que tenía en la cara. ―¡Tramposo! Has tomado el camino fácil, ¿verdad que sí? ―susurró con afecto. El enorme cuerpo dorado se sacudió cuando la cola se agitó de un lado al otro, y un momento más tarde dos pequeños dragones aparecieron surcando el aire para aterrizarle a Trisha sobre lo

