Noah es un hombre encantador. Eso no hace falta que lo aclare, porque me lo ha dejado claro desde el primer día. No ha dejado de decir chistes y hacerme reír, desde que llegamos a su casa. Estoy sentada en un mesón tipo isla, en el medio de su hermosa cocina, mientras él prepara la cena. —¿Seguro que no quieres que te eche una mano? —le vuelvo a preguntar, mientras acaricio la cabeza de Dante apoyada en mi regazo. —Muy seguro —él sonríe de medio lado y continúa cortando los tomates en trozos—. Además, los pelos de perro no van incluidos en la receta —bromea. Le saco la lengua. —Para eso existe el agua y el jabón —le contesto imitando su tono burlón—. ¿Sabías que existe algo llamado«lavarse las manos»? Él se parte de risa. —Lo normal es que ayude a mi madre a cocinar —me encojo de ho

