Lentamente, mete sus manos debajo de mi blusa y la levanta, hasta quitármela por completo. Sus manos se posan sobre mis desamparados senos, los que acaricia con sutileza. Me muerdo el labio para reprimir un gemido. —No hagas eso, preciosa —musita él, sin dejar de tocarme con sus manos. Pasa su lengua por mi oreja. —¿Qué? —susurro, sintiendo que se me eriza la piel. —No reprimas tus gemidos. Quiero escucharlos —vuelve a pasar su lengua por mi oreja. Hago lo que me pide. ¡Joder! Se siente delicioso. Gimo sin vergüenza—. ¡Sí, nena! ¡Así! —él gime también. Él continúa tocándome con sus dedos y torturándome con su lengua. Yo estiro mi mano hacia atrás, para tocar su entrepierna. Él da un respingo y sujeta mi mano. Sonríe. —No comas ansias, pequeña —me dice, llevando mi mano hacia el frente

