CAPITULO 8

1049 Palabras
Camila y Mauricio regresan a Boston desde Costa Rica, enfrentando la incertidumbre y la culpa por un encuentro íntimo con Mauricio. Al llegar a su apartamento, Mauricio la visita, confesando que no puede ignorar lo que ha pasado entre ellos. Ambos reconocen que sus vidas han cambiado y deben enfrentar lo que se viene. CAMILA . . . El avión descendía hacia Boston, y yo miraba por la ventanilla, intentando ordenar mis pensamientos. La brisa cálida de Costa Rica se sentía cada vez más lejana, reemplazada por la familiaridad de mi ciudad, pero también por la incertidumbre que ahora cargaba en el pecho. Mi mente seguía dando vueltas en torno a lo que había sucedido con Mauricio. ¿Qué había pasado realmente? Mi cuerpo recordaba algo, pero mi mente se negaba a cooperar. Solo tenía fragmentos: su mirada intensa, el roce de su piel, el sabor de su aliento. Pero nada más. —¿Estás bien? —preguntó Mauricio, sentándose a mi lado en el avión. Su voz era suave, pero había algo en ella que me hizo sentir aún más culpable. —Sí, solo cansada —respondí, evitando su mirada. No podía mirarlo a los ojos sin sentir que me desmoronaba por dentro. Él asintió, pero no dijo nada más. El silencio entre nosotros era pesado, cargado de preguntas sin respuesta. Ambos sabíamos que algo había cambiado, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a hablar de ello. O tal vez no sabíamos cómo. Cuando el avión tocó tierra, respiré hondo. Boston me esperaba con su ritmo acelerado, con mi trabajo y mi rutina. Pero también con Riri, mi perrita, que seguramente me estaría esperando con su cola moviéndose sin parar. La idea de verla me dio un poco de consuelo. Al menos ella no me juzgaría, no me haría preguntas incómodas. —¿Te llevo a tu casa? —ofreció Mauricio mientras recogíamos nuestras maletas. —No, gracias. Prefiero ir sola —respondí, intentando sonar firme. No quería estar más tiempo con él, no hasta que pudiera aclarar mis pensamientos. Él asintió de nuevo, y nos separamos en el aeropuerto. Caminé hacia la salida, sintiendo su mirada en mi espalda. Sabía que esto no había terminado, que lo que había sucedido entre nosotros no podía simplemente ignorarse. Pero no sabía cómo enfrentarlo. Cuando llegué a mi apartamento, Riri me recibió con un entusiasmo que me hizo sonreír a pesar de todo. La abracé fuerte, sintiendo su calor y su inocencia. Ella no entendía lo que estaba pasando en mi cabeza, pero su presencia me recordó que aún había cosas simples y buenas en mi vida. Después de dejar a Riri en el suelo, me dirigí a la cocina para prepararme un té. Mientras el agua hervía, me miré en el reflejo de la ventana. Mi rostro estaba pálido, mis ojos cansados. ¿Qué había hecho? ¿Qué había permitido que pasara? Mauricio era un hombre comprometido, y yo no era ese tipo de persona. Nunca había sido así. Pero el alcohol, la tensión, la cercanía… todo se había conjugado para llevarme a un lugar del que no estaba segura de querer salir. El timbre sonó, interrumpiendo mis pensamientos. Me quedé inmóvil por un momento, preguntándome quién podría ser. No esperaba a nadie. Con cautela, me acerqué a la puerta y miré por la mirilla. Era Mauricio. Mi corazón se aceleró. ¿Qué hacía aquí? ¿Por qué no se había ido a su casa, con Maribel? Respiré hondo y abrí la puerta. —¿Mauricio? —dije, intentando mantener la voz neutral. —Necesitaba verte —dijo él, sin preámbulos. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de preocupación y algo que no pude identificar. —No sé si es una buena idea —respondí, cruzando los brazos sobre mi pecho. —¿Por qué? ¿Porque tienes miedo de lo que sentimos? —preguntó él, dando un paso hacia adelante. —No es eso —mentí. Sí era eso. Tenía miedo de lo que sentía, de lo que había pasado, de lo que podría pasar. —Entonces, ¿qué es? —insistió él, su voz más baja, más intensa. No supe qué decir. ¿Cómo explicarle que me sentía culpable, confundida, atraída y asustada, todo al mismo tiempo? ¿Cómo decirle que no quería hacerle daño a Maribel, pero que tampoco podía ignorar lo que había sucedido entre nosotros? —No lo sé, Mauricio —susurré finalmente. Él asintió, como si entendiera, aunque sabía que no era así. Nadie podía entender realmente lo que estaba pasando en mi cabeza. —Solo sé que no puedo seguir así —dijo él, mirándome directamente a los ojos—. No puedo pretender que nada pasó, que no siento nada. —Yo tampoco —admití, bajando la mirada. El silencio se instaló entre nosotros, pesado y lleno de significado. Sabíamos que estábamos en un punto de no retorno, que nuestras vidas habían cambiado para siempre. Pero no sabíamos cómo seguir adelante. —Debería irme —dijo Mauricio finalmente, dando un paso atrás. —Sí —respondí, sintiendo un nudo en la garganta. Él asintió y se dio la vuelta, pero antes de que pudiera abrir la puerta, lo llamé. —Mauricio —dije, y él se detuvo, volviéndose hacia mí. —¿Sí? —preguntó, su voz llena de esperanza. —No sé qué va a pasar —dije, luchando por encontrar las palabras adecuadas—. Pero no quiero que nos alejemos sin intentar entender lo que sentimos. Él sonrió, una sonrisa triste pero genuina. —Tienes razón —dijo—. No podemos ignorar esto. Y con eso, se fue, dejándome sola con mis pensamientos y la certeza de que nada volvería a ser igual. Esa noche, mientras Riri dormía a mis pies, me quedé despierta, mirando al techo. Mi corazón estaba dividido, mi mente en caos. ¿Qué había hecho? ¿Qué íbamos a hacer? No tenía respuestas, solo preguntas. Pero una cosa era segura: mi vida había cambiado, y ya no había marcha atrás. El futuro era incierto, pero por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de enfrentarlo. Sabía que, fuera lo que fuera lo que viniera, lo enfrentaría con Mauricio a mi lado. O al menos, eso era lo que quería creer.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR