CAPITULO 9

1051 Palabras
Creo que estoy alucinando y me volveré loca con cada fragmento de recuerdo que se me viene a la mente de esa noche. No pude dormir esa noche. Las sábanas olían a Mauricio, a su colonia, a su piel. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía. Su sonrisa, sus manos en mi cintura, sus labios rozando los míos en aquel balcón de Costa Rica. ¿Qué diablos había pasado esa noche? Recordaba el whisky, las risas, la confesión de sus problemas con Maribel... pero después, todo era un borrón. Solo quedaban sensaciones: su calor, su aliento en mi cuello, la electricidad de su piel contra la mía. Me levanté a las tres de la mañana, Riri me miró con sus ojos tristes, como si supiera que algo andaba mal. Le di un beso en la cabeza y me senté en el sofá, abrazando una taza de té frío. ¿Cómo iba a trabajar con él al día siguiente? ¿Cómo iba a mirarlo a los ojos sin que se notara lo que sentía? La mañana en la oficina fue un tormento. Mauricio llegó puntual, como siempre, pero había algo diferente en su actitud. Me evitaba, no me miraba directamente, se limitaba a dar órdenes breves y secas. ¿Estaba arrepentido? ¿O era yo la que estaba imaginando cosas? En la hora del almuerzo, me escapé a la azotea para respirar un poco de aire fresco. Boston en otoño era precioso, pero ese día el cielo gris reflejaba mi estado de ánimo. De repente, sentí su presencia detrás de mí. —¿Puedo? —preguntó, señalando el espacio a mi lado. Asentí, sin girarme. Se sentó en silencio, y durante un rato solo escuchamos el viento. —No paro de pensar en eso —dijo finalmente, su voz baja y ronca—. En lo que pasó. O en lo que no recuerdo que pasó. Me volví hacia él, sorprendida por su franqueza. —Yo tampoco —susurré—. Pero siento... algo. Algo que no puedo explicar. Mauricio me miró, sus ojos oscuros llenos de confusión y deseo. —¿Y si fue un error? —preguntó, más para sí mismo que para mí. —¿Y si no lo fue? —respondí, mi voz temblorosa. Se acercó un poco más, su rodilla rozando la mía. —Camila... —empezó, pero se interrumpió. —¿Qué? —insistí, mi corazón latiendo con fuerza. —No sé cómo manejar esto —confesó—. Mi vida es un caos. Maribel, mi madre, este compromiso... y ahora tú. Sentí un nudo en el estómago al escuchar su nombre. Maribel. La mujer con la que se supone que se casaría. La mujer que no era yo. —Yo también estoy confundida —admití—. Pero no puedo ignorar lo que siento. Se inclinó hacia mí, su aliento caliente en mi oído. —¿Y qué sientes? —murmuró, su voz cargada de intención. —Que te deseo —susurré, cerrando los ojos—. Que quiero sentirte otra vez, aunque sea solo en sueños. Sus labios rozaron mi cuello, enviando escalofríos por mi columna. —Soñé contigo anoche —confesó, su voz ronca y seductora—. Estabas desnuda, tus piernas alrededor de mi cintura, tus uñas clavadas en mi espalda... —Mauricio... —gemi, mi cuerpo respondiendo a sus palabras. Me giró hacia él, sus manos en mis mejillas, sus labios a centímetros de los míos . —¿Qué estamos haciendo? —preguntó, pero no era una pregunta, era una súplica. —No lo sé —respondí, mi voz quebrada—. Pero no puedo parar. Nuestros labios se encontraron en un beso desesperado, hambriento. Sus manos se deslizaron por mi cuerpo, apretando mis caderas, levantándome para sentarme sobre él. Gemí en su boca, sintiendo su erección contra mi sexo, la tela de nuestros trajes de trabajo el único obstáculo entre nosotros. —Te necesito —murmuró, su voz ronca y llena de necesidad—. Ahora. Me levanté, tirando de su mano, y lo llevé al ascensor. Nuestros besos eran urgentes, nuestras manos explorando, quitando ropa a toda prisa. El ascensor se detuvo en el piso de su oficina, pero no nos importó. Lo empujé contra la pared, mi falda subida hasta la cintura, sus pantalones bajados hasta las rodillas. —Jódeme, Mauricio —susurré, mi voz ronca de deseo—. Jódeme como en mis sueños. Me levantó, mis piernas alrededor de su cintura, y me penetró de una estocada, llenándome por completo. Gemí su nombre, mis uñas clavándose en sus hombros, mientras me movía sobre él, sintiendo cada centímetro de su dureza dentro de mí. —Así —jadeó, sus caderas chocando contra las mías—. Así es como te sueño, cabalgándome, pidiendo más. —Más —gemi, mi cuerpo al borde del abismo—. Dame más. Me tomó con fuerza, sus manos en mis nalgas, guiando mis movimientos, mientras me llenaba una y otra vez. El placer era abrumador, cada embestida llevándome más cerca del borde. —Voy a correrme —advertí, mi voz un susurro. —Juntos —gruñó, sus dientes apretados—. Jódeme, Camila, córrete en mi polla. Nuestros cuerpos se tensaron, el orgasmo explotando en una ola de placer que nos sacudió a ambos. Grité su nombre, mi sexo apretándolo, mientras él se vaciaba dentro de mí, su semen caliente llenándome. Caímos al suelo, jadeantes, nuestros cuerpos aún unidos. Mauricio me miró, sus ojos llenos de una mezcla de pasión y culpa. —¿Qué hemos hecho? —preguntó, su voz baja. —No lo sé —respondí, mi mano en su mejilla—. Pero no me arrepiento. Me besó suavemente, sus labios tiernos en los míos. —Tengo que irme —dijo finalmente, ajustando su ropa—. Maribel... —Lo sé —susurré, mi corazón encogiéndose. Se fue sin decir más, dejándome sola en el pasillo, mi cuerpo aún temblando de placer y mi mente en un torbellino de emociones. ¿Qué diablos estábamos haciendo? ¿Y cómo íbamos a seguir adelante? La respuesta, como siempre, estaba en el futuro incierto que nos esperaba. Un futuro lleno de decisiones difíciles, sacrificios y, quizás, más momentos robados en los sueños... o en los pasillos de la oficina.
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