MAURICIO
.
.
.
Me paré frente a la puerta de Camila, el corazón latiendo con fuerza contra mi pecho. La noche había sido larga, llena de pensamientos que no me dejaban en paz.
Sabía que no podía seguir así, escapando de la realidad cada vez que las cosas se ponían difíciles. Pero ahí estaba, de nuevo en su puerta, incapaz de resistirme a la necesidad de verla.
Llamé suavemente, esperando que estuviera despierta. No tardó en abrir, su rostro iluminado por la luz cálida del interior. Sus ojos se encontraron con los míos, y en ese instante, todas las palabras que había ensayado en mi cabeza se desvanecieron.
—Mauricio —murmuró, su voz ronca por el sueño.
—¿Puedo pasar? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Camila se hizo a un lado, permitiéndome entrar.
El aroma familiar de su hogar me envolvió, una mezcla de vainilla y algo que solo podía describir como ella. Me senté en el sofá, mientras ella se acomodaba a mi lado, su presencia llenando el espacio entre nosotros.
—¿Qué pasa? —preguntó, su mano rozando la mía. Suspiré, mirando hacia el suelo. ¿Cómo podía explicarle lo que sentía sin revelar la verdad que tanto temía decir?
—Camila, no sé cómo decir esto —comencé, mi voz temblorosa—. Pero desde que te conocí, todo en mi vida ha cambiado, te volviste alguien indispensable para mí, sabes todo de mi y paso a creer que me conoces más que yo mismo. Te quiero confesar que:
Me siento... vivo cuando estoy contigo. Ella me miró, sus ojos llenos de confusión y esperanza.
—Pero también sé que esto no es justo para ti —continué—. Hay cosas que no te he contado, cosas que debes saber.
Camila se tensó, su mano retirándose de la mía. —¿Qué quieres decir? —preguntó, su voz apenas tenía un susurro.
Tomé su mano de nuevo, apretándola suavemente. —Maribel y yo... todavía estamos comprometidos —confesé, las palabras saliéndome en un susurro.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Camila me miró, sus ojos llenos de dolor y traición. —¿Por qué no me lo dijiste? —¿Por qué permitiste que este sentimiento creciera más, entregandome a ti una y otra vez? preguntó, su voz temblorosa.
—Tuve miedo —admití—. Miedo de perderte, miedo de que si sabías la verdad, te alejarías de mí.
—¿Y crees que ahora no lo haré? —dijo, su voz cargada de amargura.
—No sé —respondí, mi corazón encogiéndose ante la posibilidad—.
Pero no podía seguir mintiéndote. No mereces esto, Camila. Mereces a alguien que pueda darte todo, sin condiciones, sin mentiras.
Ella se levantó, caminando hacia la ventana. La luz de la luna iluminaba su silueta, y por un momento, me perdí en la belleza de su figura.
—¿Por qué yo? —preguntó, su voz quebrada—. ¿Por qué no puedes dejarla a ella si sientes algo por mí?
—No es tan sencillo —respondí, levantándome para acercarme a ella—.
Hay cosas que me atan a ella, cosas que no puedo explicar. Pero lo que siento por ti... es real.
No puedo ignorarlo, no puedo seguir viviendo como si no existieras. Camila se giró hacia mí, lágrimas brillando en sus ojos.
—¿Y qué se supone que debo hacer ahora? —preguntó, su voz llena de desesperación—. ¿Esperar a que decidas qué quieres? ¿Ser tu amante mientras sigues comprometido con otra mujer?
—No —respondí, tomando su rostro entre mis manos—. No te pido que esperes. Solo te pido que me entiendas.
Que sepas que esto no es fácil para mí tampoco. .
Ella cerró los ojos, sus lágrimas cayendo silenciosamente. —No sé qué hacer, Mauricio —murmuró—.
No sé qué siento. La abracé, sintiendo su cuerpo temblar contra el mío.
—No tienes que saberlo ahora —susurré en su oído—. Solo déjame estar aquí contigo. Déjame ser lo que necesites que sea.
Camila se aferró a mí, su abrazo apretado y desesperado.
—Tengo miedo —confesó—. Miedo de perderte, miedo de que todo esto sea solo un sueño.
—No es un sueño —respondí, besando su frente—. Esto es real, Camila.
Y no te dejaré ir sin luchar. Pasamos la noche así, abrazados en el sofá, las palabras ya no siendo necesarias.
El amanecer nos encontró todavía juntos, el silencio entre nosotros lleno de promesas no dichas y esperanzas frágiles.
Pero sabía que esto no era el final. La conversación con mi madre aún estaba por venir, y con ella, el ultimátum que cambiaría todo.
No sabía qué deparaba el futuro, pero una cosa era cierta: no podía imaginar mi vida sin Camila. Y estaba dispuesto a luchar por ella, sin importar el costo.
El sol se alzaba en el horizonte, sus rayos dorados filtrándose a través de las cortinas.
Camila dormía en mis brazos, su respiración suave y tranquila. La miré, memorizando cada detalle de su rostro, sabiendo que este momento de paz era efímero.
Pero por ahora, estaba aquí, con ella. Y eso era suficiente.
No todo podía ser paz y tranquilidad mientras miraba a mi mujer, a mi hermosa mujer, porque Camila ya era mía en la cama aquel domingo. ¿Quién iba a pensar que yo, un domingo, sería interrumpido de manera tan abrupta? Recibí una llamada de mi madre y, aunque quise ignorarla, insistió una, dos, tres veces. Me dijo que tenía que ir a verla de inmediato. No podía ignorarla, así que me levanté de la cama, dejando a Camila sola. Mientras me vestía, pensamientos extraños comenzaron a surgir en mi mente: cambiar los electrodomésticos del apartamento, sorprenderla con detalles... Sacudí mi cabeza para quitarme esas ideas que no sabía de dónde habían salido. Estaba pensando en una vida con ella, pero tenía que arreglar otros asuntos primero.
Uno de esos asuntos era la nota que había dejado en la mesa, donde expresaba mi amor por Camila. Después de soltar el desayuno, bajé, tomé mi auto y me dirigí a casa de mi madre. Me demoré media hora en llegar y, cuando lo hice, estaba echando humo por los oídos. Mi madre me reclamó:
—¿Dónde estabas? ¿Por qué no respondías?
Y entonces escuché lo que no quería oír:
—Tienes que hacer el favor de llamar a Maribel y arreglar tus asuntos con ella. ¿Qué pasa, Mauricio? ¿Estás con alguien más? ¿Ya no quieres a Maribel?
Me recordó la promesa que le había hecho a la madre de Maribel antes de su muerte: que nuestros hijos estarían juntos.
—Tú ibas a casarte con Maribel desde bebés —me dijo—. Dime qué está pasando. ¿Estás andando con alguien más? ¿Ya no quieres a Maribel? Dímelo ahora, maldita sea.
Mi madre continuó:
—No quiero saber que andas con alguien más, porque le haré la vida imposible a la mujer que se atrevió a meterse en tu relación con Maribel. Te lo estoy diciendo como una advertencia solamente. Tú debes saber bien qué haces, porque yo no voy a permitir que le seas infiel a Maribel.
Siempre había sido cauteloso en mis relaciones, pero ahora parecía que estaba pasando de la raya.
—Supongo que has encontrado a alguien más porque no has querido arreglar tu situación con Maribel después de la discusión que tuvieron —me dijo—. Tú sabes por qué discutimos. Maribel siempre ha sido una carga para mí, y estoy reconsiderando este matrimonio.
Le respondí:
—No puedo atar mi vida a una mujer a la que no amo por una promesa que hice cuando era un niño y no sabía lo que decía. ¿Has pensado en lo que yo quiero? La verdad es que no me importa lo que tú quieras. Ya hice esa promesa, y ahora vas a ser feliz.
Mi madre me miró fijamente y me dijo:
—Mauricio, no hagas que yo destruya la vida de alguien por tu imprudencia.
Le respondí:
—Mamá, cálmate y deja de estar amenazándome. Me tienes harto. Nadie se mete en mi vida privada. Si Maribel quiere hablar conmigo, que me busque ella. Porque yo no la voy a buscar. Y si es necesario, terminaré con ella de una vez por todas, para que me dejes en paz con esta cosa del matrimonio.