LANE
Sequé mis lágrimas con el dorso de mi mano mientras avanzaba hacia la puerta de cristal, donde colgaba un cartel que ponía Recepción, justo al lado de un sticker viejo y desgastado que marcaba que estaba abierto las 24 horas. El hotel estaba a casi una hora en autobús de mi casa, era antigüo y la fachada prometía que las habitaciónes no serían las mejores, pero no podía darme el lujo de gastar mis pocos dólares en un lugar mejor. Aún debía comer y alejarme lo más posible de casa.
Unas campanitas acompañaron el chirrido de la puerta cuando entré.
Una señora robusta, con muchas canas y labial rojo se encontraba detrás de un escritorio de madera oscura, su ceño se frunció al verme y era obvio, no debía ser muy común que chicas jóvenes aparecieran por allí, casi en la madrugada y mucho menos con mi aspecto.
-¿Vienes sola? -indagó cuidadosa, ojeando la puerta en caso de que alguien más entrara.
Asentí.
-Será solo este día.
Ella me regaló una sonrísa dulce y comenzó a revolver dentro de una caja llena de llaves, hasta tenderme una con el número 116.
-Habitación individual, una sola cama, no hay televisión pero sí un pequeño baño -informó y, sinceramente, era más de lo que esperaba- 12 dólares.
Tomé la llave y después de cubrir aquél día, subí desanimadamente escalón por escalón hasta llegar al segundo piso donde estaban las demás habitaciones, caminando frente a las puertas con distintos números hasta dar con la mía.
Ya estaba amaneciendo, en ese momento debía estar durmiendo en mi cómoda cama, no en un hotel de mala muerte lejos de mi casa. Pero era lo que me había tocado. Estaba agotada, hambrienta y todo mi cuerpo dolía, aunque nada se comparaba a la presión en mi pecho, amenazando con quebrarme en cualquier momento. Mis ojos ardían, mi cabeza palpitaba y mi rostro hormigueaba adolorido.
Quería desaparecer, o volver el tiempo atrás. Aunque era consciente de que sería imposible y, muy en el fondo, de que tampoco habría mucho que cambiar. Todo había comenzado con Ian y aún así tenía el descaro de culparme por querer huir.
Por intentar sobrevivir.
Porque ir con los Knight era una muerte segura.
La habitación era pequeña pero los pocos muebles la hacían ver espaciosa. Solo una cama, una cajonera de madera llena de marcas y a la que le faltaba uno de los cajones, una alfombra llena de polvo y manchas de vaya a saber dios qué, aunque no descartaba nada, una ventana, y por último una puerta con una gran mancha de humedad que daba al baño.
Ver aquello me hizo sollozar.
No quería estar ahí.
Quería volver a mi casa, a mi habitación, dormir entre sábanas calientes, con mamá preparando una de sus deliciosas comidas y a Emily dibujando dinosaurios rosados.
Mi boca se frunció y las lágrimas quemaron, dejé caer la mochila a un lado y me híce bolita en un trozo de la cama.
-¿Por qué a mí? -sollozé.
Mis párpados pesaron y decidí rendirme al cansancio antes de seguir lamentandome por algo que ya no tenía marcha atrás.
• • •
Las gotas de lluvia empapaban el cristal de la ventana, al igual que las calles de Chicago. El cielo estaba cubierto de nubes grises y los ruidos que hacía eran espeluznantes. Le rogaba a Dios que no fallara la electricidad porque ese lugar se convertiría en el escenario de una pelicula de terror o, peor, de un asesino serial.
Me reí sola ante mis estúpidos pensamientos y cerré la cortina, encaminandome hacia el baño.
Me quité la ropa y la dejé doblada sobre el espacio en la cama donde había dormído, entre menos cosas tocara mejor. Para mi suerte, el baño estaba limpio, casi parecía que Dios se hubiera apiadado de mi y al menos me dejó higienizarme en un lugar decente. Abrí la ducha y agua limpia comenzó a salir, me metí cuando estuvo tibia e inmediatamente todos mis músculos se relajaron. Disfruté de aquella sensación un rato, antes de lavar mi cabello y mi cuerpo con unos sobres de shampoo dentro de una caja en el lavado.
Al salir, envolví mi cuerpo en una toalla que había metido en mi mochila, y me cepillé los dientes, mirando mi reflejo con una mueca. Me veía mal, no, me veía fatal. Tenía morados bajo mis ojos, mi naríz roja, el labio partido y una marca violeta en el pómulo izquierdo. ¿Acaso podía estar peor?, me tranquilizaba pensar que sí.
Al menos mi cabeza ya no dolía por los tirones de Ian.
Peleaba como nenita.
Salí del baño y un genuino grito agudo se escapó de mi garganta. Llevé mi mano a mi pecho, sintiendo mi corazón a punto de salirse de mi tórax. Tranquilamente podría haberse convertido en un infarto.
No otra vez. No él. No aquí.
Kaiden se encontraba sentado en la cama con sus brazos extendidos hacia atrás. Pero había algo raro en él. Sus ojos azules no bajaron en ningún momento a mi cuerpo, ni la sonrísa divertida de siempre adornaba su rostro, ahora solo... no lo reconocí. Parecía morder sus mejillas, su mandibula estaba tensa.
Pero él no estaba solo.
Había un hombre vestido de n***o en la puerta de la habitación, más no fué él quién llamó mi atención.
Frente a la ventana, de espaldas a nosotros, había una figura enfundada en una camisa azul y unos pantalones negros de vestir. Era alto, quizás mucho más que Kaiden. Era rubio y su cabello estaba algo corto. Su presencia era imponente y madura, el solo pensar que ese era el hermano de Kaiden me hizo tragar grueso.
Ellos estaban ahí por mí.
¿Cómo mierda me habían encontrado?
-¿Cómo me encontraste? -solté la pregunta con voz temblorosa, me reproché mentalmente por aquello.
Un sonido salió del rubio de la ventana, no llegó a ser una risa, pero estaba cargada de oscuridad y amargura. Se burlaba de mí.
-Además de huir de nosotros, tiene el descaro de preguntar cómo la encontramos -su voz grave hizo que mis piernas temblaran, habló más para sí mísmo que para mí, pero aún así lo sentí como una advertencia.
Pero, ¿él que esperaba que hiciera?
-Estas siendo muy mala, amor -reprochó Kaiden sin mirarme-, ¿sabes lo que le pasa a las niñas malas?
No respondí ni cuando sus ojos me acribillaron con su frialdad y dureza. Él jamás me había mirado a mí así y solo ahí fuí consciente de aquello.
Se levantó de la cama y sus pasos firmes me hicieron retroceder, haciendome sentir como una presa a punto de ser devorada por un animal hambriento, muy hambriento. Mi cadera chocó contra el mueble y maldije interiormente.
Sus dedos anillados jugaron con el borde de mi toalla y me aferré a esta con fuerza, como si fuera a caerse sola. Aunque había estado frente -y hasta sobre- él, con poca ropa, jamás desnuda bajo una simple toalla. El calor subió a mis mejillas al darme cuenta de aquello.
Un jadeo se escapó entre mis labios cuando su mano se aferró a mi nuca, acercando mi rostro hasta el suyo, haciendome sentir su aliento fresco contra el mío.
-Responde.
-N-no lo sé.
Su voz, sus mirada, su brusquedad... ese no era Kaiden, o al menos no el Kaiden de las otras veces. Lo único lógico era que estuviera enojado porque había huído, ¿pero tan enfadado?. El terror me consumió cuando entendí que no lo conocía de nada, que era un criminal y posiblemente un asesino, y yo creyendo que saldría de esta tan fácil.
Verlos ahí me demostraba que no.
-Me estás haciendo daño, Kaiden -envolví mis dedos en su muñeca, sintiendo como el mueble presionaba tanto mi cadera que de seguro dejaría marca. Y no fué hasta que la primera lágrima brotó cuando su semblante se suavizó y me soltó.
-Fuera -le ordenó el que supuse, era hermano de Kaiden, al hombre de la puerta.
-¿Esta seguro, señor?
-Tan seguro como que una niña en toalla es tan letal como un arma sin balas -se burló en tono duro, sacando un cigarro de su chaqueta-. Vuelve a cuestionarme y será la última vez que uses tu lengua.
El hombre palideció a los segundos y asintió, saliendo de la habitación tan rápido como si su vida dependiera de ello. Y quizás así era.
-No llores, amor -pidió, me pareció notar arrepentimiento en su voz, parecía tener una lucha interna pero no supe por qué-. No vinimos a hacerte daño.
No le creí. Si que era cínico aquello.
-Habla por tí.
-Nadie va a herirte -volvió a aclarar con tono severo, como si le advirtiera a su hermano.
-Tu palabra, no la mía.
-Ya hablamos sobre esto, amor. Yo debo cobrarme lo que me pertenece, Lane -escuchar mi nombre salir de su boca, por más contradictorio que sonara, me tranquilizó. La sutileza con la que lo dijo... ni parecía que estuviera amenazandome.
Sus manos acunaron mi rostro.
-Pero no conmigo -supliqué-. No soy un objeto que pueden utilizar para sus tratos, no tengo nada que ver en esto, Kaiden.
-Las reglas del juego cambiaron hace tiempo, desde la primera vez que te ví. Ahora solo quiero una cosa, y no es el dinero.
Sus iris clavadas en las mías eran un mensaje claro y directo.
No iba a dejarme ir.
-Al menos déjame conseguir el dinero.
Sabía que no iba a poder conseguir dinero, pero en el fondo tenía una pequeña esperanza, una que murió cuando el hermano de Kaiden volvió a reír. Me hizo sentir mal, me hizo sentir como si valiera nada.
-¿Para qué? -Kaiden frunció sus cejas espesas- ¿acaso no entiendes lo que te estoy diciendo?
-Para pagarte por mí -solté, alejando sus manos de mí-. Ian me metió en esta mierda y ahora debo salir, déjame pagarte por mi libertad -le pedí comenzando a ver borroso-. No quiero irme con ustedes.
Su semblante cambió en el segundo en que pronuncié aquellas palabras, se tornó frío y duro.
-No -lo ví tensar su mandibula-. No voy a permitir que vuelvas a irte de mi lado.
Apreté mis labios y él vió mis intenciones de quebrarme allí mismo, entonces sus brazos me envolvieron como en el Dynasty.
Kaiden era una pieza fundamental en toda esa mierda, pero aún así su actitud no cuadraba. Por un segundo, cuando me veía vulnerable, parecía querer dejarme ir, pero al otro su decisión era tan rotunda que provaba que mis esperanzas murieran allí mismo. Kaiden no me liberaría ni aunque me arrodillara.
-Shh... -su mano acarició mi cabello y sorbí mi naríz. Me veía patética-. Tu libertad no se compra con dinero.
Lo miré.
-¿Entonces qué quieres?
-A tí.
Kaiden no respondió, fué otra persona, una que llamó mi atención. Entonces volví a mirar hacia la ventana, su hermano se giró hacia nosotros expulsando el humo de su boca y sus brillantes ojos azules me cortaron el aire.
-Te queremos a tí.