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KNIGHT

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Descripción

Los hermanos Knight eran los Reyes de Chicago. Los criminales más buscados de la ciudad, los jefes que controlaban todo lo que ocurría dentro de su territorio, cada movimiento, nada entraba ni salía sin su permiso. Cada bar, cada club, cada casino, cada oscuro y sucio callejón, e inclúso las personas les pertenecían. Y dentro de poco, ella también sería de su propiedad.

Tener una deuda con el Diablo no era tan peligroso como tener una deuda con los hermanos Knight. Y eso Ian Anderson lo sabía bien.

Y ellos iban a cobrarselo, de una forma u otra.

Porque un Rey núnca pierde.

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CAPITULO 01
Noche de viernes. Música al tope, luces violeta neón, una larga fila de personas en la puerta y el club repleto de hombres con los bolsillos llenos de dinero, listos para derrochar un poco de sus fortunas en chicas jóvenes y guapas que fingen disfrutar bailando semidesnuda en un tubo frente a todos. El Dynasty era uno de los clubes más conocidos de Chicago, no de los más importantes, pero aún así logra tener una considerable cantidad de gente cada noche. Lo justo y necesario como para recibir una buena paga. El motivo por el que trabajaba allí, la única razón por la que había aceptado la propuesta de Sasha, una chica que conocí mientras trabajaba en un bar. Además de que, claro, no habían suficientes propuestas de trabajo para jóvenes sin estudios de dieciocho años. Era el Dynasty o morir de hambre. Aunque Sasha me había ofrecido comenzar como camarera, Randy, nuestro jefe, recibía mensajes todo el tiempo preguntando si yo no me presentaba en el escenario. Y aunque eso jamás estuvo en mis planes, no podía negarme a recibir ese importante aumento. No cuando la situación en mi hogar se volvía cada vez más complicada. Entonces me volví una Bailarina Golden, de aquellas que solo le dan bailes privados a los clientes con membresía. El Dynasty se quedaba con el dinero del pase dorado y yo con todo lo que obtenía del cliente. Gracias a eso había logrado costear las medicinas de mi madre, Ruth, y los estudios de mi hermana pequeña, Emilia. Al menos durante el tiempo en que papá se dedicaba a conseguir otro empleo, luego de que la empresa para la que trabajaba quebrara. Después de una larga e intensa noche, lo único que me daba fuerzas para no renunciar, era el plato de comida que ponía en la mesa para mi familia. Tararée la canción que salía de mis auriculares, sin miedo a que nadie me escuchara, ya que el autobús estaba casi desierto, excepto por un grupo de chicas que parecían volver de una fiesta. Sonreí melancólica, antes de desviar la mirada hacia la ventana, recordando esos tiempos donde salía de fiesta con amigos sin preocuparme por tener tantas responsabilidades, como ahora. Abracé la chaqueta negra entre mis brazos. Esa noche hacía calor, asi que me dí el lujo de andar en mis shorts de jean y una blusa de mangas cortas, sin problema. No como otras veces, donde los grupos de borrachos me miraban de forma lasciva, haciendome apresurar el paso cuando volvía a casa. Me bajé en la última parada, donde comenzaba el barrio donde se encontraba mi casa, uno de clase media-baja. Todo el cansancio en mi cuerpo me hizo arrastrar los pies hasta la entrada, bien podía haber aceptado la invitación de uno de aquellos adinerados hombres a cenar, pero confundir las cosas no estaba en mis planes. No quería que esperaran algo más. Rebusqué las llaves en los bolsillos de mi abrigo pero, cuando quise abrir la puerta, esta estaba sin seguro. Mi ceño se frunció. Que extraño. De seguro papá había regresado tarde de sus entrevistas en la ciudad y se había olvidado de cerrarla. Cuando entré, la oscuridad me recibió, excepto por una luz tenue que provenía de la sala. Dejé caer mi bolso junto a mi abrigo en la mesa aún lado de puerta, y caminé frotandome el rostro. Pero entonces escuché una voces. —¿Mamá? —llamé y no recibí respuesta, pero me detuve en seco una vez que estuve en la puerta que daba a la sala. Noté a mamá sentada en uno de los viejos sofás color vino, tenía ojeras bajo sus ojos azules y se veía igual de perdida que yo. Pero ella no me miraba, tenía la vista clavada en la figura ocupando lugar en el sofá a su lado. Un hombre que jamás había visto en mi vida. Tenía sus brazos extendídos en el respaldo, en una pose de poder y desenfado. Me recorrió con sus ojos azul eléctrico sin disimulo y me removí incómoda en mi sitio. Aclaré mi garganta. —¿Qué está ocurriendo? —Hija —la voz de papá llegó a mis oídos y lo busqué con la mirada, se encontraba detrás de mí, con dos tipos vestidos completamente de n***o. Mis ojos se abrieron de más al notar las armas escondidos en sus cinturones. —¿No va a presentarnos, señor Anderson? —indagó el rubio desconocído, aunque sonó más como si le hubiera reprochado por no haberlo hecho. —Lo siento, señor —dijo papá y su voz temblorosa no me pasó por alto—. Kaiden, ella es mi hija, Lane. Lane, él es Kaiden... Kaiden Knight. Cuando mencionó aquél apellido, mi semblante cambió completamente y, si antes solo quería saber qué estaba pasando, ahora solo quería huir lejos, muy lejos. Los Knight eran la familia dueña de Chicago. Para nadie era un secreto que ellos eran dueños de todo, poco a poco se fueron apoderando de cada club, cada bar, cada casino y hasta el Dynasty les pertenecía. Inclúso había escuchado que traficaban con otras ciudades y hasta países. Que había comprado a la policía, a jueces y hasta a ciertas pandillas para que hicieran el trabajo sucio. Por eso, en cuanto papá nos anunció que había sido despedido y tuve que abandonar la universidad y salir a buscar un empleo, no podía permitir que Emilia creciera en un lugar tan peligroso como ese. Entonces una cosa llegó a mi mente: ¿por qué rayos Kaiden Knight conocía a mi papá y que tenía que hacer en mi casa? —Ven —habló Kaiden, y lo miré para darme cuenta que era a mí a quién se dirigía. Palmeó su muslo y tomé una inhalación profunda, debatiendo internamente en si hacerle caso o huir. Cualquiera de las dos opciones eran peligrosas —. No muerdo, amor. Miré a papá y él asintió, santo dios, estaba aterrado. Todos me miraron mientras me acercaba a Kaiden a pasos dudosos, una vez frente a él me arrpentí completamente, pero él extendió su mano y terminé cayendo sobre su muslo. Su mano se posó en mi espalda baja y un escalofrío descendió por mi columna. —¿Cómo conoce a mi padre? —. Me sentí ridícula al dirigirme a él de aquella forma, siendo que no parecía tener más de veintitrés años. Pero no iba a arriesgarme a tratarlo como a cualquier otra persona. Sus iris azules me observaron con fijeza unos segundos eternos, hasta que hizo un ruido con su lengua y finalmenté habló: —Voy a suponer que ya estarás al tanto de quién soy, ¿no? —asentí—. Entonces sabrás que todo el territorio de Chicago me pertenece. Bueno, a mi hermano y a mí. El caso es que, uno de los tantos lugares que nos pertenecen, se llama La Red, una casa de apuestas donde la gente apuesta dinero. Tu padre —miró a Ian con advertencia y este agachó la mirada— era uno de mis clientes, invirtió miles de dólares y los perdió, no le bastó con eso sino que comenzó a pedir préstamos. ¿Qué rayos hiciste, papá? Kaiden se volvió hacia mí y su expresión se suavizó. Su dedo índice y medio comenzaron a hacer círculos sobre mi muslo y tragué grueso. Sentí mis mejillas calentarse y no sabía si era por la furia que me estaba generando lo que me contó, o porque sus caricias estaban enviando señales a una zona sensible entre mis piernas. —Te noto enojada, amor. ¿Enojada? No, eso es poco. Poquísimo. Estaba a punto de explotar de la ira. Ian nos mintió, nos dijo que iba a buscar trabajo para sacarnos del hambre y de la miseria, cuando en realidad iba a gastarlo todo en una casa de apuestas, sin ponerse a pensar un poco en que tenía tres bocas que alimentar. Sin ponerse a pensar en el futuro de Emilia o en la salud de mamá. Lo miré con rechazo y noté arrepentimiento en sua iris azules. Tarde, Ian. Pero entonces algo me distrajo, ahora los dedos de Kaiden acariciaban en un vaivén mi muslo, ocupando más espacio, nublando mi mente. —Espero entiendas el por qué estoy aquí —lo miré—. Vine a cobrarle a Ian y, ¿sabes que me dijo? —negué— que no tiene el dinero —. Contó como si fuera el final de un chiste, riendo sin una pizca de gracia, sonando más como un bufido. Sus ojos cayeron sobre mis labios entreabiertos y su tono de voz se profundizó—. Y no te das una idea lo que me enfada que no me devuelvan lo que me pertenece. Intentando razonar y procesar todo lo que estaba pasando, Kaiden le hizo una seña a los tipos que estaban parados detrás de mi padre y estos comenzaron a golpearlo. Mamá soltó un grito alarmada, comenzando a llorar. No ahora Ruth. Intenté levantarme, pero Kaiden me sostuvo con fuerza de la cintura, impidiendolo. —Diles que se detengan —le pedí. Ian había metido la pata, pero nadie quería ver sufrir a alguien que amaba Kaiden me miró fijamente. —¿Y qué me darás a cambio? —habló con diversión, sereno ante la violenta escena frente a nosotros. ¿Y a este que le pasaba? —Te pagaremos —aseguré y una vocecita dentro de mi cabeza me decía que ya la había cagado, pero al menos si aceptaba, tendría tiempo suficiente como para huir a otro continente. Lejos de los Knight. —Lo prometo. Kaiden frunció sus labios rosados, dubitativo, y me costó un poco centrarme al verlo haciendo aquello, sus mejillas se ahuecaron y su mandibula se perfiló aún más. Entonces hizo un gesto y los tipos se detuvieron, una mueca genuina se pintó en mi rostro al ver a papá con un corte en su ceja y otro en su labio, soltando quejidos desde el suelo de la sala. —¿Cómo piensas pagarme, exactamente? —indagó cerca de mi oreja, como si la charla se hubiera vuelto solo entre nosotros dos. —Con dinero —respondí seria. Claro, para él era un simple juego, quizás hasta algo cotidiano, cuando su cuenta bancaria debía estar a reventar. Pero no para mí, cuando mi vida y la de mi familia estaba en juego—. ¿De cuanto es la deuda? —Cincuenta mil. No, ahora sí lo mato. Debía ser un chiste, ¿de dónde rayos había sacado ese dinero Ian? o peor, ¿de dónde rayos lo sacaría yo? Miré a mamá, quien tenía sus ojos rojos e hinchados, y pensé en todo el daño que el idiota de papá le estaba causando, pero después observé a Ian y supe que, en el fondo, él no quería acabar así. Pero debió haber sido más cuidadoso. Suspiré, agotada de mi vida, y miré a Kaiden quien no había apartado su mirada penetrante de mi rostro en ningún momento. Parecía pensativo. —Lo conseguiremos, lo juro. Él pestañó. —Está bien —dijo para mi sorpresa y sentí el aire ingresando a mis pulmones nuevamente—, te daré un plazo de dos semanas, ni más ni menos —asentí, dos semanas no eran suficientes para conseguir cincuenta mil dólares, pero sí para llegar a otro continente y crearme una nueva vida—. El viernes vendré y si no tienen mi dinero me veré obligado a traer a mi hermano, y no creo que él sea tan bueno contigo, amor. —Lo solucionaremos. Y si no, yo misma cavaré mi propia tumba antes de tener a los hermanos Knight otra vez aquí. Justo al lado de la de Ian. Kaiden se levantó y rápidamente fuí con mi padre, ayudándolo a levantarse del suelo de madera. Mamá se acercó a socorrerlo y entonces miré la espalda de Kaiden, los dos hombres salieron y, antes de atravesar la puerta, me dió una última mirada con sus ojos azules. Una cargada de promesas que dejaban en claro que esa no sería la última vez que nos veríamos.

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