LANE
—No puedo, Lane, lo lamento.
Las palabras de Randy acabaron por matar las últimas esperanzas que tenía de conseguir el dinero para los Knight.
Los días habían pasado volando, como si el tiempo quemara y el Universo nos quisiera ver arder. Papá había prometido buscar la forma de sacarnos de aquél problema después de que Kaiden nos diera más tiempo, aunque por obvias razones no le creí y tomé doble turno en el Dynasty. Mamá había vendido algúnas cosas viejas que se acumulaban en el sótano y hasta Emily había dado algúnos de sus juguetes.
Aunque el dinero que nos habían dado por eso alcanzaba para comer un par de días, no para pagarles a unos criminales por nuestras vidas.
El viernes había llegado y no podía parar de morder mis uñas, estaba paranoica y nerviosa, el tiempo se había reducido a unas miseras horas y mañana, quien sabe a qué hora, los Knight estarían en la puerta de mi casa, reclamando algo que no podíamos darle.
Y vaya a saber Dios qué nos harían esta vez, recuerdo lo que Kaiden había dicho y no, absolutamente no quería que trajera a su hermano con él. Aquella no fué una amenaza vacía y tampoco estaba dispuesta a comprobarlo.
Mi última opción era pedirle un préstamo a Randy, uno que me condenaría a bailar un tiempo largo para saldar la mitad de cien mil dólares. Pero prefería bailar para él que deberle a los Knight.
—¿Cómo? —mi pregunta salió en un jadeo, desee con todas mis fuerzas haber escuchado mal, pero el semblante apenado de Randy me hizo entender que no.
—No puedo darte el préstamo.
Pestañée varias veces para disipar las lágrimas que se formaron en mis ojos.
—P-pero... —mi voz se apagó y tuve que apretar mis labios, sintiendo el aire pesado. Sentí como iba a desmoronarme ahí mísmo si no me contenía. Pero debía ser fuerte. Llorar no iba a hacer que alguien mágicamente fuera a salvarme, solo yo tenía el poder para sacarme de esa. A mí, a mamá, a Emi y, con pesar, a mi padre. Tuve que tragarme el nudo en mi garganta para seguir—. Voy a devolverte cada centavo, Randy, lo sabes. Jamás te fallaría. Te daré lo que gane en los bailes privados también y puedo hacer horas extras pero, porfavor, ayúdame.
Él se inclinó sobre su escritorio y tomó mis manos temblorosas entre las suyas.
—No hay nada que quisiera más que sacarte de esta, Lane. Pero hay una política que me impide darle préstamos a personas que le deban a los Knight —le echó un vistazo a la puerta y se acercó más a mí, como si lo que fuera a decirme fuese confidencial—. Ellos estuvieron aquí.
—¿Y te hicieron algo? —pregunté alarmada. Observé su cuerpo, no tenía signos de haber sido golpeado o maltratado. Él negó.
—Pero me dijeron que por ningún motivo le diera préstamos a las empleadas. No te mencionaron en ningún momento pero después de lo que me contaste, estoy seguro que se referían a tí —contó. Malditos Knight—. Además contaron el dinero de la caja fuerte, no podría dártelo ni a escondidas.
Inhalé profundamente por la naríz mientras cerraba mis ojos para calmarme.
Estaba segura de que no mentía. Randy era como un padre para mí, desde el momento en que me dejó trabajar en Dynasty, me había tratado con respeto y cariño, sin propasarme ni pedirme favores a cambio de nada, como me había pasado en empleos anteriores con jefes asquerosos. Él era bueno, a veces hasta pensaba en como Susan, su ex esposa, podía haber dejado a un tipo como él.
Que los Knight lo hubiesen metido en esto ya sobrepasaba los límites, me enfurecía. Porque ellos de verdad se creían la mierda de que eran los reyes, todo por el jodido dinero, creían que por ser ricos podían ir por la vida haciendo y deshaciendo a su antojo. Idiotas.
El préstamo era mi única forma de conseguir el dinero y y estaba segura de que ellos lo sabían. Apostaba lo que sea a que Kaiden quería algo más que dinero de mi parte, él era uno de los tipos más lindos de Chicago y, si no hubiese sido un criminal peligroso, hubiera caído rendida a sus pies.
Pero el contexto no daba para eso.
Alguien llamó a la puerta y Randy soltó mis manos, aproveché que estaba de espaldas para limpiar rápidamente las lágrimas que se habían escapado.
—Adelante.
—Perdón por interrumpir, Rand —reconocí la voz de Sasha pero no me giré, Randy hizo un gesto restandole importancia—. Hay un tipo que busca a Lane para un baile privado.
Suspiré pesadamente.
—¿Quieres ir? —indagó Randy y asentí rápidamente, por más mal que me sintiera, no podía negarme a recibir dinero.
Salí de la oficina y seguí a Sasha a través del pasillo con los cristales que daban al primer piso, la música se escuchaba opacada desde aquí. Esa noche nos había tocado llevar un body n***o que casi ni cubría mi trasero, con un escote profundo y una especie de cadena dorada en el muslo y en los bordes del conjunto. Me sentí ligeramente cohibída vestida así, solo quería envolverme en mantas y acostarme a dormir un año o hasta que todo eso pasara.
Iba mirando el suelo hasta que noté a Sasha detenerse y voltearse hacia mí con una mueca dudosa.
—Yo... escuché lo que te pasó.
Ni siquiera me inmuté, no tenía ganas.
Ella apoyó su mano en mi hombro, dandome un apretón.
—Sabes que puedes pedirme lo que necesites, ¿no, Lane?. No tengo mucho dinero pero seguro que de algo sirve —intentó alentarme, regalandome una sonrísa que dejó a la vista la diminuta piedrita celeste en uno de sus perfectos dientes.
Ni juntando todos los ahorros de las bailarinas conseguiríamos cincuenta mil dólares para mañana, pero el que me ofreciera su ayuda fué suficiente para levantarme un poco el ánimo y sonreírle.
Asentí y seguímos nuestro camino hasta la zona del pequeño balcón.
—Ahí está tu hombre —señaló a un tipo alto y serio parado a unos pasos de nosotras, al inicio de las escaleras que llevaban a los Salones Dorados, donde se hacían los bailes.
Lo miré dudosa, tuve que despejar mi mente y abandonar mi realidad por un rato para caminar hacia él con pesar, fingiendo una sonrísa seductora. El hombre ni siquiera me miró, solo comenzó a caminar y, cuando se giró, rodé los ojos. Llegamos a una de las puertas rojas y la abrió, miré hacia dentro cuando no entró y estaba algo oscuro, algo me daba mala espina, pero entonces él me dió un empujón con el que casi caí al piso.
—¡Oye! —exclamé dandole golpes a la puerta. ¡Me había dejado encerrada! —. Maldito simio, ¡dejame salir! —solté un grito agudo cargado de rabia. ¿Qué mierda le pasaba a los hombres?
Bufé, dandome por vencida, recargué mi espalda en la puerta y cerré mis ojos. Bueno, al menos estaba sola.
—Buenas noches, amor.
Oh joder.
Ese apodo.
Al reconocer aquella voz, un escalofrío me recorrió entera y enseguida me puse alerta. Fruncí el ceño, no podía ser él. Me abrí paso a través de las pesadas cortinas rojas que separaban la entrada de la habitación y me detuve en seco.
Mierda, sí era él.
Kaiden.
Estaba sentado en el sofá de terciopelo rojo en fomar de U, con sus brazos extendídos en el borde. No pude ignorar lo bien que se veía con aquél pantalon n***o ajustado, unos tenis blancos y el polo rojo que resaltaba su piel. Sus ojos azules me recorrieron entera.
—¿Qué haces aquí? —intenté no tartamudear para que no notara que estaba aterrada, pero el que me estuviera desnudando con la mirada tampoco ayudaba a mi nerviosismo. Cuando sus ojos se quedaron más tiempo de lo debído en mi escote, aclaré mi garganta y él pestañeó, mirandome fijo.
Mierda, odiaba que hiciera aquello.
—Vine a verte.
Su tranquilidad me enfadaba y a la vez me preocupaba, una parte de mí esperaba que sacara un arma en cualquier momento y me apuntara, quizás se había cansado de nosotros y quería sacarse un peso de encima.
—Pero no aquí. Me diste tiempo hasta mañana —le recordé asustada, pidiendo silenciosamente que me hiciera caso y se marchara, aunque en el fondo sabía que no habia ni una mínima chance de que desapareciera sin recibir algo a cambio.
Parecia que siempre sería asi con él.
—Vine a verte... bailar —terminó y mi boca se abrió en una O y sentí el calor en mis mejillas. La idea de que me apuntara, de pronto, no se escuchaba tan mal. ¿Bailar para él?, ni loca—. Como un cliente, no como un acreedor.
Sus palabras me hicieron estremecer.
—Kaiden... —intenté decir algo, no sabía qué, pero cualquier cosa que me sacara de esa.
—No —me cortó con voz demandante y, me hubiese asustado, pero entonces sonrió. Sexy y jodido loco.— Al escenario, amor, vamos. Si te portas bien te daré una buena propina.
Nuestras miradas no perdieron conexión mientras bebía un trago de lo que parecía whiskey.
Mi mente se centraba en sus ojos, en su órden, en sus labios húmedos y brillantes. No quería bailarle, no podía humillarme así, si fuera cualquier otro estaría bien pero él ni siquiera había permitido que me dieran el préstamo, lo último que quería era bailarle semidesnuda. Era una forma indirecta de obtener ese algo más.
Porque Kaiden sabía que no podía negarme.
O me amenazaría, o a mi familia.
Estaba entre la espada y la pared.
—Bien —solté entre dientes y él sonrió victorioso. Lo que daría por borrarle la sonrísa a golpes.
Me llené de valor y comencé a caminar hacia el tubo sobre el pequeño escenario redondo en medio del salón, sin perder contacto visual. Una canción de Zayn comenzó a sonar y las luces se tornaron rojas. Claro, porque más s****l el ambiente no podía ponerse.
Su semblante se volvió serio y concentrado mientras me veía bailar. Estaba dando todo de mí, haciendo movimientos lentos, ágiles y sensuales. Y estaba funcionando, lo supe cuando ví como la nuez de su garganta bajaba con pesadez, sus ojos sin perderse ningúna parte de mi cuerpo.
No satisfecha con eso, bajé del escenario y caminé hacia él, quien alzó su mirada hacia mi rostro, sentí un hormigueo en mi estómago que casi me hace arrepentirme, pero entonces él tomó mi mano y supe que era tarde. Me jaló haciendo que cayera sobre él con mis piernas a cada lado de sus muslos, sentí mi corazón latiendo fuerte contra mi pecho.
Sus manos se deslizaron por mis muslos denudos, de arriba hacia abajo, secandome la boca. En el momento en que sus iris azules se dirigieron a mis labios entreabiertos, pensé en que podría haber sido capaz de mandarlo todo al diablo por un segundo, de olvidarme quién era él y el por qué estaba ahí, y probar sus labios gruesos y rosados.
Pero entonces sus manos viajaron a mi cintura, apretandome contra él y sus labios chocaron contra la piel de mi oreja, su aliento tibio erizandome la piel.
—Daría lo que sea por follarte aquí mísmo, pero tienes mucho dinero que conseguir para mañana y no quiero robarte tiempo —sus palabras lograron que mi rostro se calentara, no sabía si de la furia o por lo que acababa de admitir.
Dios mío.
¿Acaso sería capaz de follarme ahí?
Negué con la cabeza, ¿qué cosas pensaba?.
Deslizó sus grandes manos por mi cadera hasta tomar mi muñeca, enviando señales electrizantes a todo mi cuerpo, dejando un rollo grueso de billetes en mi palma.
Lo miré incrédula.
—Nos vemos, amor —dejó un beso en mi mejilla. Aún confundida logré bajarme de sus piernas, viendolo desaparecer en la oscuridad una vez que atravesó las cortinas sin mirar atrás.
Jodido Knight.