El sol apenas comenzaba a salir, pero Zeyan ya estaba despierto. La angustia y la desesperación se reflejaban en su rostro, marcado por noches en vela y horas de incesante búsqueda. Había hecho todo lo posible para encontrar a An, pero parecía que el destino se oponía a cada uno de sus esfuerzos. No importaba cuánto moviera cielo, mar y tierra, An seguía desaparecida, y con ella, Tianyu. En sus manos, el teléfono vibró con otro informe negativo. El equipo de Zeyan, aunque competente, no había logrado dar con su paradero. En el fondo de su alma, Zeyan sabía que algo no estaba bien, pero no podía aceptarlo. No podía creer que An, la mujer que había amado con toda su alma, la madre de su hijo, la mujer que había perdido tanto a su lado, estuviera detrás de una traición tan cruel. —No puede

