Zeyan observaba los informes en su escritorio con los dientes apretados, sus manos temblaban de furia. Finalmente, todas las piezas del rompecabezas encajaban. Mei no solo había manipulado a An para que huyera, sino que había estado trabajando en las sombras con su aliado, un hombre que se había atrevido a desafiarlo. —Chen —gruñó Zeyan, su voz fría como el hielo. —Señor Qin —respondió su asistente, entrando al despacho con cautela. —Quiero a Mei aquí. Ahora. Chen asintió y salió de inmediato. No pasó mucho tiempo antes de que Mei fuera llevada a la oficina. Su sonrisa arrogante contrastaba con la tensión que llenaba la habitación. —Zeyan, querido —dijo con un tono burlón—. ¿Por qué esa cara tan seria? Zeyan no perdió tiempo. Se levantó de su silla, rodando hacia ella con sus ojos ll

