El amanecer se colaba por las cortinas de la habitación de An, pero ella no podía sentir la calidez del sol. Su corazón estaba cargado de emociones encontradas. Zeyan había permanecido a su lado toda la noche, una faceta de él que rara vez había visto, pero la imagen de Mei seguía en su mente como un recordatorio de que, aunque él estuviera allí, no le pertenecía. Al abrir los ojos, lo encontró sentado en un sillón al otro lado de la habitación, con la mirada perdida en el suelo. Parecía abatido, casi como si estuviera cargando un peso que no podía soportar. Pero An no podía permitirse compadecerlo. —¿Por qué sigues aquí? —preguntó con voz baja, pero firme. Zeyan levantó la mirada, sorprendido por el tono distante de An. —Estoy aquí porque quiero asegurarme de que estés bien, tú y el b

