El despacho de Zeyan era un reflejo de su estado mental: el caos reinaba. Los documentos estaban tirados por el suelo, el vaso de whisky que había estado en su escritorio ahora yacía roto junto a una de las paredes, y el hombre que solía mantener un control absoluto sobre sus emociones estaba al borde de la desesperación. La ira y la decepción se mezclaban en su interior, formando un torbellino que lo consumía. Las palabras de Mei seguían repitiéndose en su mente como un eco insoportable: "An está embarazada y te lo ocultó. La mujer que tanto proteges lleva tu hijo y nunca te lo dijo." Golpeó con fuerza el brazo de su silla de ruedas, su mandíbula tensa mientras su mente procesaba las implicaciones. —¿Cómo pudo? —murmuró, su voz rota por la mezcla de dolor y furia. Llamó a Chen con un

