El sol apenas despuntaba en la mansión Qin cuando Liang An salió al jardín para regar las flores. El aire fresco de la mañana debería haber sido reconfortante, pero su mente estaba inquieta. Las palabras de Ling aún resonaban en su cabeza, y la conversación con Zeyan de la noche anterior no hacía más que aumentar su confusión.
Mientras regaba sus rosas, un carraspeo detrás de ella hizo que se sobresaltara. Se giró rápidamente y allí estaba Mei, apoyada contra una columna con una expresión fría y calculadora.
—Vaya, siempre tan diligente, ¿verdad? —comentó Mei, sus palabras cargadas de sarcasmo.
An bajó la regadera, tratando de mantener la calma.
—¿Qué quieres, hermana?
Mei avanzó lentamente hacia ella, con las manos cruzadas frente a sí.
—Solo quería tener una pequeña charla contigo. Después de todo, somos familia, ¿no?
An sintió un nudo formarse en su estómago. Sabía que Mei nunca se acercaba a ella con buenas intenciones.
—Habla —dijo, tratando de sonar firme, aunque su voz tembló ligeramente.
Mei sonrió, satisfecha por la reacción de An.
—Es simple. Quiero que te mantengas alejada de Zeyan.
An parpadeó, confundida.
—¿Qué?
—Lo que oíste —dijo Mei, inclinándose hacia ella—. No quiero que hables con él, que lo mires, ni que intentes acercarte a él.
—Pero… él es mi esposo —murmuró An, incrédula.
—¿Esposo? —Mei soltó una risa amarga—. No te engañes, An. Tú no eres más que una sustituta, una herramienta para mantener las apariencias. Y créeme, Zeyan merece algo mucho mejor que tú.
An sintió un dolor punzante en el pecho, pero se obligó a no llorar.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, su voz quebrada.
Mei la miró fijamente, y de repente su sonrisa desapareció, dejando al d*********o una expresión fría y despiadada.
—Porque no quiero que olvides tu lugar. Y porque, si no me obedeces, algo muy malo podría pasar.
An dio un paso atrás, aterrorizada por el tono amenazante de su hermana.
—¿Qué quieres decir?
Mei sacó su teléfono y mostró una foto. Era el pequeño gato de An, Mimi, en el balcón del departamento de sus padres.
—Qué linda es Mimi, ¿no crees? Sería una lástima que… bueno, que algo sucediera, ¿verdad?
An se llevó una mano a la boca, horrorizada.
—¡No te atrevas a hacerle daño! —exclamó.
—Eso depende de ti —dijo Mei con una sonrisa fría—. Si me prometes que te mantendrás alejada de Zeyan, Mimi estará perfectamente a salvo. Pero si no lo haces… bueno, no creo que los gatos sepan volar.
An sintió que sus piernas temblaban. No podía arriesgarse a que Mei cumpliera su amenaza.
—Está bien —susurró finalmente, sus ojos llenos de lágrimas—. Haré lo que quieras.
Mei dio un paso atrás, satisfecha con su victoria.
—Sabía que lo entenderías. Ahora sé una buena chica y mantén esa distancia. Por tu bien… y por el de Mimi.
Sin decir una palabra más, Mei se dio la vuelta y se marchó, dejándola sola en el jardín.
Ese día, cuando Zeyan regresó a la mansión, encontró a An en la sala de estar, sentada en el sofá con la mirada perdida. Se acercó a ella, preocupado.
—An, ¿estás bien? Pareces… distante.
An levantó la mirada hacia él, pero rápidamente apartó los ojos.
—Estoy bien —respondió en un murmullo.
Zeyan frunció el ceño, notando algo extraño en su comportamiento.
—¿Seguro? Anoche parecías más… tú misma.
—Lo siento, estoy cansada —dijo rápidamente, levantándose del sofá—. Si me disculpas, voy a descansar.
Antes de que Zeyan pudiera decir algo más, An salió de la habitación, dejando tras de sí un aire de desconcierto.
Esa noche, en su habitación, An se sentó junto a la ventana, mirando las estrellas con los ojos llenos de lágrimas. La imagen de Mimi seguía apareciendo en su mente, y la impotencia la consumía. Sabía que estaba sacrificando cualquier posibilidad de acercarse a Zeyan, pero no tenía elección.
"Es por Mimi", se repetía una y otra vez, tratando de convencerse de que estaba haciendo lo correcto. Sin embargo, en el fondo de su corazón, no podía evitar sentir que estaba perdiendo algo más valioso que nunca había tenido la oportunidad de alcanzar.