An se levantó temprano al día siguiente, como de costumbre. La noche anterior apenas había dormido, atormentada por el peso de la amenaza de Mei. La mansión estaba en completo silencio, lo que le dio un momento de respiro. Sabía que debía mantenerse alejada de Zeyan, pero no podía evitar sentir una profunda tristeza al hacerlo.
Mientras preparaba una taza de té en la cocina, una voz familiar la sacó de sus pensamientos.
—¿Sigues despierta tan temprano, pequeña ratoncita?
Era Qin Ling. Su cuñada entró a la cocina con una expresión burlona, como si ya supiera que algo la atormentaba.
—Sí, estoy acostumbrada a madrugar —respondió An en voz baja, sin mirarla directamente.
Ling notó la actitud retraída de An y no perdió la oportunidad de aprovecharse de ello.
—¿Qué pasa, An? ¿La reunión familiar de ayer fue demasiado para ti? O tal vez Mei finalmente te hizo ver tu lugar.
An apretó los labios, tratando de ignorarla. Sabía que Ling buscaba provocarla, pero no podía permitirse mostrar debilidad.
—No tengo nada que decir —murmuró mientras sostenía su taza de té con ambas manos.
Ling la miró con curiosidad, notando algo diferente en su comportamiento.
—Qué raro. Ayer parecías más decidida, pero ahora vuelves a ser la ratoncita tímida que todos conocemos. ¿Mei te dijo algo?
El cuerpo de An se tensó al escuchar el nombre de su hermana. Intentó fingir indiferencia, pero Ling era astuta y captó el cambio en su postura.
—Así que fue Mei —dijo Ling, acercándose lentamente—. Sabía que ella no iba a quedarse quieta. ¿Qué te hizo esta vez?
An negó con la cabeza, evitando responder. Sin embargo, Ling no iba a dejarla escapar tan fácilmente.
—¿Te amenazó? —preguntó Ling con una sonrisa torcida—. Vamos, puedes decírmelo. Mei siempre ha tenido un talento especial para manipular a los demás, pero no creí que tú caerías tan fácilmente.
An permaneció en silencio, su corazón latiendo con fuerza.
—Oh, querida An —continuó Ling, disfrutando del poder que tenía en ese momento—. ¿Te pidió que te alejaras de Zeyan? Déjame adivinar, te hizo creer que él nunca te defenderá.
An finalmente alzó la mirada, sus ojos llenos de lágrimas contenidas.
—Por favor, déjalo así, Ling. No quiero hablar de esto.
Ling se echó a reír, pero su risa no tenía alegría.
—Eres demasiado fácil de leer, An. ¿Y sabes qué? Es patético. Pero hay algo que no entiendes: Mei no es invencible. Ella tiene sus propios secretos, y si supieras lo que sé, no permitirías que te pisoteara así.
An la miró, confundida y desconfiada.
—¿Qué quieres decir?
Ling se inclinó hacia ella, sus ojos brillando con malicia.
—Solo digo que Mei no es tan perfecta como todos creen. Si decides seguir obedeciéndola como un perro asustado, entonces nunca sabrás la verdad. Pero si estás dispuesta a escuchar, podrías recuperar el control.
An tragó saliva, su mente luchando entre el miedo y la curiosidad. ¿Qué podría saber Ling sobre Mei? ¿Y valdría la pena enfrentarse a su hermana para descubrirlo?
Antes de que pudiera responder, un sonido de pasos en la entrada interrumpió su conversación. Ambas giraron la cabeza y vieron a Zeyan de pie en la puerta, su mirada seria como siempre.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, su voz profunda y firme.
Ling sonrió con una falsa inocencia.
—Nada importante, hermano. Solo le daba a An un poco de consejo fraternal.
Zeyan no parecía convencido, pero dirigió su mirada hacia An, quien bajó la cabeza inmediatamente.
—An, ¿estás bien? —preguntó con una leve preocupación en su voz.
Ella asintió rápidamente, pero no dijo nada. Zeyan frunció el ceño, claramente molesto por su silencio, pero no insistió.
—Ling, deja de entrometerte en lo que no te importa —ordenó Zeyan con frialdad, mirando a su hermana mayor con desdén.
Ling levantó las manos en un gesto de rendición.
—Tranquilo, Zeyan. Solo estaba tratando de ser amable.
Con una sonrisa burlona, salió de la cocina, dejando a An y Zeyan solos.
—An, si hay algo que necesites decirme, dímelo ahora —insistió Zeyan, acercándose un paso más.
An lo miró, deseando más que nada confiar en él. Pero el miedo por Mimi y la amenaza de Mei la detuvieron.
—No, no es nada —murmuró, evitando su mirada.
Zeyan suspiró, frustrado.
—Está bien. Pero recuerda que, si algo te molesta, quiero saberlo.
Dicho esto, salió de la cocina, dejándola sola con sus pensamientos.
An apretó su taza de té con fuerza, sintiendo cómo la culpa y la impotencia la invadían. Sabía que debía proteger a Mimi, pero ¿a qué costo? ¿Podría realmente seguir soportando el control de Mei y el desprecio de Ling?
Mientras las palabras de Ling resonaban en su mente, An comenzó a preguntarse si realmente estaba dispuesta a descubrir los secretos de su hermana. Porque, quizás, la única manera de liberarse era enfrentarse a la verdad, sin importar lo dolorosa que fuera.