El auto se detuvo frente a una mansión imponente, con altos pilares de mármol y jardines iluminados por pequeñas luces que parecían flotar en el aire. Un portero vestido impecablemente abrió la puerta de mi lado, y cuando mis pies tocaron el suelo, sentí un nudo en el estómago. Las ventanas de la casa destellaban como si escondieran secretos tras los cristales, y la música que llegaba desde el interior era suave, pero inquietante. Erick rodeó el auto para encontrarse conmigo y ofreció su brazo. Su proximidad tenía un efecto extraño en mí, como si pudiera absorber algo de su seguridad al estar cerca. —Recuerda, mantente cerca de mí y no te alejes para nada. Solo avísame cuando quieras ir al baño, y yo me encargaré de cuidarte —susurró, su voz tan baja que solo yo pude oírla. Asentí, esta

