La mañana para Imelda no había comenzado nada bien. Los vómitos matutinos la están llevando a pique. No eran vómitos debido al embarazado sino a un estado depresivo nervioso que volvió a ella la tarde que Eliécer destruyó toda esperanza de la joven. Esa tarde sus palabras no solo destruyeron una imagen que ella quería mantener sino también la nueva y para ella muy significativa amistad. El rostro pálido y sudoroso es observado desde el quicio de la puerta, por un hombre que está muy nervioso, al verla tan débil. —Debes tener fuerza— le dijo Antonio preocupado por el estado emocional de la joven — recuerda que llevas dentro de ti un bebé y que él te necesita sana. Ella lo mira con dolor. Él desde ese día ha estado algo distante, lo más seguro es que él también ha caído

