Capítulo 14

1352 Palabras
Pero mi regreso no fue tan sencillo. De Santa Martha a Cartagena necesitaba encontrar una manera para sostenerme, mejor dicho antes de salir de Santa Marta ya debía tener arreglado incluso el camino. Y es que no llevaba nada de plata, ni siquiera un peso. Todo lo que había conseguido en los últimos días de mi contrato y en los servicios de mi llegada a Cartagena se había esfumado en pocos días, los que pase con Nora, y estaba seca. Sin dudar y con un poco de pena le dije a mi ex mujer la condición en la que estaba. Ella, al sentir lástima por mí me pasó el contacto de un buen amigo suyo que vivía en Cartagena y que hacía viajes con frecuencia a Bogotá por lo que podría aprovechar. Así fue. Primero llegué a la estación de autobuses. Ahí ya me esperaba Fabián, el mejor amigo de Nora. Le pedí de favor que me llevará al hotel en dónde me hospedaba antes de irme para sacar mis cosas y cubrí la deuda que se amontonó con una plancha para el cabello muy bonita y fina de mi amiga del prostíbulo, al fin de cuentas con su extranjero iba a conseguir suficiente para comprarse otra. Fabián y yo llegamos a su departamento a eso del mediodía. Me preguntó si quería comer. Le dije que no. - Bueno, instálate y nos vemos cuando estés lista en el cuarto. Lo que escuche no lo esperaba. El hijoeputa me dijo que dado que me dedicaba a la prostitución, no debería tener empacho en coger con él. Al final de cuentas era mejor que hacerlo con un desconocido. Y tenía razón, al menos así lo creí frente a la necesidad. Me agarré las pelotas que no tengo y me metí para sacar lo necesario por el viaje. Así que para el final de cuentas, sumado a la decepción que me causó Nora con su desprecio, me había cogido a su mejor amigo. Estaba desecha de verdad porque yo amaba a esa mujer. Mi regreso a la Nevera fue sin dejar a un lado el nerviosismo que me producía tener apenas lo necesario para los pasajes. Era agobiante sentir aquello de no saber qué pasará. Creo que eso fue lo que provocó al hombre con el que compartía asiento para que me hablara y fue genial. Al llegar mi nuevo amigo me ayudó a guiarme en aquella jungla de concreto de la que nada conocía y ya que por suerte vivía por el castillo, me llevó hasta ahí. Mi intención era la de encontrar a Osmar, un chico que en el lugar trabajaba repartiendo volantes. Él me puso al tanto de lo que pasó y entonces supe que el espacio había estado cerrado por al menos una semana, sin tener noticia de cuando solucionarían su problema. Ante ello, con los ojos que poco a poco se llenaban de lágrimas, le pedí que me ayudara dándome hospedaje. El respondió que sí. Al paso de mi vida he notado que las personas más humildes son al mismo tiempo quienes tienden la mano a la menor solicitud. Osmar era un hombre que vivía al día, ni siquiera podía guardar algo de dinero porque todo se esfumaba en cuanto pasaban las horas. Por eso, entendí cuando seguimos platicando, hacía cuánto pudiera para salir adelante. Recordé que como a otros a él lo conocí porque me ayudaba a encontrar las ollas y hacerme de algo de marihuana para pasar el rato. El hotel en dónde se quedaba era lúgubre, hostil como el barrio, pero no me importó en lo absoluto dada mi condición. A la mañana siguiente de la primera noche desperté esperanzada de encontrar en qué ocuparme. El mismo Osmar me llevó de tour por los prostíbulos más llamativos y como esperaba encontré trabajo. Pero qué cosa tan ridícula pase. En esos lugares el valor del polvo era mucho me nos dela de la mitad que en el castillo y lo de un solo cliente tenía que gastarlo en el pago de habitación del hotel. Desconsolada hacía mi trabajo y aprovechaba algún tiempo libre para llamar a mi abuela. Imagínese cómo estaba de triste que tuve la osadía de contarle a la vieja, envuelta en lágrimas, que Nora me había destrozado el corazón y estaba desecha, que yo amaba a esa mujer tanto como a mi vida y nada, la perdí. Por fortuna, a los pocos días cambió mi suerte. El Castillo era de nuevo abierto y regresé a pedir un nuevo contrato que me dieron sin problema. Créeme que esa semana le eché bastante empeño. Trabajé como si el mundo fuera a terminarse ese mismo fin de semana y estaba con un ánimo distinto. Aunque despreciada, el orgullo me levantaba. Cómo era la cosa que precisamente al segundo día de regresar le dije a mi amiga venezolana que diéramos una ronda. Ese paseo que pretendía ser de reconocimiento fue un brutal tour de perdición. Cada vez que una de las chicas caminaba por entre las mesas, los hombres que visitaban el lugar le ofrecían tragos y conmigo no fue diferente. Esa noche probé de todo y me metí por la nariz y boca cuánto pude. Qué bueno me la pasaba, pero no había trabajo. Por eso le dije a la chica que iba conmigo que sería bueno ir a fumar al tejado. Así lo hicimos. Lo último que recuerdo es que dejé caer mi cabeza atormentada de dolor, en su hombro. Me quedé dormida. Eso sí, al despertar lo hice como de rayo y de un salto me paré frente al espejo para alzar el vestido que llevaba puesto y revisar cada centímetro de mi cuerpo viendo que todo estuviera en su lugar. No, marica. Estaba aterrada. Toqué mis nalgas, las tetas, vi mi espalda y hasta el culo me agarré para ver que estuviera en su lugar. Había cometido la estupidez de quedarme dormida en la pura calle y en aquel barrio del carajo en dónde mataban y violaban por puro gusto, como si fuera deporte olímpico. Bajé las escaleras desde mi dormitorio y al ver a mi amiga le pregunté por lo que pasó. Me dijo que me fui al sueño y por suerte uno de los guaruras, un tal King Kong, me llevó cargando hasta mi cama para recostarme. Al día siguiente de la pesadilla salimos a buscar mi pasaporte. Aquella chica que poco a poco se convirtió en una verdadera amiga y con quién aún guardo una sana comunicación, me acompañó a hacer el trámite, aprovechando que por fin conseguí que me entregaran mi cédula de identificación, y además me hizo pasar una tarde inolvidable. Fue la primera vez que visitaba un acuario y quedé encantada. Mi sonrisa estaba de nuevo en su lugar. Ya en el trabajo de nuevo esperaba con ansia que llegara el día siguiente para ir a recoger aquello que para mí era un pase a la libertad. Estaba lista. Como siempre me preparé y todo hubiera resultado bien si no fuera porque durante un servicio un hombre rompió su condón. Carajo, me asusté muchísimo y no sabía ni que pensar. Por fortuna el trago amargo pasó cuando recibí a otro de los clientes que pasaría a ser para mí de los preferidos si no fuera porque jamás volvió. Con este último charlé, bailé y bebí como con nadie. Para rematar, al momento del polvo hubo una química tan linda que me sentí incluso satisfecha. Aún y con todos los desprecios que me hicieron pasar en mi tiempo de niña y adolescente, ese sueño romántico de toda mujer por recibir en su frente a un amor verdadero, lindo y real, no se esfumó del todo. También es cierto que cuando salí de Santa Marta la primera y segunda ocasión esperaba no volver a caer en las garras de nadie y así fue hasta cierto punto, pero lo que me pasó después colmó todas las expectativas que día tras día me construía e incluso el hecho fue más allá de lo que parecía ser cierto, como si de un sueño tratara.
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