Prologo
Ni la carta que dejé en la mesa en casa de mi abuela ni mucho menos mis verdaderas intenciones, lograron apaciguar el torbellino que ya cargaba a mis espaldas desde hacía dieciséis años y del que estaba harta. ¡Puta! Se me olvidó firmarla, pensé mientras caminaba a toda prisa por las calles con apenas una mochila que colgaba de mi hombro en dirección a lo que a partir de ese instante sería mi destino. Pero ¿a quien le interesa el detalle cuando lo que sobreviene es algo peor? Esa ridícula costumbre mía de hacer las cosas al punto y esforzarme hasta en lo más terrible era en aquella época lo que menos importaba, como pude darme cuenta después de todos los reclamos que sucedieron al acto.
No me busque porque ya me fui, ahora estoy feliz y quiero que usted lo sea con sus verdaderos hijos. Le escribí apenas, en un trozo de papel mal cortado a quien con todo su amor decidió arroparme desde antes de cumplir dos años. Y no generen controversia que lo hago con plena voluntad, nadie me obliga a nada. Los párrafos se extendían y lo que en realidad lucía como petición no era más que una amenaza para mi estirpe, aquella que durante tantos años me sometió a las injurias que pueden ver su nacimiento solo en mentes descarriadas, sin historia propia ni horizonte claro, por lo que no iba a permitir que se entrometieran en mis asuntos y menos después de que aceptaran a viva voz cuánto me detestaban.
Y es que si entran al navegador y teclean Costumbres Santandereanas una de las cosas que llamarán la atención de todos es la gastronomía. Aún recuerdo, por ejemplo, la primera vez que probé las hormigas culonas, allá por San Gil en un paseo de fin de semana con mi tía. Pero no se deje sorprender, la realidad es que son las hormigas culonas las que comen a los humanos, sobre todo si estos son de la propia familia. Dicen las que saben que el sabor que dejan en la boca y más allá en el espíritu es mucho más agradable que el otro manjar. Lo confirman las miles de voces que en los pueblos se dedican a trasmitir vía oral cualquier dato malintencionado que llegue a sus manos, incluso sin verificar antes si es verdad. A mí me pasó, pero ya te contaré mas tarde.
Eso era lo que con tanto ahínco replicaba a la madre de mi madre cuando me recriminaba el no poder adecuarme como era debido a las normas que durante tantos años me recomendaron. ¡Qué pereza!
Imagínese, sus padres tan rectos, líderes religiosos en su comunidad, ¿qué van a pensar de usted si la ven por ahí en la calle como cualquier hija perdida? La vieja que parecía más bien un roble me cuestionaba y yo, en la pérdida poco a poco de la ingenuidad que le permitió a muchos enraizar miedos e incertidumbre en mí, le replicaba mofándome: ¡Claro, los mismos que se divorciaron y me dejaron ahí tirada como trapo, como basura! No me diga que nunca ha pensado que le estorbo. Ella con una simpleza que asusta, guardó silencio.
Qué pena me da hoy pensar en lo que sentía esa mujer al escucharme así, perdida entre rencores y sin dejar de formular una y mil maneras de vengarme de todos, pero tampoco es que se le pueda pedir demasiado a alguien que apenas va librándose de esa terrible enfermedad que es la adolescencia. Yo gritaba pero nadie escuchaba y mis reclamos se perdían entre manifestaciones de despecho hacia mí.
Por eso me fui. Y al momento en que usted lea esto va a pensar que se trató de un desliz, qué egoísta, pero nada de eso. Mas bien fue un acto de amor. Dígame si usted podría soportar un entorno ambiguo y lleno de caminos empedrados. Todo lo que fuera a hacer iba a conducirme sin remedio ni cambio al mismo lugar: La muerte lenta. Y voy a decirle algo que me hizo sentir libre, una sola frase que hasta hoy guardo en mis entrañas como mi máximo tesoro: Usted puede hacer lo que la haga feliz, pero responda a las consecuencias. Mientras escribía la supuesta pequeña carta, que mas bien fue una larga nota, me felicitaba por aceptar la huida y lograr de ese modo que a mi abuela dejaran de hostigarla con los reclamos por mantenerme ahí.
Pues no han pasado ni diez años y si busca entre mis historias encontrará, por más que se intente ocultar, la causa primera de mi proceder, el anhelo de ser yo misma aunque el costo sea alto.
Así fue que salí de casa, la misma que me recibió antes de aprender a hablar y poder expresar con cortesía lo maltrecho de mi corazón. Me escapé con las manos cargadas de esperanza y buenas intenciones. Reconozco por supuesto la premura pero hoy nada sería si mi paso brusco no hubiera sido dado.
Pero no nos vamos a confundir. Incluso si una está más segura de cuanto hace, ocurre algo que nos regresa al punto inicial. El accidente de mi madre es un ejemplo de ello. Mi regreso, maquillado de un exceso de cortesía y buena voluntad para con ella, representaba para mí una oportunidad de gozar el calor de un hogar como el que nunca tuve. Yo quería ser parte de una familia como era correcto hacerlo. Leí una y varias veces el texto de la biblia completa y en todos los versículos posibles existía un remilgo de intención por mantener unido el núcleo esencial de todos los seres humanos. Y nada. Otro juego más del destino que me mostró qué tan ingenua puedo ser.
Mi madre decidió que el cariño mostrado en esas semanas no era suficiente para llevarme con ella ni quedarse a mi lado, lo cual además de despiadado es tristísimo y ni los años han permitido que sanen por completo las heridas, aun y cuando el perdón lo otorgué.
Hoy, muy lejos de mi lugar de nacimiento, reconozco en mí una forma de existir que si pudiera reducirse a una palabra, ésta sería: Namaste. Y es que mi historia no se basa en solo el deseo de autosuficiencia, tampoco en lograr acabar con todo el daño de golpe. Los fértiles terrenos de mi corazón, en donde supieron sembrar tan crueles recuerdos, dieron como resultado un complejo de heridas que durante muchos años fueron marcas que me persiguieron constantes. No se engañe porque hoy ve una linda joven que disfruta su entorno y sabe convivir con las cicatrices observadas como experiencias cargadas de aprendizaje, mi apariencia, irresistible para muchos, es un reflejo de todas las victorias conseguidas y que me ha costado bastante trabajo traer al día de hoy.
Junto a mis sueños y visiones he recorrido un amplio trayecto que continúa. Eso, traído a mí como un consuelo divino, ha sido y jamás dejará de serlo, la mejor arma para combatir los males del mundo.
Soy Daniela Reyes, pero no aquella que perdió la esperanza de vivir en una Bogotá apresurada; ni la de Santa Martha, sumergida en los más terribles momentos en que un ser humano puede condenarse bajo su propia mano; incluso tampoco la que llegó a México con las maletas vacías y el corazón en desborde. Soy Daniela, la mujer que ante todo supo hacerse de su nombre, en otro tiempo manchado por la envidia y los prejuicios, con una mano a la cintura y la otra señalando la gloria. La que ansía revivir algunos detalles para no dejar de hacer ciertas cosas, sino imprimirles mayor pasión. Esa que muy allá, lejos en los rincones ocultos del alma, guarda la esperanza de conocer al compañero de vida que va a resarcir todos los daños provocados por gente necia, mientras pasea feliz con sus hijos a la orilla de la playa con rumbo al hogar.
¿Le sorprende? ¿Quiere conocerme más? Esté atento de lo que viene, le aseguro que jamás ha leído algo como esto.
Escribió Gabriel García Márquez: "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla", y esta es mi historia.