Capitulo 1

3725 Palabras
“Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez.” Gabriel García Márquez Al final del túnel hay una luz. La indicación es llegar a ella, a pesar de lo que cueste. Quien lo logra, envalentonado por la idea de llenar otro cuerpo con su alma, está predestinado a resarcir los males provocados en otra vida y lograr un desarrollo óptimo. Eso lo leí más de una vez y llama mi atención que justo antes de morir se aproxima una luz, igual al final del túnel, como cuando nacemos, que nos da la bienvenida al mundo, aunque contrario a esto último, esta ocasión la lucha es por no llegar. Si me preguntaran diría que no es coincidencia. Morimos y nacemos una y otra vez hasta que cumplimos las metas reservadas. Mi destino esta vez estaba dispuesto a cumplirse en Bucaramanga, provincia de Santander, en mi amada Colombia. O al menos así debió de ser pero la realidad fue diferente. Para los más de un millón de habitantes que se concentran a lo largo y ancho de la zona metropolitana pudiera resultar un hecho necesario pero no capaz de señalarse como extraordinario el dar a luz. Es decir, ¿qué tiene de especial un nacimiento si en el Centro Comunero suceden cientos en apenas unos días? Eso sí, para la familia siempre representa algo más por la carga emocional que refleja una nueva vida y lo difícil de amañarse en esa etapa. Al menos así lo observé durante mi trayecto de existir, al tener la suficiente consciencia para darme cuenta el tipo y calidad de vida en diferentes familias. Mi madre, apenas con sus diecisiete años era así obligada por las circunstancias a recluirse en ese estatus al que muchas mujeres aspiran cuando reconocen en su entorno las condiciones apropiadas, la diferencia, bastante clara por cierto, es que para ella no fue igual. Y es que ¿cómo explica a una mujer que nunca ha podido entender la forma de avance en el mundo, que pronto entre sus brazos descansará una nietecita? Por más que trato no puedo imaginarlo, incluso al considerar un pasado similar que por ironía no tuvo las mismas definiciones. Bucaramanga merece ser explicada de muchas maneras. Una de ellas es como un centro de convivencia que sin compararlo con las grandes ciudades sí conlleva una actividad económica importante. Digamos por ejemplo que entre sus apacibles calles convergen los trabajadores de la industria del zapato y los responsables de propagar los beneficios textiles como si de uno se trataran y eso es lo que nos otorga la calidad de humanos y en bastantes partes del mundo se escucha lo hospitalario de nuestro carácter. Para que lo sepa, Bucaramanga es la capital en América de moda infantil ¿qué le parece? Bueno, tal vez piensa que de ahí parte lo que hoy ve en mí pero no, por aquellos tiempos no era ni la mitad de lo que represento. Me causa pena decirlo pero este cuerpo que hoy revelo, firme y bien delineado, es resultado del trabajo duro a partir de la adolescencia, donde me encontré con diferentes barreras. La situación en casa con mi familia era trágica, hasta cierto punto. Lo mismo que muchas otras que intentan hacer comunidad, vivimos casi siempre en un estado de carencia que bien podría compararse a la pobreza. Los asuntos cotidianos eran repetitivos y el movimiento personal se reducía al camino entre la casa y el trabajo. Puedo decir, para aprovechar la ausencia de datos certeros, que esa fue la causa del primer mal en mi existencia y uso esa palabra con tanta seguridad porque ¿cómo carajos podría defenderse una recién nacida ante los despechos de la vida? Otro detalle importante para que note a lo que me refiero más allá de simple palabrería, los pueblos son el infierno para quien tiene sed de libertad y ansia por ser uno mismo. Mamá es una prueba de ello. Si bien es cierto que no tomar las precauciones, si es que pudiera considerar algunas en un estado ignorante de las cosas y a esa edad, le produjo como consecuencia un embarazo a tan corto tiempo, el ámbito en que vivía se volvió aun más hostil de lo que ya era en ese entonces. Los chismes, la mala leche, un ánimo terrible por vejarla, terminaron situándola en un territorio por donde no encontraba hacia donde hacerse. Como si al soldado le hubieran destrozado la trinchera y sin municiones disponibles en su arma corre por campo abierto a tomar resguardo. Así fue que comenzó su batalla por dos cosas: Mantener su posición y dignidad intactas y tratar de revertir un inminente daño a su familia. Una tarde como cualquier otra en que mi padre regresaba del trabajo, ese hombre al que jamás conocí en persona y del que no tengo recuerdos más que de su ridícula manera de escabullirse, recibió la noticia de su vida: La madre de su hija y en ese entonces esposa, había tenido en la soledad de su departamento a otro hombre. Por si fuera poco, el susodicho era un ex novio del colegio al que estuvo prendada por un tiempo. La reacción natural en un ambiente machista y por mucho brutal a beneficio de los hombres fue la de largarse para siempre. Hoy que veo en mi historia la imagen de los hombres, sin velo y revelando su verdadera identidad, he llegado a pensar que para él representó la excusa perfecta por liberarse de algo para lo que no estaba preparado, pero más allá, de lo que no quería tomar responsabilidad. Los siguientes meses fueron de estira y afloja en una relación que estaba destinada al fracaso. Pobre de mi madre, llegué a considerar en algún momento sentir pena por eso, que tanto quería a ese hombre y sin haber amado en realidad antes, era condenada al abandono, al firmar la sentencia su propia familia y otros que sin oficio decidieron sumarse a tan cruel señalamiento. En fin que si de algo servía, la decisión tomada fue un relajamiento absoluto del hombre. Renunció a su trabajo y recargó toda la responsabilidad económica a mi madre, quedaba en casa para poco cumplir con lo que le correspondía. Dirían en otro lado, no chifla pero tampoco aplaude. Hasta que terminó y nos quedamos solas a la suerte. Mi tía, que por aquellos años mantenía aun su carácter fuerte y determinante intacto, en una de las visitas a casa notó lo difícil que era sobrevivir. Sin comida, vestido y mucho menos esperanzas, comunicó a mi abuela lo que pasaba y ésta, en atención al ruego de tomar acción, pasó para conocer de primera mano lo que ocurría. Tal como lo plantearon y sorprendida por no haber creído lo que de verdad pasaba, alargó su brazo para extenderlo con ternura a mi madre, prometiéndole si no la entera felicidad, un respiro absoluto para que ella replanteara su existencia y en un momento determinado retomar las riendas. Pero vuelvo a decir, tan enamorada aquella joven decidió que lo mejor era utilizar todas sus fuerzas en el intento por recuperar a un hombre que a todas luces no parecía importarle algo y pidió a mi abuela que me llevara con ella. La decisión que quizá tuvo que ser complicada a nivel de consciencia, se celebró como tal. Llegué entonces al Corregimiento Papayal Rionegro, que está apenas a cuatro horas de donde nací. Ahí, sin mucha diferencia a lo que ya vivía, fue el primer paso en mi camino. Qué bonito es Papayal. De lo lindo que uno pasa los días entre el verde majestuoso y sus calles rebosantes de alegría, más allá de lo trágico que pudiera creerse una vida en el pueblo. Y es que fue tanto mi amor por aquella tierra que incluso años más tarde, después de tanto alboroto y viajes, decidí establecerme en un paraíso que mucho me recuerda a aquellos lugares en donde dije mis primeras palabras y di unos cuantos pasos iniciales. ¿Paputa? ¿Chocho? Mi niña tan ocurrente. ¿Qué será? La abuela se preguntaba contenta y orgullosa de oírme así y no era para menos, para ese entonces ya era más que la favorita de toda la descendencia, algo que ya te diré después cómo me afectó. Pero ojalá que esa misma actitud se guardara para siempre. Ya recuerdo las cantaletas, si bien resultaba, cuando hacía algo indebido a la causa familiar: ¡Qué jartera con usted! Venga para enseñarle que aquí se porta bien porque no hay de otra. Y no la culpo. Mi mami ha sido siempre la inspiración que se requiere para enfrentar lo caótico de la vida. Es la causa principal de que sea hoy una mujer fuerte y crítica, a la vez que sensible y con fuertes emociones. Aquella mujer me demostró que puedo ser capaz de hacer cualquier cosa que me proponga siempre y que nada sustituya mi ánimo por formarme cada día mejor. Con palabras o al usar los recursos comunes en aquel tiempo como lo eran el cinturón o cualquier otro artefacto de terror para todos los niños del pueblo, entendía hasta donde alcanzara mi consciencia qué era lo que debía hacer. Porque lo cierto es que también el carácter rígido e inflexible mostrado en muchas ocasiones, me provocó sinsabores que eran mejor no repetir. La estancia en casa de la abuela transcurrió entre un severo sistema de comportamiento y lo afable de sentirme amada, pero mi interés por mantener siempre aquellas condiciones no pudo ser. Mientras crecía y tomaba forma mi noción de la vida, voces cercanas susurraban a mi matriarca lo que solo la envidia y el rencor pueden hacer. Poco a poco una sombra de desilusión, seguida por un frustrante enojo, minó las condiciones bajo las que me desenvolvía y terminaron por manipular las acciones que me tenían como objeto principal. -Pero mamá, ya fue mucho. Ya verá como se arrepiente por traer a esa niña aquí.- La voz de ruego de la tía hacia mi abuela retumbaba por la casa.- Es que es una malagradecida. Vea todo lo que dicen de ella. Y ojalá fuera sido cierto todo lo que aseguraban al paso de los primeros años de mi adolescencia porque de esa manera al menos me pasaría en el disfrute de cuanta aberración mencionaban que hacía en uno u otro lado. Cuán maravilloso también hubiera sido que todo resultara conforme al deseo de una pequeña niña que apenas y tuvo contacto con su madre y cuyo padre se marchó. Esa época en que con alegría recibía abrazos y besos de mi tía al llegar mi fecha de nacimiento y partimos el pastel al son del cumpleaños feliz, estaba cerca de terminar. Sucedió después que, en un mundo alejado de las grandes posibilidades que la ciudad entrega a sus habitantes, con la inocencia característica del que vive a la distancia y bajo la ignorancia sobre los trascendentales temas de la vida, comencé con aquello que llaman sueños lúcidos. Pero ¿qué puede hacer una pequeña si lo único que tiene frente a sí es la autoridad religiosa de la jefa de familia y que no permite sensaciones alejadas a lo que nuestro Señor marca como bueno y correcto? Ni siquiera pude darme cuenta que las representaciones nacidas en mi mente a la hora del sueño serían desde siempre y para toda mi vida los mejores consejos que pude recibir. Desperté sofocada una mañana. Las imágenes de la terrible pesadilla durante la madrugada aun estaban claras y bien clavadas en mi cabeza: Mi madre yacía en el piso de la casa aplastada por los escombros, las ruinas de una construcción que no soportó un embiste natural y lo peor es que por más que buscara, no lograba dar con ella. ¿Qué significaba? ¿Por qué debía soportar aquello? La respuesta, aunque la quisiera pronto, estaba encerrada en algunos libros que varios años después descubrí con la ayuda de otros que como yo viven lo mismo. Mientras tanto en ese tiempo resultaba no solo absurdo sino peligroso mantener una conversación seria sobre el tema. La religiosidad con que se manifestaba buena parte de la familia era el impedimento y los temas oscuros como la brujería y esos menesteres, estaban reservados para los adultos. Qué egoístas, pensaba al notar que evitaban incluirme en ello. A raíz de eso mis deseos fueron más profundos. Dentro de mí reconocía algo, una especie de circunstancia que me alejaba del común denominador. Por poco modesto que se escuchara, me creía como un ser de verdad especial y capaz de mucho, pero vivía a la realidad cuando no me veían mas que siendo una mocosa que era además intrusa. Y me sentía lastimada. ¿Cómo era posible que llegara a existir tal rechazo para alguien que apenas comprende lo que significa estar rodeado de otros? ¿Cómo es que se le exige a una niña que está marcada por el abandono y la incertidumbre? Cualquier respuesta no me basta al día de hoy porque los dolores provocados cumplieron el cometido de quien los generaba y que fue desde siempre menospreciarme al punto de no sentirme suficiente. Por eso hago hincapié en que mi forma de desear fue por completo opuesta a lo que se me marcaba como necesario. Estaba convencida de que por más que intentaran inyectarme una falsa purificación a través de un dogma religioso, yo iba a convertirme en quien esperaba ser. Nadie lograría que su trato a nivel psicológico insalubre fuera lo adecuado para ensimismarme ni derrotar los compromisos de victoria y éxito que delineaba para mí, porque uno al ser niño además de tolerar sus propias frustraciones, crea en sí mismo un afán de revertir los males. Yo era una niña lúcida, la luz en mi interior comenzaba a reflejarse y quien intentara apagarla resultaría perdedor. Es de esa forma en que acepté, consciente al paso de los años que me encontraba sola, que la búsqueda de mi felicidad y el encuentro con ella dependía de los pasos que diera mientras fueran constantes y cercanos a la realidad. El temor a la soledad que por tanto tiempo me ha perseguido no iba a desaparecer pero era posible mantenerme erguida si controlaba esos impulsos por hacer las cosas solo para conformarme con mantener a alguien a mi lado aun y que no querían hacerlo. Las burlas, el acoso constante, la falta de empatía y un interés supremo por recriminarme todo cuanto hiciera o no, se encontrarían con una barrera construida con granito en torno a mi corazón y espíritu, para protegerlos. Y no fallé en el intento. Cuando en un ejercicio de introspección traigo a mí los recuerdos de primeros años, me entero sin poder ocultar mi satisfacción, que las decisiones tomadas fueron las adecuadas en ese instante y que más allá de los terrores que viví como consecuencia de ellas, se materializaron en una y mil bendiciones que hoy celebro con ánimo feroz. Pero no fue fácil, sobra decirlo. Aun con la decisión tomada sobre que nadie me llevaría entre valles de sombras y demonios, hacía falta algo que ayudara a conseguirlo y eso era la fuerza para mantener los cambios de carácter. ... Todos los niños tienen miedos, a voz de los mayores bastantes veces infundados, esto es algo a lo que sin dejar de parecer ridícula la idea nos han acostumbrado y que a la larga se transforma en garantía de poder ejercido sobre ellos. Ese fue mi caso. -Tía, ¿es cierto que por las noches aparece el señor que se lleva a los niños mal portados?- Preguntaba inquieta ante la posible amenaza. -Claro, niña. Y entre mas feos son, peor les va. Así que le sugiero que tenga cuidado y se esconda bien.- Respondía burlandose de mì la mujer. Al crecer en el seno de una familia conservadora y con arraigo a los anhelos de cumplir a punta cabal cualquier forma dogmática de realizar su vida, mis primeros años los viví entre las paredes de la casa. No más allá de lo permitido que era la ida al colegio y la visita al templo los fines de semana ataviada con una larga falda, cubierta del cuello a los tobillos con mi larga cabellera que hacía juego con unos anteojos dignos de ser ridiculizados. En aquella época en que poco a poco dejaba la niñez, la dinámica familiar también se transformaba. Ahora podía estar presente en ciertas pláticas y aunque mi punto de vista no fuera valorado, la inocencia en la que me resguardaban iba resquebrajándose al punto de que mi sentir sobre el mundo ya presumía otros matices. Esto último fue también percibido por algunos cuantos y representó el momento perfecto para limitarme en cuanto estuviera en sus manos. No quiero decir que durante el tiempo al que hago referencia estuviera inmersa en un completo sistema negligente donde yo era la víctima. Sería un error considerarlo como tal, pero las constantes burlas y ataques que hacían sobre mí no me permiten pensarlo de otra forma. Tuve que manipular mi actitud hasta tornarme dura en mi pensar. Y no resultó difícil. Al ser atraída a una forma de vida en que carecía de los elementos mínimos de la familia como eran padre y madre, mi condición social se resumía a la de una abandonada. Eso, en un sujeto incapaz de enfrentarse a la realidad, hubiera sido causa suficiente para no querer seguir más, pero en mi caso fue el impulso que necesitaba. Primero porque al darme cuenta que otros vivían lo que yo no podía, me formé la idea de que era necesario abrirme paso en el mundo sin esperar mucho de nadie, sobre todo para evitar sufrir más de la cuenta. Segundo, porque para ser prácticos, ¿quién necesita a un hombre que no fue capaz de hacerse cargo de lo que correspondía? Estoy segura que si mi caso hubiera resultado distinto, si por fuerza del destino mis padres siguieran eran juntos y no hubieran caído en la hostilidad de su entorno, tarde o temprano otra desgracia se hubiera hecho presente y ahí sí, después de estar acostumbrada al calor familiar, el golpe anímico resultaría por completo distinto y mucho peor. Lo he visto bastantes veces a mi alrededor con amigas del colegio y hasta en mi familia cuando comenzaron a olvidar la religiosidad después de la muerte de mami, Otro tema complejo que me tocó sobrellevar fue la inexistencia de figura paterna, pero hacia mis adentros. No es lo mismo, eso debería estar escrito en los tratados de psicología, vivir la impresión social que implica el no tener padre hacia el exterior, que soportarlo desde un plano interno. Me hizo falta sentir el abrazo paternal y lo cómodo del pecho de mamá antes de dormir. Ser llevada al colegio de la mano por un hombre fuerte y del que dependes. Reflejarte en la mirada desbordante de amor de una mujer que con esfuerzo te dota de todas las posibilidades habidas en el mundo. Y lo sabía. También de eso estaban conscientes en casa. No era un secreto, en la dinámica familiar donde un día todo era beneplácito y al siguiente el piso se convertía en un océano de incertidumbre, que requería gozar de la ternura de quien se fue. Por eso, cuando mi tío vino hasta mí para aparentar con plena voluntad ser mi padre, recibí el gesto como quien disfruta haber ganado un campeonato a base de mucho esfuerzo. Y así pasó el tiempo. Yo entusiasmada con la idea materializada de tener en quien apoyarme y ellos con la tranquilidad de saber que una necesidad en mi vida era cubierta. Ese hombre al que respeté como se debía y del que jamás recibí ninguna falta a mi humanidad o viceversa, se ganó el mote de padre. Esa palabra que durante mucho tiempo estuvo atorada en mi garganta y que buscaba la manera de liberarse. Y todo parecía no tener fin, pero lo mismo que a muchas otras mujeres, igual que a mi madre, me fue necesario sufrir las inclemencias con génesis en un estado mental sin explicación desvirtuado. Mi tía, con su forma de ser ante la vida, se dio a la tarea desde que yo era muy niña, de suplir hasta el punto posible todas las formas que necesitara para desarrollarme plena. Me cobijó con sus atenciones y el amor que demostraba parecía en todo momento ser cierto y sin lugar a dudas. Tengo recuerdos bien definidos de las risas que compartimos tantas veces. Hubo una época ambigua. Por un lado, la alegría de vivir en una especie de familia y por otro, el desazón de un fallo provocado. Con mi tío la relación era buena, cordial, como debe ser ante alguien que forma parte de tu círculo familiar. No había posibilidad ni de verlo de otra forma. Sin embargo, en referencia una vez más al cruel destino que en los pueblos te condenan, a la infame costumbre comunitaria de ejercer presión con habladurías, al inminente daño que te provocan quienes buscan verte herida, encontraron una línea para desestabilizar lo que en ese tiempo parecía marchar con tanto gozo. De un día a otro, llevada por los chismes, la mujer que hasta ese momento fue como mi madre decidió sacarme de su casa. La razón era sencilla según las ideas superpuestas en ella, y era que yo, a mis doce años, estaba metida en una relación extramarital con el hombre de su vida. ¿Le parece ridículo? Imagine vivirlo. Señalada en muchos lugares como una cualquiera, fui de nuevo desechada, esta vez sin pena y enredada en un sistema de burlas y amenazas que pretendían terminar con mi estabilidad. ¿Cómo es que pueden ser tan insensibles? Me preguntaba después de aquello cada vez que me era posible y la respuesta no llegaba. Incluso ahora que después de tantos años se descubrió lo falso del tema y con una ausencia total de comunicación con ellos, pienso en lo detestable que resultó todo. Sería luego, después de pasadas otras tragedias personales, que aceptaría ese hecho como mi segundo dolor más grande y que en definitiva marcó mi forma de entender al mundo y mi familia.
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