Capitulo 2

3153 Palabras
Es difícil para alguien como yo abrirse ante los demás sin pensar en posibles consecuencias negativas. Es decir, desde niña he sufrido tanto por intentar ser yo misma y me dejaron espantada. Usted que me lee es más bien como mi ángel de la guarda, tal vez por eso es que siento que no hay algo en que pueda limitarme. Pero le digo, por esa misma época de la niñez despiadada, cuando comenzaba a descubrir en el colegio y con las amistades otra forma de hacer vida, el ambiente se me presentaba como algo nuevo para gozar. Imagine que a mis diez años no había dado un primer beso pero todas mis compañeras de clase ya tenían su buen historial. Que ñoña, alcanzaba a escuchar y por supuesto que me preocupaba. Precisamente ese miedo a la soledad que durante años he mantenido como una cubierta, la posibilidad de no encontrar con quien compartir mis mejores momentos y la constante amenaza de ser olvidada por todos en cualquier momento me llevaron por diferentes senderos. Por eso mi mejor lugar para estar fue por bastante tiempo bajo el techo del centro educativo. Ahí encontraba a mis amigas y ellas me recordaban cada día lo maravilloso que es estar viva. Vivimos muchas cosas y otras que me correspondieron solo a mí, fueron la mejor prueba de que estábamos juntas. Tan así era nuestra amistad que para ayudarme a que diera ese paso especial con algún niño, una de las chicas me prestó a su novio. Ya nos ve a nosotros, bien muchachitos, frente con frente. Ese fin de semana que pasé a quedarme en casa de mi madre no pude sacarme de la cabeza el momento y fue lo suficiente como para al llegar se convirtiera ahora en novio mío. Mi amiguita no sufrió las consecuencias. Tan bonita como era no tuvo problema en conseguirse uno más, aunque no pude librarme de los apodos, como el de “la chapulina”, cuando nos veían tan lindos de la manita. -Todos se ríen de mí.- Le dije a la niña que me acompañaba a verlo. - Es que somos lindas. Por eso.- Respondió enamorada de la idea de llamar la atención.- Además eso nos gusta, ¿No? - Todavía no estoy segura. La gente me da miedo. - Imagínalos desnudos.- Dijo para terminar y nos reímos porque no evitamos controlar la mente. Pero no todo era risa y pasajes divertidos. Mi historia me tenía reservada otras cosas que si bien resultaron un buen motivo para aprender, durante el tiempo en que la desgracia se mantuvo, las cosas avanzaban terribles. Pero déjeme contarle cómo sucedió. En mis primeros años escolares, alejada del bullicio que provocan los pequeños grupos de amistades y fuera del contexto sobre lo que significaba romper una regla, me recluí en mis pensamientos, para caer sin remedio en un estado de calma similar al del silencio previo a un temblor. Prefería en todo momento estar apartada y evitar de esa forma ser el blanco de cualquier mala broma, en esa etapa estaban de sobra. Y en efecto, esa timidez a la que me condenó mi existencia, rodeada de prejuicios y temores, fue la causa principal de lo que por unos años resultarían ser los más tormentosos. Cuando pensaba que si me mantenía silenciosa pasaría desapercibida, en realidad me equivoqué, pues resultó lo justo para empezar la tiradera en cuanto fuera posible. Y es que no va a dejarme mentir. Usted lo vivió hace mucho tiempo. Ese abrupto cambio de nivel donde nos repetían sin descanso que ya no éramos más unos niños. Qué fatiga con aquello y no lo creía. Pero me tocó a la mala darme cuenta. En sexto año se veía la corredera por todos los pasillos y la plancha central de la escuela. Niños y niñas por todos lados jugando, haciendo burradas y en el uso de cuanto fuera posible para que la imaginación trabajara con el entorno. Como era el ambiente general, nadie lo veía mal ni mucho menos ridículo. Éramos felices y lo disfrutábamos. Pero el tiempo avanza y las condiciones también, así que ahí me tenía ya en el colegio, con once años y el mundo a mi disposición con las mismas ideas de apenas unos meses antes. Yo quería seguir en lo mío con las jugarretas fantásticas y no se podía. ¡Eh, primiparo! Gritaba algún mayorcito y su pandilla estallaba en carcajadas por el chiste mal hecho. Pero qué desastre, le decía a mi abuela al llegar a casa para contarle que nada era igual y ella, atenta a lo que decía veces sí y a veces no, resolvía mis conflictos con una palmadita que me alegraba un poco la tarde. Estaba en casa, ahí nada malo podría ocurrir, o al menos así lo creía hasta antes de que mi tía y mi madre me ahuyentaran la esperanza comportándose, ellas también, como chamaquitas de escuela por lanzar dardos venenosos en forma de palabras y frases construidas a base de rencores. Es tan fea usted, hijita. Se parece a su padre. Por un lado mamá me señalaba como un desperfecto en su existencia. Además está toda amarilla, mírese nada mas. Mi tía echaba aun más leña al fuego. ¿Cómo puede sobrevivir así una chiquilla como yo? Te lo digo de nuevo. La soledad, aunque le temía, era entonces mi mejor aliada y el recurso utilizado para no ver la realidad. Esa que no pediste y sin embargo te persigue hasta debajo de la cama. Una de las cosas en que caí en cuenta al paso de los años, fue que en mayor medida las personas que me molestaban con más insistencia eran las mujeres. Incluso hoy, lejos de mi tierra y con la creencia de que mi imagen pudiera borrarse de cuantos me tiraban, he encontrado detalles que aunque parecen insignificantes, tienen como objetivo claro el menospreciarme. Pero ocurre en todos lados, a unos cuantos pasos después de cruzar mi puerta o a los miles de kilómetros que refiero. Y no pocas veces me he sorprendido atenta a mis pensamientos en el intento por desentrañar la causa del específico grupo de sujetos. Por ejemplo, dirá que basta con verme hoy para darse cuenta que lo que se esconde detrás de todo era simple envidia, pero no hemos llegado a eso. Cuando todo empezó cargaba apenas con nueve años y me es casi imposible concebir la idea de que mis tías o mamá o la abuela sintieran eso. Lo mismo en la escuela. Voy a describirte una de mis imágenes: Una niña de estatura promedio con una larga cabellera castaña y ondulada. En mi rostro la marca del sol sobre la blanca piel y de accesorio unos anteojos que aunque muy a mi medida me hacían ver graciosa. Al sonreír mostraba los frenos recién colocados. Si me pregunta no puedo responder que la envidia fuera una causa por la que sufrí tanto bullyng. Pero es cierto, me atrevo a asegurar que cuanto me ha ocurrido no puede ser obra de la casualidad y por el contrario fue todo ello la prueba de que podía convertirme en una mujer fuerte y determinada como hoy lo siento. Y sí. Aunque el camino fue complicado, me reservo el derecho de presumir que cuanto he logrado ha sido precisamente con trabajo y bastante sudor. No voy a olvidar jamás los primeros tiempos. ... Después de haber sido el objeto de burla de muchos, luego de caer fastidiada noche tras noche en cama al punto del llanto por tratar de encontrar una manera de librarme, el universo me consintió al permitir que en mis días aprovechara toda esa energía para formar un carácter digno de una guerrera, aunque en esa parte de mi vida no supiera del todo de qué o cómo trataba la cosa. Y se demostró en los siguientes meses. Cansada del fastidio, me comprometí conmigo para figurar entre otros. La idea era que, sin tropezar demasiado, mi imagen ante todos se modificara al punto de que percibieran miedo o al menos la pensaran antes de provocarme. Funcionó, pero debo decir que los daños colaterales fueron más. Empecé entonces a comportarme distinto. Mi actitud ante las reglas y el orden ahora estaba muy lejos de lo que antes se veía en mí. En la coordinación incluso estuvieron sorprendidos porque no podía ser capaz una pequeña de tanto desencanto. Recuerdo por ejemplo que alguna de las veces en que quise parecer interesante y desafiar a la autoridad frente a mis compañeros, tomé una botella de aguardiente que encontré en la misma escuela e imité el acto de beber. Si al menos no me molestaban, los que tanto me odiaban fueron de sapos a dirección y de pronto estaba sentada a un lado de mi abuela en las sillas de la oficina del rector mientras ésta recibía con lujo de detalle y uno que otro elemento de la imaginación, tantas quejas que se acumularon en el transcurso de los días. Sobra decir que esa misma noche extrañé los castigos que se resumían a irme a cama sin cenar y detesté los nuevos que no eran menos que varios golpes en las piernas y nalgas o ya en último término donde pudieran aterrizar el cinturón y su hebilla. Pero tampoco me sentí agraviada en los intentos. Había decidido algo y estaba muy dispuesta a cumplirlo con tal de no regresar a ser la tonta. Como chiste entendí que lo amarillo en mi piel que tanto usaba la tía para burlarse no era de casualidad y me reía al pensar que más bien me parecía lo suficiente a Bart Simpson. Le eché fuego entonces y con una maldad insospechada logré atraer las atenciones que necesitaba. Porque al fin de cuentas de eso se trataba, hacer que todos voltearan a verme y dijeran: ¡Qué bacana! ¿Acaso no es normal? Pienso que sí, la diferencia es que no todos tienen las mismas pelotas para romper con lo que le ata y enfrentarse al mundo como yo. Y funcionó. Aun y después de que toda esa etapa casi me cuesta la expulsión de la escuela y que me dejó marcas físicas que hasta el día de hoy me atrevo a presumir, el interés que otros mostraban en mí se fue para crecer al punto que me di la libertad de alejar a los que no quería cerca de mí. Ya me ve ahí con mi libretica tipo Death Note que incluía nombres, fechas y hechos. Hoy me río pero en aquel entonces era algo por mucho serio, tanto como para de un momento a otro decidir tirarla antes de empezar a trabajar con ello. Cuando lo hice me quedé con el segundo deseo oscuro, asaltar un banco. Con los cambios que vivía en la escuela y mi personalidad, vinieron otros que me causaron un choque importante de emociones. Cada vez que lo recuerdo y cuento a mis amigas se sorprenden incluso porque lo entienden. Como le había dicho, no tuve a mi madre a partir de los dieciocho meses y las veces en que nos encontrábamos resultaba tan disgustante que son pocas las memorias amigables de nuestra relación, y aunque mi abuela y tía fueron quienes intentaron suplir esa falta con bastante cariño, nunca es suficiente para ciertas cosas, como esos cambios de niña a señorita. ... Mi primer período lo tuve a los once años. Hoy puede verse como algo normal, el tipo de alimentación y tanta manipulación de la genética nos ha llevado a eso, pero en ese entonces, en un pueblo y con suficiente ignorancia sobre ello, me sentí sofocada. No entendía lo que pasaba y mi llegada al colegio se dio de la mano con el incómodo intruso. Lo mismo pasó con mi cuerpo. Llegó el tiempo en que mis pechos crecieron y las nalgas comenzaron a notarse. ¿Cómo debía de tomar aquello? ¿En qué medida cambiaría mis planes? No me daba cuenta pero lo pensaba demasiado y eso redundaba en un error, por lo que dejé que transcurriera el tiempo y con lenta desgana me acostumbré. En esa època ocurrió algo más grave. De pronto una mañana desperté enferma, tenía una grave infección en las anginas que me produjo como consecuencia que la garganta se me cerrara. Llegó a ser tan malo el asunto que ni siquiera los líquidos me pasaban y entre todos nos asustamos tanto que de alguna forma atrajimos incluso algo peor. -Hay mi niña, tan chiquita y sufriendo.- Mami se lamentaba por el estado en que me encontró una mañana. La bulimia es un padecimiento terrible en cualquier edad. A mis apenas doce años la sufrí. Según se cuenta en la historia familiar, la enfermedad anterior fue un atenuante para ello, y la preocupación que sobrevolaba era que resultaba la puerta de entrada a otras complicaciones en la salud. Como consecuencia natural de la enfermedad, mi estado anímico recayó en una medida alarmante. Cuando apenas comenzaba a cambiar mi modo de operar en comunidad, me vi obligada a estar en cama recostada sin fuerza, perdía peso a cada nuevo día y con un malestar general que se alargó el tiempo suficiente como para que mi abuela decidiera sacarme del colegio. Aunque como he dicho, en ese tiempo activaba mi nueva personalidad, los estragos de la burla y el acoso aún estaban presentes, por lo que el hecho de dejar de estudiar en ese momento no me fue lamentable. Ahora correspondía sanar mi cuerpo y que el espíritu no se viera mermado por nada y mi tía ayudó a que sucediera. Después de haberlo conversado con suficiente consciencia, la abuela, que hasta ese entonces me había mantenido a su lado para protegerme en cuanto le fuera posible, aceptó la propuesta de mi tía para irme con ella durante mi proceso de mejora y así sucedió. Durante un mes y medio estuve bajo su cuidado y con una paciencia como la que solo una verdadera madre es capaz de mostrar, me ayudó a salir del bache en el que estaba. Fue tal el escenario que superado todo y al preguntarme si quería extender el tiempo con ella, acepté. En este punto regreso a la historia que cambió mi forma de observar a la gente y sus intenciones. En ese tiempo mi tía dejó su trabajo en la ciudad que estaba para trasladarse a Sabana de Torres, una zona rural que sería nuestro nuevo hogar. Dispuesta a aceptar el reto, se tomó dos semanas de viaje para en ese lapso arreglar lo necesario para que partiéramos los demás. Nosotros, mi primo, su marido y yo quedaríamos en la finca a la espera de la orden para partir. Fue en verdad encantador. Los quince días que no tuvimos la figura femenina hicimos todo cuanto pensábamos que merecíamos a esa edad. Junto a mis amigas gastaba todo el tiempo disponible en idas a la quebrada que estaba dentro de la misma finca y nos divertíamos, aunque no lo suficiente como para suspender la actividad al día siguiente. Por mi parte, al no saber nadar, me quedaba a la orilla para ver como las demás hacían de las suyas en el agua pero igual la pasaba entre risas y el encanto que produce estar entre los tuyos. La espera hubiera resultado sin algún contratiempo si no fuera porque en aquel lugar había una trabajadora de servicio. Esa mujer, sospechosista por naturaleza y sin oficio real, inventó una gran historia en torno a mí que hasta la fecha no encuentro razón. Era tal vez que se sintió apartada por algún motivo o solo el disgusto continuo que le provocamos mi primo y yo que la hicieron hablar. La tía llegó a casa como tenía previsto y sin esperar nada la mujer le hizo saber una cantidad de quejas que incluso estoy segura mi familiar no podía concebir como cierto, pero después de todo lo que la derrumbó fue el chisme. Le aseguraba que entre su esposo y yo había una fuerte relación y muy cercana. Me acusaba de haber compartido la cama y quién sabe cuantas cosas más con él, señalándome como una ingrata y malagradecida. La situación pudo haber quedado en simples palabrería pero ¿qué mujer conocen que al verse herida del alma no intente obtener venganza por todos los medios posibles? Supongo que es un reflejo de familia y ciertamente, al llegar a la nueva ciudad, quien consideraba mi segunda madre comenzó a cuestionarme sobre el hecho. Me hizo saber primero que aquello que decía era algo que en el otro pueblo se hablaba sin descanso, lo que me sorprendió en lo total pues hasta ese día no escuché nada en absoluto y todo terminó en una petición fuerte: No hagas nada de lo que te puedas arrepentir. Uno de los fines de semana en que volvimos a Papayal para asistir al acto religioso que acostumbrábamos, mi tía se perdió entre las calles para de manera precisa y con alevosía ir a la casa de la vecina más chismosa en toda la región. Esa vieja se encargaba de que todo cuanto llega a sus oídos fuera distorsionado y proyectado por cada casa. Era como una radiodifusora pero no cobraba, puro amor al arte. Fue así que de un día a otro, ahora sí, en todos lados se conversaba sobre mi actitud demoledora. Tuve que soportarlo y fue así porque no tenía ninguna otra opción y sin duda a nadie a quien recurrir. Una preadolescente es incapaz en muchos lugares de revertir el daño que se avecina cuando todo el mundo la señala. Los siguientes meses e incluso años, viví bajo una sombra de vergüenza tal, que otra vez decidida a no permitir que se me subiera el mundo tomé las riendas de mi personalidad y expresé con cuanto tenía a mis manos, un profundo desencanto hacia las personas y el rechazo total a lo que pretendía dañarme. En noviembre que terminaron las clases regresé a Papayal a vivir con mi abuela y enfrentar lo que pasara. Ahí, una vez más con la ingenuidad que me caracterizaba, pensé que no se podrían traspasar los escudos que me protegían de la mala vibra pero hasta dentro de mi propia casa fue posible que me alcanzaran. Después de despertarme cualquier día encontré bajo mi puerta una nota. Mira que alguien quiere ser mi enamorado secreto, dije mientras me agachaba a recogerla y qué sorpresa se vino cuando la leí y me di cuenta que no era más que una burla con la correspondiente amenaza por el asunto de mi tía. La abuela se dispuso a consolarme como pudo y pedirme, si no exigirme, que dejara a un lado aquellas cosas que nada bueno me podrían atraer. No me iba a bastar la idea. Sería alguien diferente y en esta ocasión sí lo cumpliría. Saqué las uñas como era debido.
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