La adolescencia lleva implícita una carga emocional que sin tener una guía justa y segura, se convierte en un viaje tenebroso. No he logrado averiguar a ciencia cierta a que correspondan los ciclos naturales del ser humano en razón de las diferencias entre unos y otros, pero gracias a las visiones que durante mucho tiempo me han acompañado puedo alcanzar a estar segura de que lo que a mí corresponde tiene un fin único e irrepetible.
Aquellos años en que la incertidumbre y el desánimo estaban a flor de piel, cuando las circunstancias familiares y de la comunidad en donde me desembolsos eran hostiles y parecían no tener remedio, fijé mi atención en recuperar la calma con aquellos que igual en edad parecían sufrir un tormento seguro.
A mi regreso de Sabana de Torres y después de intentar erróneamente sanear la resquebrajada relación con mi tía, nuestra situación de casa se vio complicada. Por una parte, la familia más próxima a mi abuela le recriminaba hasta cansarse el exceso de atención que ponía en mí. Sugerían, según sus propios cálculos y mínimo conocimiento de la causa, que me apartara cuanto antes y sin pena de su vida para evitarse un sufrimiento como al que yo la condenaría. Aseguraban que tarde o temprano terminaría enredada con cualquier hombre y en un pestañeo ya se me vería caminar en el pueblo con una panza monumental para parir a bastantes niños.
-Dicen que esta niña no aprende a comportarse. – La tía se llenaba la boca en decir cuanto quería.- Anda por ahí con los muchachos para ver qué gana.- Le encantaba referirse a mí como una cualquiera.
- Ni va a crecer usted todo eso, ¿o si?- El marido que procuraba mantener una posición neutral pero que no se sobrepasaran con nadie, intentaba mantenerla consciente sobre que se trataba de chismes.
- Pero es que mire, no hace algo para pensar diferente.- Estaba en su posición y no habría fuerza para cambiarla.
Por otra, la obligada distancia a la que me sometieron padre y madre era cada vez más sensible. Con el hombre no hubo mucho por hacer. Dos o tres veces a lo mucho recibí una llamada de él para saludar y tratar arreglar todas las faltas en las que incurrió. Puras promesas vacías decía mi abuela mofándose de una actitud que ella conocía y que yo creía pues la esperanza de que volviera a mi lado y junto a mi madre hiciéramos una vida juntos, estaba viva. Sobre ella, la situación era igual que siempre: Un cúmulo de reclamos intransigentes que utilizaba para matar mis ánimos.
Por suerte en el colegio todo avanzaba con otra imagen. Ahí, por consentir mis deseos por formar parte de algo de manera legítima, me fui acercando a algunas de las chicas que estudiaban conmigo. El resultado fue magnífico. Una amistad incomparable y llena de ilusiones. Éramos lo que queríamos y no necesitábamos más.
Para nuestra mala fortuna, o al menos la mía, las condiciones se transformaron al punto de que en cualquier momento hubo roces entre nosotras. La cizaña que llegaba de otros compañeros y la mala disposición para solucionar nuestros conflictos nos retrajeron a tal punto de no lograr recuperar lo que vivimos. Una se fue con otros muchachos, otra se cambió de colegio y la tercera prefirió seguir su rumbo en solitario. Quedé así como siempre, sola y sin protección para los persecutores de sueños que habían dejado de intentar acabarme.
Eso, sumado a la mala coexistencia en la familia, me provocó una depresión como la que nunca probé y de la que no encontraba forma de salvarme. Vuelvo a decirlo, la adolescencia es una enfermedad que solo se alivia con el tiempo pero mientras dura hay que hacer lo necesario para no caer en terapia intensiva o muerto.
Así que ahí estaba, gastando mis horas en ver hacia la nada o remarcando líneas en el cuaderno que poco a poco se acababa. No era suficiente ya ni siquiera salir a tomar el aire en el camino hasta mi escuela o de regreso a la casa. Me sentía sofocada y por lo que intentara veía que no me salvaba nada.
En ese período, cuando se formalizan los cambios en el personal docente por parte del Ministerio de Educación, un sujeto llegó a mi colegio. Eso fue para mí la tercera experiencia determinante en mi vida y carga un sin fin de sensaciones que incluso hoy, años después de la desgracia, me persigue.
Antes de seguir, angelito, quiero decirte que voy a contártelo con bastante calma porque aunque pareciera algo doloroso y en suma difícil de vencer, lo considero muy dentro de mi como una aventura fantástica y que incluso en este momento en que te lo digo, me provoca una gran sonrisa similar a aquellas que dediqué en la adolescencia a un amor discorde.
Rodeada de personas que no conocía, sentada en la mesa de un bar, con la mirada perdida hacia la nada y meneando el contenido líquido de mi bebida con un popote sin darme cuenta, escuché al animador pedir que sonriera con una mano al aire aquellas que hayan tenido un amor prohibido. De inmediato lo hice, aunque sin estirar el brazo, lanzando una cómplice mirada hacia otra de las mesas en donde se encontraba un hombre bien parecido acompañado de algunas mujeres. Me vio también y respondió al gesto. De pronto volví en si y al verlo directo a los ojos me di cuenta de la realidad. No era aquel que me provocaba eso que sentía.
...
Después del desastroso final al que el destino condenó a mi grupo de amistad, un nuevo maestro fue inscrito a mi colegio. Voy a decirle porque así es, no era del todo guapo pero como sucede en ese tipo de intereses, tenía algo que me llamaba por completo, aunque claro que no fue todo de pronto, ni amor a primera vista.
En una de las clases que impartía, civismo, encargó a modo de evidencia, que en una hoja limpia compartiéramos la realidad actual de nuestra vida. Deberíamos abrirnos a la actividad y proyectar como si se tratara de una confesión, cualquiera que fuera lo que nos generaba emociones al momento. El objetivo de eso era solo darse cuenta cómo era que los estudiantes lo pasábamos y no requería en particular obtener algún detalle íntimo negativo o lamentable. Sin embargo, en medio del caos que me encontraba, no pude hacer menos que declarar entre líneas que me encontraba devastada y sufriendo por no saber qué hacer. La respuesta fue inmediata.
Al finalizar la clase al día siguiente, el nuevo profesor se acercó hasta mí para pedirme que lo esperará, sola. Sin entender la causa real pero pensando en la posibilidad de haber roto alguna norma como se me hacía habitual, quedé helada delante del escritorio mientras todos los demás salían del salón dedicándome algunas miradas de burla o lástima, según el compañero.
- ¿Cómo le gusta que la llame? ¿Ingrid o Daniela?- Preguntó atento a mi rostro el hombre.
- Puede decirme como guste.- Respondí sin poder ocultar lo nerviosa que estaba.
- Bueno, Ingrid me gusta...- Hizo una pausa para explorar mis emociones.- No te asustes. No hiciste nada malo, es solo que me llamó la atención lo que entregaste en tu escrito.- Me dijo por fin con la misma calma.
- ¿Sí? ¿Por qué?- Le cuestione de inmediato para obtener respuesta y salir lo más pronto posible. Aquello me incomodaba bastante, sobretodo después de la tragedia familiar que tuve con un adulto apenas unos meses atrás.
- Lo que expresa es mucho dolor. Se nota que lo está pasando mal. Lo que quiero decirle es que tenga la confianza de decirme cuanto necesite y si quiere un amigo, aquí estoy.
La breve charla fue suficiente para dejarme pensando y es que ¿cómo carajos le da esa oportunidad a una jovencita que vive de verdad mal? El anzuelo estaba lanzado y yo, ingenua como nunca pude dejar de ser, lo mordí.
Los siguientes días se nos fueron en distintas conversaciones en donde parecía que yo le daba un monólogo interminable. Pensé incluso que en cualquier momento iba a arrepentirse por haberse acomedido a ayudar o que no encontraría forma de deshacerse de mí y lo continuaría haciendo por mera formalidad o simpatía, pero obligado. Terminaba una clase y ahí estaba de pie con él. A veces me lo pedía, otras no, pero al final de cuentas nos encontrábamos en cualquier lugar del colegio.
Las pláticas siempre sucedieron con honestidad. Mientras yo hablaba él escuchaba con paciencia pero notaba en su rostro una especie de frustración, supongo que la carga molesta de lo poder actuar conforme sus instintos le pedían, limitados por esa barrera de edad y situación en que nos veíamos. Igual no pasó demasiado tiempo cuando una de las tardes me confesó con bastante gracia lo que ya me esperaba.
- Sabe. Sé que usted es una niña y esto que me ocurre es demasiado para un hombre, pero no puedo detenerme ahora que el camino me lleva a eso. Estoy enamorado de usted. La amo y aunque parezca una broma quiero que lo crea.
Enmudecí ante la confesión. Las manos me sudaban. La piel se enchinaba y una brisa helada me llegó al cuerpo para hacerme vibrar un instante.
- Yo también estoy enamorada de usted.- Fue todo lo que dije.
En sus ojos nació un brillo comparado al de un astro que lejano lucha por mostrarse ante la mirada de los terrícolas y nos besamos con ternura. Cuánta bondad hubo en el acto. Hoy que estoy con una edad suficiente para entender ciertos comportamientos masculinos, no me atrevo a pensar que en ese instante la mentira o traición estuvieran presentes. El asunto por supuesto que tendría complicaciones pero estábamos dispuestos a enfrentarlas.
Las semanas que llegaron fueron maravillosas. De un lado a otro seguíamos compartiéndonos el tiempo. Las horas se descubrirán a prisa entre los dos y al llegar el momento de despedirnos le escuchaba decir que me amaba.
Para darle mayor formalidad al acto, le pedí lo que jamás imaginé. Debía presentarse a mi casa mostrando su verdadera intención y si era posible, lograr que mi abuela consintiera nuestra relación. Por fortuna no fue complicado. En ese momento en casa ya lo habían visto con regularidad. Llegaba ahí y nos pasábamos platicando con delicadeza mientras yo manipulaba su computadora con la excusa de hacer tarea. Lo mismo pasaba cuando yo llegaba a la suya. Por ello su presencia tomó una especie de naturalidad y en la hora de la verdad, me sorprendió la actitud de la vieja.
- Bueno, hija. Solo tenga cuidado. Es un hombre mayor y puede ser que tengan problemas. - La mujer daba su visto bueno y contra
eso nada podría suceder.
He pensado, con todo cuanto sucedió, que la idea de permitirlo se dio con dos finalidades específicas. Por una parte, ella me veía en realidad enamorada y la sensación que le provocaba el tenerme rebosante de nuevo después de tantos problemas, la alegraba también. Por otra, al notar la sinceridad con que me trataba aquel hombre y la protección absoluta que gozaba, no podía permitirse romper el lazo. Lo mismo de mi parte. Al carecer de un padre y tener la oportunidad de que alguien me cuidara con su misma vida y bajo cualquier riesgo, era extraordinario.
Ahora que lo sabrán todos, debo decir algo que me es importante. La familia de mi abuela, con esa misma carga de celos y violencia verbal que acostumbraba al referirse a mí, estaba convencida de que la mujer que me cuidó desde pequeña usaba cualquier artilugio para mantenerme contenta, aun y cuando lo que tapara resultara un acto ilegal o deleznable. Lo que no saben es que en la vida, antes y después de eso, aquella mujer que solo buscaba verme feliz, jamás me permitió hacer algo que fuera malo, a excepción de la relación con mi maestro.
Pero al igual que en otros momentos de mi vida, las cosas iban a complicarse antes de que aseguráramos el éxito. Al no tener la precaución de mantenernos en reserva ante los ojos de la gente, los compañeros y vecinos comenzaron a especular que algo no traíamos entre manos. Lo que inició como un buen secreto se transformó en una noticia importantísima que todos aprovechaban para mencionar cada vez que pudieran.
Por supuesto que al llegar a los oídos de los directivos éstos nos mandaron llamar de inmediato. Por separado fuimos cuestionados sobre nuestra supuesta relación y aunque nos negamos a aceptarlo, resultaba evidente que mentíamos. Había tanto de donde agarrarse que estábamos perdidos. Aun así no lograron hacer que termináramos el idilio.
Tuvo que ser uno de los maestros del plantel el que hiciera dinamitar el escenario. En una fugaz llamada le hizo saber a la esposa de mi enamorado que él estaba enredado en una relación extramarital. La reacción fue inmediata. En cuanto hubo oportunidad la feroz mujer se apersonó ante el líder de mi colegio para pedirle o rogarle, como después me enteré, que se hiciera efectivo un traslado lo más pronto posible porque en aquello no veía más que la posibilidad de perder su matrimonio. El rector no lo pensó demasiado y fue concedido.
Noches enteras la pasé llorando en mi habitación mientras mami buscaba la forma de consolarme. Nada pudo hacer que me tranquilizara, sobre todo porque estaba convencida de que aquello era culpa mía por no haber tomado las precauciones necesarias pero ¿qué es eso para una adolescente? En esa etapa entregamos todo sin dudar un instante.
El día llegó y de pronto dejé de verlo en el colegio. No estaría más y era algo a lo que debía acostumbrarme.
Los meses pasaron. Después de ellos, mi esperanza de mantenerme firme en el regreso. Me sentía tranquila y con un permanente deseo de librarme de los fantasmas que me perseguían. Incluso en el pueblo y el colegio se había olvidado un tanto la trama en la que me vi envuelta. Ya nadie hablaba del maestro ni me relacionaban con él.
Ese ambiente de alivio en el que me encontraba hubiera quedado en el aire si no fuera porque desde el mando central, la administración educativa hizo llegar hasta la escuela a un grupo de personas que tenían la encomienda de hacer una revisión completa del caso para si era necesario, actuar conforme a la ley. Eso me llegó de pronto y sin aviso. Otra vez, después de que casi lo olvidaba, lo tenía frente a mi, sentado a menos de un metro, a aquel maestro, el hombre que se apoderó de mis sentidos durante cuatro meses y me obligó a dejar de amarlo tan pronto como un machete corta de tajo la mala hierba. Por supuesto que no estaba preparada para el acto y no lo consideraron.
Los minutos ahí fueron sofocantes y en el calor que encierran las pequeñas oficinas terminé explotando para salir a prisa sin mirar atrás. Ya había declarado no lo que quería, sino lo que convenía para la causa mutua.
Llegò a la ciudad aun con la imagen fresca. Usando unos jeans azul en conjunto con la blanca camisa Polo que frecuentaba, su rostro parecía buscar en dónde esconderse. Se bien, estaba segura, de que aquello lo desgastaba tanto como a mi pero no tenia remedio si deseaba conservar su trabajo y a du familia.
Esa misma noche compre una tarjeta de minutos prepagados y pensando poco en lo que hacía le marqué a su teléfono celular.
- ¡Eres un hijeputa! ¡Te odio! Me hiciste daño y no te voy a perdonar jamás. Deseo que te mueras, que sufras y llores tanto por hacerme esto. Te fuiste y me dejaste aquí tirada y no lo merecía...
Quien pasaba por la calle alcanzaba a escuchar mis atropellados reclamos y quizá pensarían en el pobre sujeto que habría de recibirlos. Terminé azotando el auricular con la base del aparato y estoy segura que en todo le quedó claro lo que a partir de ese momento sentía por él.
Pasados los años no dejo de pensar en aquella etapa como una que me envolvió para cambiarme lo que necesitaba. Si bien me ayudó para salir de un bache emocional que parecía no tener remedio, fue una experiencia desigual y repleta de confusiones.
De vez en cuando abro las r************* para teclear su nombre en el buscador y herirme con la realidad en la que vive. Con su familia e hijas.