Capitulo 4

4913 Palabras
Cuando una llega a la adolescencia los asuntos del cuerpo se ponen recios. Si le agregas que el desequilibrio emocional está a la orden del día, los resultados pueden ser también bastante diferentes a los de la generalidad. Para esa época en que mi vida tomaba un giro importante, el ansia que cargaba por liberarme era descomunal, como si de eso dependiera el rumbo de mi existencia y aunque estaba aun muy joven para darme cuenta, al paso de los años confirmé que en efecto así era. El asunto comienza desde muy niña. Al crecer en un lugar lleno de mujeres que llevaban la batuta y demostraban cada día de lo que eran capaces, mi admiración fue dirigida por completo a ellas. Creo que hasta la llegada de mi tío, ese por el que tuve el gran problema, la única referencia masculina que tenía era la de un padre cobarde y escurridizo. Por eso, al paso del tiempo mi abuela y mi tía fueron mi primer soporte y ayuda para cualquier adversidad. En el caso de mi madre era distinto. Si bien disfrutaba su existencia, el tenerla cerca respondía solo a la esperanza que no moría, de tenerla para siempre a mi lado. Lo mismo ocurría en relación a las primeras formas de sociabilidad. Las vecinas, niñas, jóvenes o adultas, me enternecían cada vez que las observaba desde el interior de mi casa, al pasar cargadas de cuantos menesteres fuera posible. Todas ellas, puedo decir que sin excepción, hacían el mayor esfuerzo para lograr lo que se proponían, incluidas hasta las viejas más chismosas y cuya finalidad era mantenerse pegadas a la puerta a ver qué tanto escuchaban. Todo en mi entorno se reducía a la imagen femenina fuerte y dispuesta. Eso mismo, la cercanía y gratitud que sentía por las mujeres que me rodeaban, de pronto empezó a transformarse en otro tipo de sensación cuando estaba en el colegio. Sin pensarlo, me di cuenta que el apego logrado con mis amigas era una muestra total de placer por ellas, me encantaba tenerlas cerca y compartir cuanto fuera posible. Y sí, me di cuenta que lo mío iba más allá de sentirme orgullosa de la mujer guerrera. Lo mío era puro gusto. En esos días incluso ya me dejaba llevar por el sonido y la imagen de la televisión cuando en algún programa se presentaba una de esas hermosas mujeres colombianas bien arregladas con sus vestidos de verano y las zapatillas altas. Hasta llegar a mis doce años me di cuenta que quería acariciar esas largas piernas con mis manos hasta llegar a unas nalgas bien delineadas a base de sacrificios en el gimnasio. Por supuesto que todo ello me causó no poco disgustos. Primero los interiores. Resulta que reconocido en mí ese gusto por las chicas y el placer que me causaba tenerlas cerca, llegó un sentido de culpa que poco a poco me envolvió. Era tanta la inquietud que me causaba estar observando a una guapa mujer que me dispuse a pensar si era posible que eso me esperara en la vida. Ni siquiera puedo decirte cómo me sentía, lo que sé es que por más que quisiera liberarme del temor, había algo que me mantenía atado a él, como si fuera una especie de producto entre la mezcla del atrevimiento y el pecado. En la escuela las cosas no pasaban diferente. Si bien en casa tenía la posibilidad de admirar cuanto quisiera a las mujeres famosas, en el colegio, donde también había niñas lindísimas, me resultaba complicado darme el lujo. Ahí, por más que no quisiera, la vista de muchos se posaba sobre mí para hacerme parte de sus bromas y eso generaba que mi intimidad se viera reducida. Pero tuve el valor de declararme y salió mejor de lo que pensé. - Me gustan las niñas.- Mi voz temblorosa hacía juego con mi rostro hacia el sueño por el peso de la vergüenza y el miedo. - ¿De veras?- Una de mis amigas parecía escéptica y preguntó a nombre de todas. - Bueno, sí. Soy lesbiana, eso creo. Contrario a lo que imaginé, el ambiente se colocó amigable y pude disfrutar de su comprensión. No hubo medidas exageradas como las que hoy día y más en aquel tiempo acostumbraban los homófobos, como limitar su compañía o evitar tener contacto verbal en público. Mis amigas estaban seguras de que mis gustos no se revelaban contra la amistad que habíamos ido formando y con los suficientes abrazos sellamos ese deseo de seguir con lo nuestro. - Pero también me gustan los manes.- Fue lo último que dije antes de que comenzáramos a reír todas de nuevo. Tal y como me lo aseguraron, las cosas corrieron bien. Incluso tan bien que más de una descubrió en sí misma lo íntimo de sus anhelos. Incluso, dadas las circunstancias de confianza y aceptación, dos o tres se atrevieron a experimentar junto a mí esas sensaciones que causa tu mismo sexo en una actividad prohibida como lo es para nosotros ser lesbianas. - El juego de la botella es fácil.- Mi amiga, la más grande, nos explicaba a las demás.- El pico manda. - ¿Mas bien que si me sale a mí, yo le doy un beso a la que le toque el fondo?- Preguntaron. - Sí, así.- Respondió contenta de que las niñas de diez, once y doce años hayamos entendido. - De una a jugar. Ese día iniciamos con una serie de juegos que si no fuera por la edad que teníamos hubiera parecido mas bien perverso. Nos dimos entre todas cuatro o cinco piquitos y unos pases de mano en las piernas que no trascendieron pero ¿cómo pudiera haber pasado si éramos solo unas pequeñas? Eso pasó antes de tener que mudarme con mi tía a su nuevo colegio. A mi regreso, envalentonada por las circunstancias, la cosa fue muy distinta. Con toda la buena voluntad de gozar mi vida y dejar de resistirme a las cosas nuevas y sobre todo evitar bloquear a aquellos que a diestra y siniestra intentaban hacerme daño, volví de la ciudad en donde vivía con mi tía. La experiencia, que fue dura en todas sus aristas, me colocaba en un plano que mas bien podría incluso compararla con insensibilidad. Ya sufría más de la cuenta con las falsas acusaciones y los señalamientos de todo mundo, como para martirizarme en mis momentos de calma, sobre eso mismo. Como otras veces, el recibimiento fue lindo porque al ser jovencitas no podíamos guardarnos odio ni despecho durante mucho tiempo, al menos no entre nosotras. Uno de los casos fue el de mi amiga Valeria, quien además de ser una buena compañera de viaje, ha resultado un soporte fuerte en mis momentos de mayor duda sobre mi existencia, pero incluso fue otra cosa, como le comentaré a partir de este momento. Ella era una niña increíble. Para todas las que la conocimos, su sonrisa era la misma evidencia de que el mundo puede ser un lugar agradable ante los ojos de cualquiera, en ello llevaba su vida. Tratando de mantenernos unidas y sin complicaciones por lo que pudiera suceder luego. Por eso aquella tarde en que estábamos solas, la pregunta que me lanzó sin el menor dejo de pena, me llevó a una suerte de reflexión que para la edad no imaginé que pudiera tener. - Es que mírese, usted es toda linda ahí con sus anteojos y esa sonrisa bella.- Me decía tan fuerte como para que todos escucharan. - No, calle. No creo que lo sea y ni diga algo porque van a pensar que me la creo y ya sabe como me traen aquí los demás.- Le respondí casi rogando que se detuviera. - Yo quiero que sepa que me gusta mucho.- Esta vez el volumen estaba de modo en que solo ella y yo nos escucháramos.- Y lo digo algo así como lo que nos platicó la otra vez. - ¿En serio?- En mi pregunta dejé escapar un tono de sorpresa que no iba a disimular ni por gusto. - Sí, y yo quería saber si a lo mejor tú, en caso dado de que se diera la oportunidad, pudiera tener algo más conmigo. Ya sabe, ser novias. Regresé a mi casa envuelta en dudas pero más que eso, una alegría disimulada de sorpresa. ¿qué haría? ¿Cómo lo debía de tomar? Yo le pedí a Valeria que me diera al menos las horas de la noche para pensarlo bien y responderle al día siguiente. Me lo concedió. Mi amiga era una muchacha que igual que las demás cabía en el plano de lo común. Su estatura promedio rimaba con lo delgado de su cuerpo. La piel morena aparentaba ser de aquellas que celebran la vida con una candela suficiente para caer y de nuevo lo digo, la sonrisa tan hermosa me cautivaba. Cuando llegué a la escuela no hice más que buscarla. Me apresuraba a caminar por todos lados a la espera de verla y pregunté dos o tres veces para dar a su lugar, pero nada. Resultaba extraño. No era de las alumnas que acostumbraran llegar tarde y menos aun que faltara. Acababa de pasar algo malo, seguramente, y esa era la razón por la que no la veía. Comencé a preocuparme más y más mientras avanzaban los minutos. Cuando la vi, el corazón se me detuvo. Qué tonta, había olvidado lo que con tanto esfuerzo aprendí a base de repeticiones la noche anterior. Incluso ni siquiera cené por estar pendiente de las ideas que me llegaban hasta la cabeza en relación a la niña. Mi abuela preocupada de que fuera a enfermar otra vez fue a buscarme y me encontró con los ojos bien abiertos mirando hacia el techo y no salió hasta que le juré que todo iba bien. - Hola, Daniela. ¿Qué pensó?- La amiga fue directa al grano. - Hola, ¿cómo está? Ni siquiera una preguntica para calmar las cosas. Usted llega, se planta y listo, ¿si no?- Le respondí graciosa y deseando tener esa misma seguridad. - Bueno, bueno. Ya vi que está bien. Ahora mejor dígame que me estoy quemando por saber. - Venga entonces. Un minuto después estábamos metidas en uno de los baños de niñas del colegio, el mismo que a partir de ese momento sería nuestra trinchera contra el mundo y lo que nos quisiera separar. - A mí también me gustas mucho. Sí quiero ser tu novia. Así fue que un inocente juego de la botella se convirtió en mi primer experiencia lésbica real. Por supuesto que estaba muy lejos de llegar a lo que la vida me llevó años después, pero no dejó de ser un referente importante. Empezamos entonces con pequeños encuentros que pronto subieron de tono. Primero usábamos uno de los espacios en los sanitarios de mujer para agarrarnos en una besadera que parecía interminable. Una manita aquí y otra por allá. Mas besos, dos o tres caricias. Todo con el menor ruido posible. Después, nos atrevimos un poco más o tal vez fue que ya ni siquiera intentábamos llegar al mismo espacio. Detrás de los salones, justo en ese lugar que tienen todos los centros de estudio, el punto ciego de la dirección, fue el apropiado para las fugaces muestras de gusto y deseo. Era magnífico pero por supuesto que en algún momento podía ocurrir algo que nos hiciera trabarnos. Una de las veces en que nos besábamos a escondidas en el sanitario, se escuchó una voz hablar con autoridad detrás de la puerta. El coordinador había hecho llegar a una maestra para que revisara qué tanto hacíamos ahí metidas a cada rato pues notó de un tiempo a esa fecha, que las salidas eran cada vez más frecuentes. Valeria ni siquiera supo que hacer o decir. Quedó helada ante la imagen de la mujer que esperaba una respuesta inmediata a su cuestionamiento. - Estábamos rayando las paredes. Perdón. Mi respuesta tuvo el éxito esperado. Como ya tenía referencias de mal comportamiento desde mi vuelta al colegio, no fue difícil creer que una vez más había hecho de las mías en esos cubículos sucios y maltratados. Otra vez me veía expuesta para recibir el castigo. Toda la semana me quedé un tiempo extra al horario de clases para limpiar todas las paredes que estuvieran dañadas. Sin duda, mejor de lo que hubiera resultado lo demás. Valeria era una niña buena. Quien la veía o escuchaba se daba cuenta de que era bastante juiciosa, tratando de evitar tener manchas en su expediente, sobre todo porque su padre era profesor y cada cosa que hacía se la reportaban. Hubiera sido todo muy nefasto si el resultado de aquel intento de escape en el baño hubiera sido otro. Durante esos días de limpieza nuestra relación fue por diminuir en el tono. Ahora solo nos quedaban los encuentros en su casa que por contar con computadora e Internet era la excusa perfecta para estar juntas. Más de una vez nos fuimos hasta su recámara y poniéndole llave caíamos en la cama para con una fuerza y sin pudor basarnos hasta dejarnos la boca morada una y roja la otra. Fue en esas sesiones que a mí casi me atrapan en la movida. Mi abuela, quien supo que estaríamos solas un buen rato, fue de sorpresa a la casa de mi novia para hablarme. Al escuchar su voz salí de inmediato pero por la prisa no me di cuenta que estaba muy despeinada. - ¿Ya va a terminar? La necesito en casa pronto. Pienso que tal vez el hecho de encontrarme de esa manera y la pena que le causaba el darse cuenta de una cosa como la que pasaba, le hizo mantener silencio. Un silencio que fue en verdad incómodo para las dos pero al fin de cuentas mucho mejor que cualquier otra cosa. Al tiempo en que intentaba reponerme de ese susto con la vieja, en mi mente repiqueteaban las palabras que alguna vez mi madre me clavó con fuerza y que por zares del destino jamás olvidé. Ella, con su cariño y preocupación de madre que aun pudiera conservar, me dijo que jamás permitiera que nadie me besara en la boca porque formaba parte de mi intimidad. Ni mis tías, tíos, abuela ni ella misma; pero lo más importante es que menos aun una mujer. Aquello era cosa del diablo y estaba prohibido y penado por todas las leyes religiosas del culto al que pertenecíamos. El lesbianismo era algo que te condenaba directo al infierno. Contrario a lo que mi madre infundio como un miedo terrible, las opiniones en el colegio eran distintas y eso rescataba un poco el consuelo que necesitaba. Alejandra, que era la mayor de todas, aseguraba que lo que me sucedía no era más que una etapa por la que todas deberíamos cruzar algún día. Que me calmara y tomara las cosas con calma porque de ahí a cuando me diera cuenta ya no habría un remilgo de eso. Pero no fue así. Aunque me seguía causando mucho terror el que se llegaran a dar cuenta en casa de mi nueva afición, no era capaz de dejarla a un lado. Estaba de verdad disfrutando lo que sucedía y después de tanta humillación y prejuicios en mi contra me sentía con el pleno derecho a disfrutarlo. Eso quedó en claro al resto de amigas con las que me reunía en grupo y fuera de sí, ellas a quien admiraba por su lealtad y seriedad, decidieron traicionarnos. De un día a otro medio mundo sabía que a mí me gustaban las mujeres y que deseaba tener una novia. Por si fuera poco, Valeria, quien en su casa reconoció con apertura que era lesbiana, fue señalada a donde fuera por su actitud poco femenina y a todas las que tuvieran cercanía con ella, incluida yo, nos tildaban como tal. El chisme, como en todos los asuntos de mi vida, no tardó en llegar a casa de mi abuela. Se hizo un gran escándalo y terminó con la exigencia de que dejara de juntarme con mi novia y para no caer en más problemas decidimos dejarlo. Después de mi relación con aquel maestro del colegio que terminó con una dura enseñanza de que no era ni apropiado ni real confiar en alguien como él, entré en razón de que había que estar tranquila aunque fuera un tiempo. Si las circunstancias lo permitían ya no sería más objeto de nadie ni tampoco dejaría que me llevaran por rumbo desconocido. Ya estaba cansada de los hombres y de todo cuanto fuera que provocara daño a mi corazón porque eso era una verdad que no admitía discusión, me llenaba poco a poco la cabeza de miseria y el corazón lo tenía aprisionado entre recuerdos de romances. Y es que ahí estaba la medida. Ya me habían tomado línea sobre mi falta de control en mis emociones y me torturaba metiéndome en asuntos riesgosos. Por ese tiempo una vez más caí enferma. Esa ocasión fue tiroides. No podía creerlo. Si no llovía era tormenta segura. ... En Bucaramanga el último novio me dejó una experiencia similar. Caí con él a consecuencia precisamente de la enfermedad. Se trataba de un médico de treinta años que aunque estaba soltero y parecía de buen ver, suponía las mismas actitudes que los demás hombres con los que me relacioné en el pasado reciente. A mis diecisiete años, sometida a los estímulos ridículos que la adolescencia te provoca, me dispuse a cumplirle cualquier cosa que me propusiera. La idea era tenerlo contento, aunque de ello dependiera mi salud y tranquilidad mental. Fue así que probé por primera vez la marihuana. Una cosa tremenda, como comprobaba cuando lo hacía. Ya fuera en su casa o en cualquier otro lugar en donde nadie nos observara, nos armábamos uno o dos cigarros para dejar que el efecto nos envolviera. A partir de ahí una etapa más de discusiones y problemas se vinieron en casa dejándome en esa ocasión desamparada y a mi suerte en la calle. Mi madre otra vez hacía lo mejor que sabía y era dejarme ir sin pena ni cargo de consciencia. Por fortuna, el médico que incluso esperaba el momento adecuado, me llevó a su casa para vivir con él, lo que fue una medida que me maravillaba porque tanto él como su familia me trataron como a una princesa. Si he de recordar a mis antiguas familias políticas, esa mujer se lleva el premio a la mejor suegra, y ya le contaré porqué más adelante. En fin que por varios motivos me trasladé a Santa Marta. Ahí me recibiría una tía que en realidad se trataba de la hermana de mi abuela. Una mujer grande en edad que junto a su esposo llevaban ciertos negocios y con los que al menos al inicio me sentí abrigada. Ella, como la mujer con la que viví desde pequeña el Bucaramanga, tenía una forma de comportamiento casi idéntica. Al ser de la misma religión y vivir condiciones parecidas, así como costumbres, su carácter era rudo y frio, seca. Esperaba muchas cosas, es cierto, porque de alguna forma le llegaron las advertencias sobre mi comportamiento pero logré en un inicio hacer que esas ideas se apartaran de su cabeza, aunque no duró mucho. Junto a ellos, en la gran casa de la que disponían, había otra mujer. Era una tipa de cuarenta años que se llamaba Nora. Ella, que durante toda su vida no procuró más que vivir de la artesanía, era una mujer excepcional que poco a poco fue ganándose mi confianza y sin pensarlo se convirtió en el parteaguas un año después. La relación empezó sencilla. Mientras mis tíos trabajaban yo escapaba al mar. Por fin podía disfrutar de aquello como alguna vez pensé después de que veía en la televisión como en las costas la vida era alegría y radiante felicidad. Lo tomé incluso como una especie de terapia y junto a las olas dejé escapar los terribles momentos que me habían acechado hasta esa fecha. Me liberaba al mismo tiempo que disfrutaba tomar el sol recostada en la playa. Una de esas tardes en que terminaba la jornada de trabajo y antes de regresar a casa, Nora se sentó a lado mío aprovechando un espacio de la toalla extendida, justo donde cabía su humanidad. La pregunta que me hizo nos convirtió en cómplices y fue el click que necesitábamos para iniciar nuestra travesía juntas. - ¿Fumas?- Su voz cargaba la misma calma que mostraba en la sonrisa. - ¿Fumar qué?- Pregunté de la misma forma, a la vez que ingenua. Ella se rio y la seguí. Las siguientes dos horas se nos fueron en una plática súper cómoda y divertida pues después de darse cuenta que era fan de la marihuana sacó de su pantalón una bolsita de plástico con la hierba y sin mucho esfuerzo forjó un porro. Esa imagen me hizo para el futuro dejar de ser tan prejuiciosa y dejarme llevar para conocer bien a las personas. Le explico. Nora a sus cuarenta años era una mujer hecha. Su trabajo de artesana lo terminaba haciendo ventas en la playa con los visitantes y turistas y ese cuerpo moreno, natural, sin filtros, la dejaba a la vista como una mujer más, como mi madre o su hermana. Pero por lo que veía y escuchaba aquella tarde pude notar que en realidad se trataba de un ser humano con ansias de ser feliz a costa de lo que fuera y divertirse muchísimo en el camino a lograrlo. Ella también se sorprendió de mí. Al hacerle saber que era lesbiana soltó una risita que por un momento me hizo sentir incómoda. - ¿Qué pasa? No le veo lo gracioso.- Le dije en forma de reclamo por lo que parecía una burla.- ¿También es igual de cuadrada que mis tíos? - No, que va. Deje eso.- Respondió de inmediato para quitarme la idea.- Lo que pasa es que es curioso verla y pensar en eso. No parece que le gusten las mujeres. Bueno, tampoco parecía que le gustara fumar marimba pero aquí está. Yo también soy lesbiana. La doble confesión nos confortó y aunque eran mis primeros pasos en el uso lúdico del producto que fumábamos y la risueña no me dejaba tan fácil, entendimos bastantes cosas que el tiempo confirmaría. Nos levantamos de ahí para caminar. Mis tíos me dejaron estar un rato con ella, quizá como una especie de consuelo porque desde mi llegada apenas y veía otra cosa que no fuera mi cuarto o su lugar de trabajo, aunque estoy segura que después se arrepintió. De una nos fuimos a comer hamburguesas. Con el bajón que me provocaban las primeras veces el consumo, acabé de inmediato y sin dejar de estar atenta a la plática acepté cuando me propuso salir a un bar a beber un rato. Esa noche fue una de las que más alegría me provocan pero a la vez menos recuerdo. Nos embriagamos hasta no poder más, por completo borrachas y fuera de nosotros mismas. Tanto así que al llegar a la casa ni siquiera sabía en dónde estaba y al darse cuenta la hermana de mi abuela del estado en que me encontraba, comenzó su histeria. - Tenga cuidado hija. Recuerde que está aquí bajo mi cargo y si algo le pasa no sé cómo me va a ir.- Comprensiva y tajante comenzaba a hablar la señora. - Sí, tía, no se preocupe, todo bien pues.- Le dije para calmarla. - Sí me preocupo y lo sabe. Y es que hay algo que me tiene bastante inquieta y mejor dicho quiero que lo sepa cuanto antes.- Hizo una pausa para imprimirle dramatismo, justo como era su costumbre.- La mujer con la que usted sale mucho no me gusta para amistad suya. La señora, porque ya lo es, tiene muy mala reputación. Se dice y creo que no es secreto, que además de alcohólica es drogadicta y lo peor de todo, lesbiana. Supongo que lo deseado por mi tía era falta de compromiso con Nora de mi parte. No gustaba de que estuviéramos como cercanas y en forma amable me pedía, para bien de todos pero más mío, que dejara de hablarle. Ella, en su mente que cargaba sobre todo desgracias, creía que yo estaba con la mujer en plan de novias. Nada menos cierto. Y en verdad que en el momento de la plática nada teníamos Nora y yo. Mi único interés en ella era usarla como un puente a mi libertad y para socializar cuanto pudiera. Ya había pasado bastante tiempo encerrada y me estaba cansando. Para terminar esa plática decidí dejarla tranquila explicándole que por más que intentarán llevarme por mal camino no iban a lograrlo. - Nadie está obligado a nada, tía. Y yo no soy alguien que deje que la amansen solo porque sí. Ojalá hubiera tenido la misma fuerza mi actuar con lo pensado, pero estaba muy lejos. Y tan así era que a la primera llamada del médico decidí atender a su petición de vernos. No debía ser tan complicado, pensé mientras metía a la mochila dos cambios de ropa. Salí de la habitación y en un ambiente como el que llevábamos todos los días, anuncié a mi tía que regresaba a Bucaramanga para asistir al casamiento de una buena amiga. Solo estaría ocho días fuera. Contrario a lo que imaginé, se alegró de mi abrupta retirada y aunque sabía que volvería, el hecho de estar separada de Nora aunque fuera por ese mínimo tiempo, la confortaba. La llegada al pueblo fue linda. Ahí me esperaba ya mi novio, el mismo que antes de irme supo darme lo que necesitaba y aunque fuera a cambio de bajarle a mi mal temperamento, le agradecía. Lo que iban a ser ocho días, pasó a quince. Después las tres semanas y terminó mi visita a los treinta. Un mes de vivir la aventura de estar como casada con un verdadero hombre y en el que me desaparecí por completo de todo el mundo. Ni siquiera tuve el cuidado de comunicarme a Santa Marta para avisarle a alguien que estaba bien o que demoraría más, pero es que la estaba pasando increíble. Al principio, en mi llegada, el ambiente fue cordial. Una vez más veía de frente al tipo y su familia estaba encantada de verme. Andábamos de arriba a abajo siempre y cuando su horario lo permitiera y no dejábamos de mostrarnos el amor que sentíamos uno por el otro cuando podíamos. Después vinieron momentos incómodos. De alguna forma él se enteró de lo que estaba pasando en la otra ciudad. Desde mi consumo abusivo de drogas o alcohol hasta uno o dos deslices que tuve y por supuesto que le molestó. Pero para mí suerte, como no era un santo, también supe de los detalles que llevaba bien escondiditos y fue la excusa perfecta para mantenernos en una especie de guerra en donde al final nadie ganó. - Mire niña. Usted es joven y bonita. Mi hijo ya es un hombre grande, se preocupa por otras cosas y yo lo que quiero es que no salga herida. Créame, cuando vea que ya no tiene nada que ofrecerle, va a desecharla como un trapo. Ahí nada más me la va a dejar y por más que una quiera apoyarla, sabe que en eso no hay problema, no sé qué va a pasar cuando me pidan que la eche.- Mi entonces suegra me lanzaba una advertencia como jamás pensé. Y es que si ella misma decía eso de su hijo, algo de razón debería tener por lo que no dudé ni un instante en someterme a la decisión. Sin dar aviso ni explicaciones, me planté en la puerta de entrada con mis maletas para cuando llegara montarme a un camión y regresar a Santa Marta. Él mismo me llevó a la estación y después de una breve despedida, nos dijimos adiós para siempre. A mi llegada a la ciudad lo único que tenía en mis ideas era Nora. Ella me había prometido antes que si por alguna razón tenía un problema, contara con su ayuda para solucionarlo y no fue nada diferente a lo que pude prever. Mi tía estaba echando fuego cuando me vio cruzar la puerta de entrada. Ni siquiera puedo decir qué me gritó con exactitud porque la velocidad en que iban sus reclamos era mayor a la que me alcanzaba para entender. No tuve el valor para excusarme, estaba mal. Tomé tres o cuatro cambios de ropa, lo más que había llevado y salí del lugar en busca de mi amiga quien estaba quedándose en ese tiempo con otra persona que conocía y que sin dudar también me recibió en su departamento. A mi regreso y mi ida a vivir con Nora, lo previsto para mi futuro tomaba una seriedad desmedida. Ahora, con certeza, iba a dejar a un lado cualquier posibilidad de tener un nuevo noviazgo con un hombre. Estaba harta de que en cualquier momento, justo cuando más me sentía enamorada, me dejaran a la deriva sin importar qué iba a hacer y peor aun, cómo quedaba ante la gente. La ocasión del médico aunque no tuvo un trágico final, algo que pudiera después recriminarse, fue la gota que derramó el vaso.
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