Desperté a las seis de la mañana. A mis ojos molestaban las luces de color que adornan el amplio cuarto en dónde duermo. Nada más toqué el piso y un calambre se apropió de mi pierna. Igual me sucedía antes, allá en Colombia, cuando por el estrés y la ansiedad, mi cuerpo con dificultad se recuperaba en una noche. Era temprano, lo suficiente para hacer las cosas más importantes, así que me recosté de nuevo. La alarma me despertó en punto de las diez de la mañana, como nunca. Alcancé el móvil de mi cómoda y sonreí atenta al primer mensaje. Recién había leído en una revista lo maravilloso que resulta pararse frente al espejo y reconocer en él una imagen diferente a la que acostumbramos. Estudié mi cuerpo de arriba abajo. Yo, que me creí algún tiempo perdida por el destino, supe entonces que n
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