Semejantes

1886 Palabras
Capítulo 4: Semejantes.     Margaret Kane     Un abrazo de mi madre fue suficiente para humedecer mis ojos maquillados de azul brillante. Ella palmeó mi espalda desnuda con amor y me dejo ir lento, suave como si supiera que no quería que se alejara de mí, aunque fuera necesario hacerlo.  —Estas hermosa hija. —Dijo con una sonrisa de lado, que entrevió un hoyuelo coqueto en su cálida piel trigueña.  Ambas nos parecíamos mucho, compartíamos la forma almendrada de los ojos pincelados en un color café que a la luz se volvía claro como la miel, el cabello largo y ondulado color castaño oscuro, la forma de la sonrisa, grande y desvergonzada, y los lunares pintando todo el cuerpo. Supe esto último a los seis años, cuando me di cuenta que mucho de sus lunares, como las del hombro, el cuello y el abdomen, eran compartidos conmigo. Mi padre nos recordaba que éramos gemelas en vez de hija y madre, y con el tiempo, se volvió cada vez más real.  Aunque los años hayan surcado líneas a los costados de sus ojos, y en las comisuras de su boca, y ya no tuviera el cabello naturalmente castaño, sino teñido, seguía viendo en mi madre, la viva expresión de como seria en el futuro.  Y tal como nuestro parecido era vivaz, nuestras habilidades lo eran igual.  —Debes dejar que duela cariño. —Su mano alargada y delgada rozo mi mejilla. —Y déjalo ir, eres muy joven como para perderte en las lágrimas causadas por un poco hombre como él.  Tomé su mano y la bajé suavemente. —No te inquietes mamá. ¿Papá no ha llegado contigo?  —Aun no, tenía una reunión justo cuando llamaste, pero vendrá.  — La mesa reservada ya está lista, síganme por aquí. —Nos dijo el mesero.  Mi madre enredó su brazo al mío y caminamos a la par.  — ¿Qué harás ahora que estas aquí?  —Trabajaré en el sector visible.  — ¿Lo dices en serio?  Asentí. —Jamás he trabajado en una empresa, quiero tomarlo con calma.  —Lo entiendo, eres una artista.  Escucharla decir eso me revolvió contradictorias emociones.  —Por el momento trataré de disfrutarlo.  Nos sentamos en la mesa, las dos frente a frente, y mi madre fue la primera en ver la carta de menú, mientras que yo desviaba la mirada al lugar. Un precioso candelabro dorado caía por el techo, que se veía inalcanzable por lo alto que era. La calidez del lugar era tenuemente sofocante, la iluminación amarilla era abundante y opacaba los colores hasta verlos -casi- todos iguales.  Mis ojos se corrieron atraídos por la imponente y esbelta figura de mi padre. Un hombre cincuentón de cabello azabache natural, barba prolija en candado, y facciones simétricas casi perfectas, se movilizaba por el pasillo hacia nosotras. Luciendo un pulcro traje n***o, con un llamativo Rolex plateado en la muñeca, se abría paso como un antiguo y prestigioso caballero. Era mi hermano su viva y jovial imagen, y como era de esperar, fue buscado para incluirse al mundo del modelaje. Claro que, al contrario de mi padre, quien si había aceptado en su momento y en la actualidad si la situación se presentaba, Ryan negó esa posibilidad, alegando que no era muy amigo de las cámaras.  A mi parecer, eso era mentira, pero comprendía su declinación. Mi hermano mayor fue muy claro al aceptar la responsabilidad de la empresa, su compromiso era puro y honesto.  —Padre. —Me levanté del asiento, y él me recibió con una sonrisa.  —Margot, princesa. Que agradable verte de nuevo. —Su mano tomó la mía, y la envolvió con la otra.  —Me alegra tanto verte. —Expresé con sincera emoción.  —Ya era hora cariño, ¿Cómo ha ido la reunión? —Le preguntó mi madre.  —Muy bien, hemos coincidido.  Volví a tomar asiento, y esta vez, llamando la atención del mesero, pedí el primer platillo. La cena transcurrió más rápido de lo que hubiera pensado. Entre platos fui comentándoles brevemente mi vida en Londres, la progresión de mi trabajo, el desafortunado suceso con mi pareja, y mi nueva ocupación en la empresa.  —Tendrás que resguardarte, pero sé que no se te será un problema, ya lo has hecho antes. —Había comentado mi padre.  —Procura ser cuidadosa hija. —Fue lo que dijo mi madre con profunda inquietud.  El hecho de empezar siendo una más en el sector visible, implicaba ocultar mi identidad hasta que decidiera otra cosa. En mi familia, estábamos acostumbrados al anonimato, lo habíamos hecho por innumerables causas para protegernos. Y no estaba nerviosa por ello, sino más bien, emocionada. Hacia tanto no experimentaba el cambio de identidad, que me resultaba gratificante de solo pensar en ser y actuar como alguien distinto al que soy. Eso ocuparía mi mente, y me libraría de mis viejas ataduras.  Al finalizar la cena, mis padres se despidieron con un abrazo y se marcharon juntos, yo en cambio, reacia a volver al departamento, decidí tomar un taxi y beber unos tragos en algún tranquilo bar.  Al entrar al lugar, vi cada uno ensimismado en sus propios asuntos, muy lejos de prestarle atención a cada quien que crucé la entrada. Despacio fui a la barra, y pedí al barman un coctel de piña colada. Recorrí melancólicamente la mirada por la estantería, retomando y siguiendo la emoción que se ataba a mi corazón desde hace unos días.  Una sombra a mi lado se movió sigilosa, y se sentó. No tuve interés de observar, solo me mantuve pensante entre las hileras e hileras de botellas al frente. Dándole prioridad a mi negativo sentimiento hacia mi nuevo departamento, pensé en considerar una mudanza. Ese lugar no había sido seleccionado bajo mi juicio y creía que, si debía interpretar un papel de mujer de clase media, debía acomodarme en un sitio menos extravagante y no tan solitario.  —Me sorprende verla por aquí. —Una voz varonil sacudió mis olas de pensamiento, y giré la cabeza a mi costado izquierdo, encontrándome con la sombra que me había dispuesto a ignorar. —Señorita Margaret.  Sus ojos serenos, sobre la lupa de un rostro quieto que no expresaba, sino más bien incitaba a la curiosidad, se clavaron en mí, suaves como mariposa al descansar sobre una flor.  —Señor Holmes. —Emití.  —Prefiero la informalidad con usted.  —Claro, yo… —El sorpresivo encuentro me había dejado algo perpleja. —También la prefiero.  Dejo de mirarme y se concentró en el Martini entre sus dedos.  —No podría llamarla por su nombre. Respeto las clases.  Me sorprendí. — ¿Si sabes que estamos en la edad moderna?  —No me quejo del lugar en el que estoy.  Abandone la visión de su perfil, para fijarme en el barman que traía mi coctel.  —Comprendo.  Un calmo silencio nos rodeó a los dos. Tras dar una tímida probada, volví a atreverme a mirarle. Mi vista detallaba la finura de su lado, la nariz delicada yendo hacia unos labios que besaban el borde de una copa reluciente.  Él era atractivo.  Aparté la mirada cuando deduje la intensión de mis pensamientos, y me encogí sobre mí misma, sintiéndome desdichada. ¿Cómo mis ojos admiraban al hombre a mi lado, siendo que mi corazón estaba desolado? ¿Era la soledad la causa de que le viera de esta manera? De cualquier modo, me alejaba a pensar así, en mi vida no quedaba cimiento estable para sentir. No buscaba despertar con nuevas emociones, sean duraderas o pasajeras.  — ¿Es de su agrado su nuevo hogar? —Me preguntó de pronto.  — ¿Por qué me preguntas eso?  —Tuve la misión de investigarla. Me daba curiosidad saber con qué mujer trataría, y no dude en analizar los gustos que la conforman. El señor Kane es un hombre moderno, escogió el departamento de acuerdo a sus preferencias, pero creo sinceramente, que no es de su total comodidad, ¿No señorita?  Me agrado su acertada deducción, y sonreí. —Tienes razón, no es de mi total agrado.  —Puede mudarse cuando deseé.  Volví a mirarlo, y apoyando un codo en la barra, deje apoyado mi mentón en la palma de la mano.  —Veo que no se equivoca, ¿Por qué no se lo ha dicho a mi hermano?  —No tuve tiempo, no he sido yo quien se encargó de ese asunto. —Su mirada verdosa viajó a mí, y su mano abandonó el coctel.  —Asuntos más importantes imagino.  —No, solo asuntos. De ser importante, hubiera de atenderlo el mismo. Ahora sé que buscarle un apartamento fue más importante para el señor Kane, que una reunión de absoluta confidencia.  —Así es mi hermano, no siempre sabe priorizar lo primordial.  —No creo que haya sido el departamento en sí, sino lo que significaba. Su llegada señorita Margaret, ha sido lo más importante que el señor Kane se ha encargado. Lo he visto tan exaltado que me sorprendió.  Solté una corta risa. —No lo creo.  — ¿Acaso no se cree importante?  Abrí los ojos con sorpresa. Además de observador, Tom Holmes parecía ser un hombre con poco filtro.  —No, digo si, solo… ¿No piensas que es exaltarme demasiado? Solo es una mudanza nada más, no veo mi estadía aquí como un gran acontecimiento.  —Para usted sí, pero para el señor Kane, que poco lo mueve, ha sido un gran suceso. —Tras su confesión, retiró la mirada y bebió lo último que quedaba del Martini.  Hice lo mismo con mi coctel, y di por hecho, que era hora de regresar a casa.  —Me dio gusto hablar contigo Tom. —Dije, tomando la cartera.  Me miró un segundo largo, y no supe que esperar.  —La llevaré a casa.  No me dio tiempo a rechistar ni negarme, él ya había dejado su paga e iba a zancadas a la puerta. Me dejo el pase libre como un total caballero, y en silencio marchamos. Estaba muy agotada como para hablar, y a él no le incomodaba el silencio.  Nos deslizamos por las calles así, callados y muy metidos en nuestros propios asuntos. Él era un hombre muy interesante, no le entendía como tal, pero me intrigaba hacerlo. De vez en cuando mi mirada se desviaba al espejo retrovisor, buscando algo que me dijera lo que sentía.  — ¿Qué busca saber señorita Margaret? —Me preguntó cuando se estacionó.  No supe dónde meterme, ni que decir. Su transparente honestidad con las palabras me provocaba espasmos de desconciertos.  —Es un total misterio. —Solo pude decir, y con eso, abrí la puerta. —Gracias por traerme.  —Que descanse.  Era muy tarde, se veía en la poca movilidad de la ciudad. Cerré la puerta despacio y me moví por la parte trasera del vehículo por pudor a pasar por delante bajo su mirada.  Ambos teníamos en común la falta de decoro al expresar nuestras ideas, y el análisis profundo que hacíamos en todo. Y eso era lo que me dejaba confundida, nunca antes me había topado con alguien semejante a mí, y no sabía cómo tratarle. Pero lo averiguaría, y quizás así, lograra saciar el interés que esa noche descubrí que se había creado.       
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