Capítulo 3: Me amaste tan mal.
Margaret Kane
Corté un trozo de salmón.
— ¿Así como así? Ese idiota…
—No quise explayarme por llamada, pero sabes, tampoco lo vale tanto. —Le dije, llevándome el tenedor a la boca.
A Ryan casi se le salen los ojos. — Se atrevió a burlarte, ¿Y lo dejaras así?
Me encogí de hombros. —Estoy muy cansada como para hacer algo.
Se inclinó contra la mesa. —Lo hare por ti. Dímelo, y lo hago. —Alzó con entusiasmo.
—Aprecio tu gesto hermanito, pero no es bueno correr tras casos perdidos. Los Kane no perdemos tiempo, es…
—Lo más valioso que tenemos. —Finalizo desinflándose como un globo. Regresó a su postura recta, y asentí.
—Tú lo entiendes, y yo lo hago también.
—Pero aun así…
Descansé mi mano sobre la suya, e incliné mi cabeza con una sonrisa. —Mi familia y la empresa es todo lo que me importa ahora. Por eso vine, para no pensarle.
Ryan suspiró, y me dio un apretón cariñoso. —Lo entiendo, pero para que sepas, si llega a pisar el país le arruinare la vida.
—Sé que no puedo cambiar tu sed de venganza, así que, si pasa, hazlo. Pero mientras que se divierta en Londres, mientras nosotros nos acomodamos.
— ¿Has pensado en mi propuesta? —Sus ojos grises apaciguaron sus mares, y se volvió ansioso, como corrientes inquietas.
—Sí, y creo que es muy pronto estar tan arriba. Me sentiría mejor con el resto sabes, creo que el contacto social me vendría bien. —Le dije, acercando la copa de vino blanco a mis labios.
— ¿Hablas del sector exterior? —Estaba sorprendido, pero no lo deseaba de otra manera.
Incluirme en el verdadero mundo del negocio, siendo que apenas me desprendía de la tranquilidad de una galería, sería demasiado precipitado para mí.
—Sé que te has retirado de zona, y has encomendado a Tyler, pero considero que es más apropiado actuar en público.
Ryan dejo los tenedores a los costados del plato, mirándome con atención a cada reacción mía. Tal como yo lo hacía, cuando quería averiguar del otro, lo que las palabras no expresaban.
— ¿Y sabes lo que significa no? No te presentaras con tu identidad.
—Estoy muy segura Ryan, créeme, lo he reflexionado mucho.
Hubo un breve momento de encuentro de miradas. Él estaba inseguro, yo no me saldría del plan, él pensaba que le mentía y buscaba hacerme cambiar de parecer, pero mi postura se reafirmaba, y termine por ganar.
Mi hermano suspiró con resignación. —Creí que te tendría a mi lado.
—Lo harás tonto. Solo que con una nueva cara. —Trate de consolarlo. —No le des tantas vueltas, y cuando menos te lo hayas imaginado, estaré liderando tu equipo. “
Su semblante se relajó, y volvió su deslumbrante sonrisa. —Niña lista.
Le guiñé un ojo. —La más inteligente cariño.
El almuerzo transcurrió sin más.
Al volver, Ryan me dejo en mi nuevo departamento. Era un sitio minimalista, muy pulcro y frio. No me hallaba, pues si lo comparaba con el furor creativo, desordenado, y agradable de mi hogar en Londres, era para cerrar la puerta e huir. Sin embargo, había dado demasiadas vueltas, cambie las cosas de lugar, y ahora estaba aquí. Extrañaba el pasado, más eran solo recuerdos. No quería mentirme, pero esconderme y meterme dentro era más fácil que enfrentar el dolor de la perdida.
Mi teléfono sonó a la vez que un suspiro brotaba de mis labios. Atendí antes que nada, sin escusas ni esperas. Seguramente eran mis padres, habían prometido llamar. Sin embargo, quede ahí, helada en medio del limpio y espacioso living, con el corazón latiendo a mil por hora y el sonido de un pitido incesante al fondo de mis oídos.
La pantalla marcaba el número sin guardar de Matthew.
“No atiendas.” Me dije. “No atiendas.”
Y atendí.
— ¿Hola?
Su respiración me erizo la piel. — ¿Margot?
— ¿Por qué llamaste?
Solo tuve silencio.
—Te has ido…
Quise reírme, lo juro, pero solo salieron lágrimas. Intente convencerme de que eran por lo gracioso y absurdo que era todo esto, y me aferre con garras a eso.
— ¿Pensaste que me quedaría? —Inquirí, comenzando a dar pasos hacia el ventanal de la sala, que ocupaba toda la pared. —Matt, tu… ¿Si entiendes lo que has hecho?
—Fue un error cariño.
—No, cariño nada, me engañaste. —La voz se me entrecorto, tuve que tragar muy duro para comer el nudo de emociones que se enmarañaba. —Confié en ti, te amé por seis años y tú, tu solo lo despreciaste. ¡Y en el peor momento cabe destacar!
—Estaba confundido, la boca, los preparativos, fue muy abrumador. Tome una mala decisión, lo sé, pero no era yo.
—Vete al mismísimo carajo. —Espeté. — Perdí mi jodido tiempo contigo y aun así esto me duele como un infierno. No esperes que vuelva, no esperes nada de mí, todo te lo has quedado tú, me has dejado sin nada…
—Margaret…
—Te di mi corazón maldito imbécil. ¿Dónde lo tienes ahora? Porque no está conmigo. —El velo cayo, y pude entender que no lloraba de la risa. —Y ni siquiera puedo odiarte, solo odio lo que me hiciste y me culpo por ser tan tonta de habértelo permitido. Fui una ilusa contigo, me amaste tan mal… pero te amaba tan bien. Lo siento, de verdad lo siento.
— ¿Es todo? —No oía gota de remordimiento.
“¿Lo es?”
Colgué la llamada.
— ¡Maldición! —Grité.
Tenía veinte cuando le conocí. Llevaba dos años viviendo sola en Londres, y en ese momento, fue como aprender algo nuevo. Conocerlo fue admirar el paraíso. Quien diría que ahora sería mi averno.
Y ahora volvía, me llamaba como una oveja inocente preguntando por mí. Estaba furiosa, ¿Qué pretendía conmigo? ¿Le divertía? ¿Qué pasaba por su mente?
“No debiste atenderle”
Me deje caer en el sofá gris. Comencé a temblar, mis manos buscaban refugio y las lágrimas solo caían.
— ¿Matt?
Mi prometido se separó de la mujer de vestido n***o. La que conocía por ser una de mis visitantes recurrentes a las exposiciones de la galería. Su nombre era Diane Bristol, una mujer un año mayor que yo, muy bonita y codiciada. Aunque, viéndola con el brasier expuesto en la cama de mi prometido, mirándome como si yo fuera el chiste más gracioso, fue un golpe bajo.
Le había hablado con entusiasmo de mi boda con Matthew. ¿Cuántas veces se había burlado de mí?
— ¿Qué haces aquí? —Me preguntó, cuando retrocedí ahogada de la decepción que me poseía.
No podía ni gritarle, ni siquiera reclamarle. Durante semanas estuve tragándome su distancia, su indiferencia, y su ausencia. Podríamos decir, que lo sabía.
Y si no era sorpresa, no había escándalos por armar.
—Terminamos. —Le dije, tragándome la agonía y el llanto. Me mantuve firme como una roca, absorbiendo hasta la última gota de aliento. —Gracias por hacer esto tan claro.
Sus ojos marrones me miraron inexpresivos, como lo hacían desde hace tiempo. Tan solo me marche, no pude ni sentirme como la segunda, y me desmotive hasta creer que yo era la amante. Seis años no valían nada, si tiraba todo por la borda solo por las piernas de una bella mujer.
Volviendo a donde mis pies pisaban, era una verdadera tonta. ¿Irme sin más? ¿Qué tan agotada estaba? Solo recuerdo desprenderme a cada paso que me alejaba de su departamento, y derrumbarme al salir del edificio.
Salí en las noticias. Todos admiraron mi rostro desencajado de mocos y humillación. Y el mensaje voló hasta mi familia. “Margaret Kane, hija del empresario Steve Kane sale llorando de la casa de su prometido, el modelo Matthew Gardner”
Caía en cuenta, ahora que reposaba sin mover un musculo del sofá, admirando la vista del atardecer, que el idiota ni siquiera había tomado en cuenta mis palabras. “Terminamos” Fui precisa y clara, pero el aun así había insistido en contactarse y preguntar. Como si esto fuera un enojo pasajero, como si su acción fuera merecedora de una decisión diferente de mi parte.
—Bienvenida a Nueva York. —Murmuré al silencio.
Parecía que los aires me hacían descubrir nuevas cosas.
Tras unos minutos tuve que levantarme, no soportaba, o más bien rechazaba, la energía de mi departamento. Y como mis padres no habían llamado, creo que una cena como motivo de reunión y de distracción, no me vendría mal. Marqué el número de mi madre, y busqué en todos lados las maletas de la ropa que pretendía vestir.
— ¡Cariño! ¿Cómo estás? Estaba por llamarte.
Encontré la maleta al lado de la cama, y me incliné para darle vuelta y abrirla. —Hola mamá. Estaba pensando en ustedes, y me pareció que una cena sería más apropiada que una llamada. ¿Qué te parece?
Extendí un vestido azul sobre la cama de edredón gris.
— ¡Nos encantaría! Tenemos un lugar perfecto para cenar, le diré a tu padre que prepare todo.
Sonreí. —Bueno, entonces les avisare cuando esté lista, y pediré un taxi a la dirección que me envíes.
—Nos vemos cariño. —Su voz entusiasmada acogió un sentimiento cálido.
—En un rato.
Deje el teléfono sobre la cama.
Estaba resignada, ¿Si entienden sobre esa sensación de vivir en automático?
Desde el baño, hasta vestirme, del maquillaje a la salida, todo fue en cámara lenta, nacido de un brote de respiro nostálgico, con la presión en el pecho que me seducía a volver y esconderme bajo las nuevas frazadas de mi cama.
Sentia esa horrible presion en el pecho. ¿Que pasaba si esto finalmente se llevaba conmigo lo ultimo que me quedaba?