La flor marchita

2612 Palabras
Capitulo 2: La flor marchita          Margaret Kane     Hay cosas que no se olvidan. Cimientos que te definen para toda tu vida. Aprendí dos cosas ese día, que amo el arte y que odio no recordar las cosas importantes.     2003    —¿Te gustaría dibujar algo para mi Margot?   Vi en sus manos, una libreta y unos colores. Ella me sonreía, parecía ser mi amiga, pero... el carnet en su camisa me decía lo contrario. Me estaba ayudando, eso decían mis padres, pero siempre quería que hablara...sobre esa noche.   —No...  Anna era su nombre. Se reclinó contra el sillón y me espero.   —Te lo regalo. Puedes hacer lo que quieras, no hace falta que me lo muestres. Sera tu secreto, ¿Te parece?   Relamí mis labios agrietados y asentí. Temblorosa extendí los brazos y recibí la libreta. La miré a los ojos luego, tratando de decidir si me decía la verdad o no. Pero como siempre me encontré con esa extraña sonrisa, que nunca sabía si era real o la regla de su trabajo.   Por la tarde mis padres me llevaban al parque. Ryan se quedaba en la casa de sus amigos y mamá lo dejaba porque no quería que no tuviera amigos. Nos habíamos mudado a mitad de año por algo de tranquilidad, y una semana después nos habíamos ido de esa victoriana mansión para terminar en un departamento moderno en el centro de Nueva York. Ryan era muy sociable, no tardo en hacer amigos.   —¿Puedo ir a jugar en el tobogán?   —Ve, te esperaremos aquí. —Dijo mi padre acariciando mi largo cabello.   Corrí al tobogán con la libreta en las manos. Estando en la cima, con el sol naranja alumbrando, abrí la libreta y tracé la primera línea. Sonreí, me gustaba la sensación de dibujar, pero cuando terminé, vi al hombre que había molestado a nuestra ex mucama, Liv.   —Su culpa...—Me sentí muy enojada, empecé a rayar toda la hoja, a moverme bruscamente y a apretar los dientes. —¡Fue su culpa!   —¿¡Mar?!   Empecé a llorar. No recordaba al hombre, no podía ayudar a Liv. Solo vi su espalda, y luego, al subir a la habitación de Liv, su cuerpo colgando. No entendía porque, pero el habló con ella, la hizo enojar, y ahora...  —¡Esta muerta! ¡Muerta!     2021    La belleza de una flor cortada no perdura. Es preciosa cuando la tienes entre tus manos, la resguardas pensando que sobrevivirá hasta complacerte, hasta que te olvides de ella, o la regalas, y la persona hace lo mismo. De cualquier forma, que la tengas, cual sea el propósito, el final es irremediable; muere.  Es hermosa, joven y soñadora. Vive con los suyos, es feliz, añora el sol, y desea la lluvia. Que egoísta somos a veces, ¿No? Arrebatamos la felicidad del otro por complacer la nuestra. Cortamos flores, recolectando gotas de alegría, y poco importa que suceda con ellas luego.  Y mueren solas, tristes, irreconocibles. Marchitas.  Eso fue lo que Matthew hizo conmigo. Me cortó como una flor, me vio bonita y deseable, feliz y joven. Me olvido cuando se cansó de verme en un jarrón en la mesa, y deseo otra flor, que reemplazo en mi lugar, cuando estaba demasiado marchita.  Se me caían los pétalos, estaba arrugada y opaca, sensible al viento, al roce, al sol, a la vida. ¿Qué quedo después de mí?  Nada…  Por eso me regresaba de Londres a los Estados Unidos, donde había nacido. Anhelando una última oportunidad. Hacerme cargo de la empresa familiar nunca había sido parte de mis sueños. Estudie Artes por sobre la carrera de administración de empresas. Mi padre decía que algún día lo necesitaría, y obviando la falta de confianza que tuvo desde que le dije que no me haría cargo del negocio, veo que tiene razón.  Soy la dueña de una galería de arte en Londres, llamada “Sweet way”. Un gran sector exponía mis pinturas, y era feliz con ello.  Pero luego de la ruptura de mi compromiso, solo dibujaba flores marchitas. Nada era suficiente, nada me motivaba, y tuve que cederle la galería a mi confidente de confianza, Sara Smith. Era temporal, pero necesitaba trabajo, y algo de consuelo, así que abandonando el lugar donde creí ser feliz para siempre, armé las maletas y le avisé a mi familia que dejaría Londres por un tiempo.  Solo venia en festividades, y era extraño estar en el aeropuerto con tanta carga.  —Señorita Kane.  Giré la cabeza al llamado de una voz varonil.  — ¿Sí? —Respondí.  El hombre dio un paso al frente, y luego retrocedió, como si dudara de sí mismo, o quizás de mi reacción. No lo conocía, pero el sí sabía mi nombre, y había retrocedido. No era ninguna acción pasajera, era conocedor de la desconfianza natural de la familia Kane, y por eso su vacilación. Yo no rechiste ni actué, solo lo observe. No tenía el tiempo, pero osaba de hacerme de uno. Recorrí con precisión las facciones de su rostro: El cabello castaño claro, acomodado y con un ligero levante en la parte del frente, la V pronunciada y delicada de su mandíbula, los ojos neutros y verdes como los de un gato, las cejas prolijas que acentuaban su mirada, la fina línea de su nariz, su barba corta y castaña que nacía perfecta, y la simetría de sus labios, que, entre todos sus rasgos, era la más suave. Su porte era recto y elegante, más intimidante que de príncipe, era alto, quizás demasiado, y por la manera en la que se presentaba ante mí. Era un guardaespaldas.  — ¿Y usted es? —Le pregunté.  —Me llamo Tom Holmes, soy el guardaespaldas del señor Kane. Fui enviado a acompañarla al departamento donde se hospedará.  Asentí. —Dime señorita Margaret. —Saqué los anteojos de mi bolso, y los abrí. —Esto es todo lo que llevó. —Le dije, dándole un vistazo a todas las maletas que había dejado.  Estaban todas apiladas en el carro portamaletas. Tom Holmes asintió, y sin decir nada más, camino hacia el carro, y volvió a mirarme.  —Sígame.  —Claro, tú guías. —Le cedí el paso.  El señor Kane, era mi hermano, Ryan Kane. Pasaba los treinta, pero no era mayor de treinta y cinco. Lideraba en el puesto más alto de la empresa, herencia de mis padres, que construyeron juntos en su juventud. La fachada era la imagen de una compañía de tecnología inclinada a la limpieza, y prometía comodidad y efectividad a todos sus clientes. No muchos tenían el tiempo de limpiar su hogar, y es así donde nuestras tecnologías entraban a la acción.  Claro, así se manejaba por fuera.  Pero por dentro, el asunto era muy distinto.  — ¿Señorita Margaret? —La voz del guardaespaldas nuevamente volvió a despertarme. Esta vez, él estaba junto a la puerta del coche.  ¿Cómo había caminado hasta ahí sin ser consciente? No lo sé. ¿Cómo Tom Holmes había hecho tan rápido para meter todas las maletas a la cajuela? Tampoco lo sé.  Pero últimamente no entendía muchas cosas, me ausentaba en mí misma bastante, y no lograba cautivar sabias respuestas. Así que ahorraba molestarme en esos breves episodios de perdida y regresaba como si todo estuviera normal.  —Lo siento. Gracias. —Le respondí, y pasé la primera pierna al asiento, luego la segunda, y al tercer paso, Tom Holmes cerró la puerta con suavidad.  El hombre trajeado rodeó el vehículo, entró, se acomodó el saco, y colocó correctamente el espejo retrovisor.  No había nada normal, que pudiera reconocer. Mi perdida de motivación no era normal, alejarme de Londres por un repentino y profundo rechazo no era normal, y abandonar mi sueño por un hombre, tampoco era normal.  Pero maldición. Iba a casarme con el… Lo amaba.  Lo amo.  Un suspiro se escapó de mis labios rojos.  — ¿Le gustaría algo de música?  Nuevamente mis ojos viajaron hacia él. Tom Holmes era tan silencioso y ligero que apenas lo sentía a mí alrededor. Me estaba observando por el espejo retrovisor, clavando sus fieros ojos verdes, que se percibían a mi parecer, fríos y suaves. ¿Cómo era posible? Vuelvo a repetir, no lo sé. Pero era una cualidad sin duda interesante.  Me calificaba como una mujer observadora, no había detalle que no captara. —Claro, lo dejo a su elección.  — ¿Le parece Anson Seabra? —Despegó su mirada del espejo.  —No he escuchado de él. ¿Es bueno? —Me reacomode en el asiento.  Lo vi asentir. —Creo que va con el ambiente. La lluvia siempre viene acompañada de una melodía tranquila.  Desvié la atención a la ventanilla, las gotas pintadas se resbalaban.  —Tienes razón.  Una sinfonía relajante y nostálgica comenzó a sonar. Miré la pantalla del reproductor musical. That's Us, era el nombre de la canción.  La letra era, era de esas que escuchas y quieres arrancar. O quizás, quedarte.  No diría que me definía, pero se asemejaba al sentimiento.  Tampoco expresaría que no era seguridad lo que sentía al lado de Mathew. Estaba confiada en que las cosas funcionarían, en primer lugar, porque no dude de sus intenciones. Caí como tonta tal vez, pero estos seis años juntos fueron un sueño. Nunca imagine que cambiaría todo al comenzar el año. El solo… empezó a volverse distante, y semanas más tarde, a relucir mis errores.  De pronto me sentí como si me repugnara, como si mi presencia fuera suficiente para rezongar y hacerme a un lado como un objeto roto. Dolió de mil formas saber que ya no era la mujer que él deseaba, y de pronto fui solo yo la que dijo te amo.  “Estúpida”  Estaba enloqueciendo. Años de amor a la basura. ¿Acaso no era suficiente? ¿No fui suficiente? Esas preguntas no me dejaban dormir. ¿Por qué no fue capaz de decírmelo antes de comprometernos? ¡Fue el quien me lo propuso!  —Maldito idiota. —Proliferé entre dientes, arrugando la tela de mi falda negra.  Quede como una idiota, y ni siquiera podía odiarlo como se merecía. La frustración y la angustia se acumularon en un nudo en la garganta, que trate de tragar. Solté la prenda, y mordí mis labios para evitar llorar.  “No, no, no. Detenlo” Me decía a mí misma.  Tuve que apegarme al ventanal izquierdo para evitar ser atrapada por el espejo retrovisor, en caso de que el hombre levante la mirada. Estaba avergonzada, me sentía miserable.  ¿Cuándo fue que paso todo esto? Creía ilusamente haber construido un amor en cimientos firmes. Sin embargo, ahora se deshacían de mis dedos como papel al agua. Y mientras yo me desquitaba en lágrimas al otro lado del atlántico, mi ex prometido andaba de fiesta con esa mujer.  Supongo que pasé largos minutos del viaje pensando en eso, hasta que mi mente se desconectó, y solo vi el exterior avanzar a velocidad, sin nada en la mente.  Fue cuando vi el edificio de la compañía alzarse, que mis ojos fueron cautivados.  — ¿No íbamos a mi departamento? —Le pregunté al guardaespaldas, alejándome de la ventanilla.  —Me llamó el señor Kane, dijo que deseaba almorzar con usted. No se preocupe por sus cosas, me encargare yo mismo de que llegue todo a su nuevo hogar.  ¿Cuándo fue que lo llamó? —Ah, está bien. —Contesté con una pequeña sonrisa nerviosa.  El vehículo dobló a la zona de aparcamiento, frente al edificio de seis pisos, vidriado de espejos.  —Tenga. —Me dijo cuándo se detuvo. Vi el paquete de pañuelos descartables entre sus dedos, y parpadeé varias veces. Lo acepte con pena, musitando un despacio “gracias” —Asegúrese de limpiar bien por debajo del ojo derecho.  —Claro. —Respondí con apuro, tratando de no ser brusca. Tom Holmes continúo mirándome por el espejo retrovisor, tal vez asegurándose de que lo estaba haciendo bien. —Gracias.  Asintió como respuesta, y salió del coche. Hice un bollo el pañuelo, y lo guardé en el bolso. La puerta se abrió, y con cuidado me baje.  — ¿Cómo puedo llamarte? —Le pregunté cuando cerró la puerta.  Ya que era cercano a mi hermano, tenía que saber cómo dirigirme.  Una vez estuvo a la par mío, lo sentí realmente alto. Agachó el mentón para mirarme y pensó.  —Tom. —Dijo al final.  Extendí una débil sonrisa. —Está bien, Tom.  Poseía una energía tranquila, era conciso y por los pañuelos, también detallista. Comprendía ahora porque mi hermano lo había elegido. Él era muy pretencioso, no confiaba en nadie que no fuera el mismo.  Y sus pocos allegados claro.  — ¡Margot! —Y mencionando al rey de los desconfiados.  —Ryan.  Sus largas piernas esbeltas llegaron rápidamente hacia mí, y enredándome entre sus brazos, me atrajo a su pecho.  —Ha pasado tanto tiempo.  —Lose, y me tendrás para rato. ¿Estás preparado? —Nos separamos.  Una sonrisa blanca y alineada se hizo presente. —Por supuesto. Tal y como éramos niños, yo al frente y tu revoloteando con disfraces de hadas.  Me reí. Era la primera risa en mucho tiempo, y la acabe con melancolía. — ¿Estás seguro? Quizás hasta pueda apoderarme de la empresa.  Comenzamos a caminar uno al otro. —No lo creo. Este no es tu mundo.  —Lastimosamente tendrá que serlo. —Hice un puchero de burla.  —Los hermanos Kane juntos de nuevo. Que peligro a la sociedad. —Se rio.  —Ni lo digas, porque…  — ¡Cuidado! ——Retumbó el grito de una mujer.  Sentí una ráfaga de aire cruzar por mi lado. Unas manos me detuvieron, y vi una sombra alzarse frente a mis ojos.  — ¡Lo siento! ¡De verdad, como lo lamento! —Escuché que dijo la misma mujer.  Mi hermano me soltó, y la sombra enfrente se corrió. Abrí los ojos del asombro cuando vi la camisa y el saco de Tom mojado de café. Su rostro permanecía inmóvil, mientras que el café estaba hirviendo sobre su ropa.  — ¿Estás bien? —Sin pensarlo mis manos trataron de tocarlo. Me alejé al segundo, y busqué en mi bolso los pañuelos. Saqué todos de la envoltura, y traté de extenderlos.  —No se preocupe, me cambiare. —Me dijo. ¿Cómo es que sonaba tan sereno? Yo estaba en pánico de solo imaginar el ardor que debía sentir.  —Tienes que tener cuidado con esto. Puedes lastimar a alguien. Y lo has hecho. —La regañó mi hermano.  Ella, rubia y acelerada, trato de apartarme los pañuelos de las manos y le clavé la mirada con molestia, porque terminaron todos en el suelo, menos uno que ella tenía.  —Mierda. —Masculló.  Tom le saco el pañuelo de la mano suavemente, y vi cómo se pasaba el miserable y delgado papel por el torso.  —Tranquilos. No duele. El saco es grueso. —Y entonces, estiró una sonrisa, que opaco toda la neutralidad inhumana de su rostro.  Exhalé.  Ryan se rio. —Ve a mi oficina, puedes tomar algo de ahí.  —Gracias señor Kane.  Y con toda sutileza, moviéndose como un elfo, desapareció por las puertas.  — ¿Contrataste un robot?  —No. El solo es muy serio. —Puso sus manos en mis hombros y me dio un ligero apretón. — ¿Vamos a almorzar? Muero de hambre, y reserve un lugar especial.  No me quedo de otra que relajarme. —Ojalá y sea bueno.  —El mejor de los mejores.        
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