Capítulo 6

1223 Palabras
ITZEL Ja, ja, ja. Me imagino la cara del señor Lombardía al ver que no regresé nunca más al baño y que lo dejé pasando frío un largo rato. Ja, ja, ja. Se lo merecía por arruinar mis ganas de más. Yo, feliz, hubiera seguido jugando con él toda la noche, pero no, el señor no podía seguir mis órdenes un momento más. ¿Es tan difícil que me obedezca por un par de horas? No es nada complicado, pienso yo, pero ya ni modo, se terminó la noche. En cuanto llego a mi departamento, llamo a un amigo en el club. Le digo que espere un par de horas más antes de soltarlo y dejarlo ir. Sé que pasará frío, pero ese es su castigo por desobediente. Con los sumisos con los que suelo jugar, los castigos hubieran sido otros, como pasar la noche atado a la cruz de San Andrés, arrodillarse sobre una superficie dura toda la noche, dormir en el suelo, quedarse parado en una esquina reflexionando sobre lo que hizo mal, arrodillarse sobre arroz crudo, restricciones alimentarias, duchas frías o confinamiento. En fin, muchos otros castigos que los hagan sentir súper mal y los obliguen a reflexionar sobre su falta. Por supuesto, el señor Lombardía no es como los demás sumisos con los que he estado. Aún tengo que doblegarlo, y lo haré. Aunque me tome algo de tiempo, lo lograré. En mi departamento, tomé otra ducha, pero esta sí fue más relajante. Después de un largo rato, camino a mi cocina, me preparo un emparedado de pollo y me sirvo un vaso de jugo de naranja. Después de comer, limpio todo y me dirijo a mi habitación a descansar. Por supuesto, antes le escribo a mi amigo para recordarle que no olvide dejar salir al señor Lombardía. Me quedé dormida muy rápido. Dormí toda la noche mejor que un bebé, porque los bebés siempre se levantan por alguna razón, y yo dormí hasta la mañana siguiente. Despierto con una gran sonrisa en el rostro. Aunque no pude jugar como quería con el señor Lombardía, sí disfruté ese primer encuentro con él. Por más que intentara llevar el ritmo, yo siempre volvía a retomarlo. Es una guerra entre los dos, de la cual estoy segura de que seré la ganadora, pues antes muerta que sumisa. Me sentía tan bien que decidí que, antes de ir a mi consultorio a buscar unos papeles que necesito, pasaría por la peluquería para que cortaran solo las puntas de mi ondulada cabellera y aplicaran un tratamiento que la dejara radiante. En la peluquería, pedí lo de siempre. Ya soy clienta frecuente y saben cómo tratar mi cabello y cómo me gusta tenerlo. Tuve una mañana relajante. Aunque salí un poco tarde, alcancé a llegar a mi consultorio a la hora de la comida. En cuanto llego, descubro que Taylandia no está en su lugar. Supongo que tuvo una buena noche, pues ayer también asistió al Abismo, pero ella estaba siendo dominada por su amo mientras yo tenía mi lucha con el señor Lombardía. Sin darle mucha importancia a la ausencia de Taylandia, camino a mi oficina y, en cuanto entro, sé que estoy en grandes problemas. Pero si algo no soy, es cobarde, y si quiere guerra, la tendrá. —¿Cómo entró aquí, señor Lombardía? —indago al ver al hombre sentado en mi silla. —Usted y yo tenemos algo pendiente, doctora León —responde con una gran sonrisa el señor Lombardía, y antes de que pueda reaccionar, alguien cierra la puerta desde afuera. Definitivamente, asesinaré a Taylandia. ¿En dónde demonios se mete cuando más la necesito? Creo que debo contratar a otra secretaria. —No creo tener nada pendiente con usted, señor Lombardía. En mi agenda no hay ningún evento marcado con su nombre —respondo algo nerviosa. Estoy acorralada, pero no se la pondré tan fácil. Aunque me hubiera gustado ser yo quien le hiciera una encerrona a él, tampoco me voy a dejar intimidar por él. —Te mostraré lo que tenemos pendiente —Bryan se acerca rápidamente a mí, y aunque trato de mantenerlo lejos, no lo consigo. Me toma de las manos y, en una, coloca una de las extremidades de las esposas. Antes de que pueda atrapar mi otra mano, yo misma coloco la otra en su muñeca, y ahora estamos atados el uno al otro. —¿Dónde dejó las llaves, señor Lombardía? —pregunto mientras lo reto con la mirada, y él sonríe. —Las llaves no están en este consultorio, pero no las necesitaré. Bryan me atrae hacia él y me besa. Dios, qué beso. Este hombre sí que sabe lo que hace. Disfruto de ese beso hasta que el muy astuto saca otras esposas de su bolsillo. Esta vez, sí logra colocarlas en mi otra mano y sujeta el extremo restante a uno de los muebles. —¿Qué vas a hacer? —pregunto, mientras él, con una gran sonrisa, levanta mi falda. —Nada, simplemente darte lo que te mereces. El muy aprovechado quita mi ropa interior con una sola mano para luego introducirse entre mis piernas. Su lengua hace magia en cualquier lugar. Con tan solo unos movimientos, ya me tiene loca, gritando de placer. Mientras más juega con su lengua en mi zona más íntima, más me pierdo. Me encanta lo que está haciendo, aunque no tanto estar esposada. Cuando estoy a punto de alcanzar un maravilloso orgasmo, él se detiene. En su sonrisa puedo ver que esto es su venganza. —No te atrevas —lo amenazo con la mirada. Él me muestra las llaves de las esposas. Este imbécil me va a dejar así. —Aunque me hubiera encantado disfrutar de tus jugos, tengo que darte una lección por lo que me hiciste anoche. Lo siento, doctora León, no puedo evitarlo. El muy imbécil abre sus esposas y asegura mi otra mano al mueble. —Si haces esto, te vas a arrepentir, Bryan Lombardía, así que ni se te ocurra largarte —lo amenazo, y él solo sonríe. —Lo siento, doctora León, me voy... y esto se viene conmigo. El bastardo toma mi tanga, la huele y luego la guarda en su bolsillo. —¡Bryan! —le grito con todas mis fuerzas, pero el imbécil se larga. ¿Dónde demonios está Taylandia cuando la necesito? Esta me la paga, Bryan Lombardía. Si cree que va a poder conmigo, está muy equivocado. Voy a hacer que pague por esto. --- Definición El sentido del castigo siempre es corregir una conducta previamente establecida, una ofensa o algún tipo de falta, como no asumir una orden dada o tomarse libertades que no le corresponden. Cualquier cosa que desagrade a la Ama puede ser motivo de castigo. Formas de castigo Un Dominante puede castigar de diversas maneras: aislamiento, asignación de ensayos o escritura de líneas, hacer que el sumiso se arrodille sobre hielo o arroz, controlar su alimentación, decidir dónde duerme, dónde se sienta o imponer restricciones de habla. Existen muchas más formas de castigo, pero estas son las más utilizadas. En cuanto a los azotes, muchos sumisos son masoquistas y los ven no como una forma de castigo, sino como una recompensa. Por lo tanto, algunos seguirán actuando de cierta manera solo para recibir más azotes.
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