Capítulo 7

1300 Palabras
★ Bryan Lombardía Pasé horas temblando de frío hasta que uno de los empleados del club El Abismo, que estaba por ir a limpiar ese baño, me encontró y, por supuesto, me ayudó a zafarme. Juro que la doctora me las va a pagar. Fue lo único que dije cuando logré encontrar mi ropa, vestirme y salir de aquel lugar. No puedo creer lo que ella me hizo. Cuando llegué a mi departamento, no cabía de la rabia. No podía creer lo que Itzel me había hecho. Me serví un trago y lo tomé de un solo golpe. Estaba demasiado furioso con esa mujer, pero esto no se quedaría así. Tomé mi celular e hice algunas llamadas. Sabía que la secretaria de Itzel estaba en el club también, así que envié a alguien a distraerla para que pudiera quitarle las llaves de la oficina de la doctora León. Una vez que recibí la confirmación de que tenían la llave, pude ir a descansar un poco. Solo un poco, porque debía madrugar y ser el primero en llegar a la oficina de mi querida psicóloga. Lo que le hice a Itzel no se compara con lo que ella me hizo a mí, pero algo es algo. Debía comenzar a jugar con ella. Así que quitarle su ropa interior y jugar con su jugosa intimidad, para luego detenerme y dejarla ahí con ganas de más, esposada, tal y como ella me dejó a mí, fue lo mejor. Aunque, claro, yo sí quería probar esos deliciosos jugos, pero eso hubiera sido premiarla por lo que me hizo, y ella no se merece ningún premio. Solo castigos de mi parte. Itzel debe agradecer que la dejé de esa forma en su oficina y no en un lugar donde transiten más personas, como ella me dejó a mí en aquel club. Si por mí fuera, hubiera castigado a la doctora León por mucho más rato, para disfrutar yo, pero me avisaron que su secretaria ya había llegado al edificio, así que fue mejor irme a trabajar feliz porque me pude desquitar de mi querida psicóloga, en lugar de quedarme y que su secretaria la suelte y me asesine por haberla castigado. —Buenos días, Jonathan —saludé a mi hermano en cuanto llegué a la empresa. —¿Y esa sonrisa? —indagó Jonathan, y yo simplemente le resté importancia. —Nada, es solo que la vida es bella, hermano, y hay que disfrutarla. Seguí caminando hasta mi oficina y dejé a mi querido hermano muy desconcertado. En mi oficina trabajé por muchas horas, feliz aunque un poco cansado porque no dormí bien la noche anterior. De vez en cuando, sacaba de mi bolsillo la ropa interior de esa mujer que me tiene loco y la olía, recordando la travesura con la que inicié el día. Jajaja, me la imagino enojada cuando su secretaria llegue, y me da un ataque de risa. Tengo que tomar a esa fiera como es debido, ella será mi sumisa, como sea. La tendré de rodillas ante mí. —Señor… —mis pensamientos fueron interrumpidos por mi secretaria, quien hablaba a través del intercomunicador. —¿Qué pasa? —verifiqué la hora en mi reloj. Mi secretaria ya debería haberse ido. —Llamaron los de seguridad. Al parecer, hay un problema con su vehículo en el estacionamiento —responde mi secretaria, y yo inmediatamente me pongo de pie. —Está bien, ya puede irse. Bajaré a revisar lo que pasa —me puse de pie y recogí mis cosas para bajar rápidamente a ver qué ocurría con mi auto. Únicamente esperaba que no fuera nada grave y poder irme a casa tranquilo. No dormí la noche anterior y pretendo hacerlo muy bien en esta. Cuando subí al elevador, vi que mi secretaria se fue justo antes que yo, así que la oficina quedó completamente vacía. Cuando llegué al estacionamiento, no había ningún otro auto más que el mío, y, recostada sobre él, se encontraba nada más y nada menos que Itzel León en persona. —No quiero jugar hoy, pequeña fiera. No he dormido nada. Dejemos nuestra guerra para después —pedí, y ella simplemente me regaló esa sonrisa juguetona suya que tanto me encanta. —Únicamente vine a ofrecerte un trato —Itzel me mostró un sobre que traía en sus manos, lo que despertó mi curiosidad. Pero con esa mujer nunca se sabe qué está tramando. —Bien, te escucharé, pero en el auto —lo que sea que mi doctora favorita trame, es mejor discutirlo en un ambiente controlado. En el auto no tiene mucho espacio y no tendrá muchas opciones para hacerme una trampa, así que por eso le pedí entrar. —Me parece bien, tengo algo de frío —Abrí mi auto y la ayudé a subir en el asiento del copiloto. Luego, subí yo en el del piloto. —¿Qué trato me propones? —interrogué, y ella sonrió aún más. —Entre los dos hay una atracción única. Con tan solo mirarnos, el fuego en nuestro interior se desborda, así que quiero proponerte un contrato de prueba intermedio. Algo nuevo, creado únicamente para los dos —Itzel se muestra segura y feliz, incluso confiable por alguna razón, así que bajo un poco mis defensas. —¿Y cuáles son los términos? —indagué, y ella dejó el sobre de lado para explicarme lo que tramaba con ese dichoso contrato nuevo. —Bueno, verás, en ese contrato ambos jugaremos los dos roles: tanto el de sumiso como el de dominante. Sin embargo, lo haremos de forma equitativa. Haremos un cronograma en el que se establezca cuándo puede mandar cada uno, y será un cronograma que se respetará siempre. Si alguno está indispuesto un día, la fecha se correrá para ambos, de manera que todo sea por partes iguales. Este contrato dura únicamente seis meses. Si en ese tiempo ninguno de los dos cede ante los deseos del otro, el contrato se romperá y no nos volveremos a ver nunca más —explica Itzel lo más relevante, y yo necesito pensarlo. —Déjame el contrato, lo revisaré mientras lo pienso. Ahora estoy muy cansado y estresado —pedí el contrato, e Itzel se acercó a mí de forma coqueta. —Yo te puedo ayudar con el estrés —susurró mientras tomaba el cinturón de mi pantalón y lo soltaba. Luego, lo retiró, desabrochó mi pantalón y, sin dudarlo, metió su mano por debajo de mi bóxer para sacar a mi gran amigo. —¿Qué haces? —pregunté, ya con mi m*****o palpitando en las manos de esa hermosa mujer. —Te ayudo a relajarte —susurró Itzel antes de inclinarse y meter a mi amigo en su boca, provocándome un placer intenso. Verla disfrutar de mí como si fuera el manjar más delicioso me hizo llegar a la cima demasiado rápido. Al terminar, ella se tragó el néctar de mi placer, y cuando intenté tomarla con mis manos y besarla, me di cuenta de que una de ellas estaba esposada al volante. No tenía idea de en qué momento había sucedido. —Tienes que saber que siempre seré yo quien castigue. No me gusta que me castiguen a mí, así que siempre te cobraré lo que me hagas —dijo Itzel mientras se limpiaba los labios con tranquilidad. Quise matarla. —No te atrevas… Ya lo hiciste una vez, Itzel —espeté, pero ella negó con una hermosa sonrisa en el rostro, disfrutando de mi frustración. —Toma el contrato, léelo con detalle y medítalo toda la noche. Nos vemos luego, señor Lombardía —musitó antes de bajarse del auto. Me dejó ahí, completamente solo y lleno de rabia. Por supuesto que esta también me la va a pagar la doctora Itzel León. ★
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