La tengo en mis manos. Disfrutar de su cuerpo será mi perdición, por supuesto, no iba a dejar que ella fuera la primera en tener el control. Ese debía ser yo, y por eso, antes de que ambos pudiéramos recuperarnos, me quité mi corbata y até sus manos. Yo recién comienzo.
—¿Qué vas a hacer? —indaga la doctora León con preocupación.
—Voy a disfrutar de este maravilloso cuerpo, a mi modo. Ya luego te dejaré hacer lo que quieras. Por ahora, el que manda soy yo —la tomé en mis manos y la llevé a su habitación, en donde busqué entre sus cosas y, afortunadamente, ella tiene bastantes juguetes. Así que tomé unas esposas y una fusta de cuero.
—Quiero ver tu hermoso cuerpo marcado por mí —la besé y luego até el nudo de la corbata con las esposas a la cabecera de la cama, así que ella no podía moverse para nada.
Después de dejarla bien atada, decidí que no quería que se moviera para nada, así que até sus piernas con unos pañuelos que encontré entre sus cosas.
—Tu piel me pide que la tome —susurré mientras, con la fusta, recorría cada rincón de su cuerpo, memorizando en mi cabeza su espectacular cuerpo.
—Haz lo que vas a hacer de una buena vez —pide la Dr. León, ansiosa.
—No, mi hermosa doctora, aquí mando yo, no tú. Esta noche se hace lo que yo ordene —ella estaba desesperada, pero yo mando. Ella solo debe limitarse a obedecer.
Después de un rato de retarnos con la mirada, golpeé su pezón derecho con mi fusta y esta soltó un leve quejido. Luego hice lo mismo en su pezón izquierdo y volvió a quejarse.
—El color rojo le sienta bien a tu piel —me acerqué y pasé mi lengua por sus enrojecidos pezones y los disfruté mucho mientras ella se estremece al sentir cómo juego con ellos.
—Veamos qué más tienes entre tus juguetes —me separé de ella y comencé a revisar sus cajones. Esta mujer sí que está lista para jugar en cualquier momento.
Tomé las pinzas para pezones y un vibrador, junto a un lubricante, para disfrutar aún mejor de mi doctora León.
—Será una noche divertida y placentera —le coloqué las pinzas en los pezones a Itzel, quien sigue cada uno de mis movimientos con su mirada.
Con una sonrisa traviesa, tomé el vibrador y lo acerqué al clítoris de mi hermosa sumisa —al menos lo es por esta noche— y comencé a ver cómo se retorcía en la cama. Por supuesto, no se puede mover mucho porque está atada, sin embargo, su cara de enfado cada que está a punto de llegar y yo detengo el vibrador y mis juegos en su clítoris y en su interior es un poema.
—Únicamente te dejaré llegar si me suplicas —comenté ante la cara de rabia y desesperación que tiene mi doctora León.
—Púdrete —escupe Itzel, muy molesta. Sé que ella no quiere ser sumisa, solo planeó este trato porque ella también desea dominarme, y sé que lo que haga esta noche me lo hará pagar luego, pero voy a disfrutar cada segundo en el que ella tenga que someterse a mí.
—Tienes que suplicar, Itzel, o de lo contrario serás castigada. Está estipulado en el contrato —escuché cómo ella maldecía, más para ella que para mí, pero quería escucharla suplicar por mí y porque le permita disfrutar de un gran orgasmo.
Tomé nuevamente la fusta y di un pequeño golpe a su clítoris, provocando sus gemidos. Pero la doctora León es fuerte. Ahora entiendo por qué no es sumisa de nadie, pero la haré doblegar.
Me preparé y coloqué un condón para ser yo quien la haga llegar al clímax, pero antes ella deberá suplicar porque lo haga.
—Pídemelo, Itzel. Solo debes suplicar y lo tendrás —mordí levemente su oreja y bajé por su cuello succionando y dejando pequeñas marcas. Podía sentir cómo ella se estremecía y su respiración pedía a gritos que la liberara de su agonía y la hiciera llegar a la cima de su placer, pero esta se resistía.
—Hazlo ya —la escucho decir, pero no es suficiente para mí. Debe suplicarme que lo haga. Así que, con mis dientes, le arranqué la pinza de sus pezones, ocasionando sus quejidos y que su cuerpo se arqueara por un momento, solo que no pudo llegar porque no seguí besando ese delicioso cuerpo que tiene.
—Por favor —la observo cómo me mira, perdida en el deseo, pero se niega a ceder y suplicarme.
—Di: “Amo, por favor, penétrame” y lo haré —la miré a los ojos, viendo cómo le urgía terminar. Pero ella es fuerte. Sin embargo, cerró sus ojos un momento mientras mis dedos estaban en su interior y no tuvo otra opción más que ceder.
—Amo, por favor, penétrame —dijo la mujer que me trae loco al fin, y por supuesto no me niego a sus súplicas.
Sin más, entré de un solo golpe en ella con mucha fuerza y un desenfreno que no podía controlar. Yo también moría por hacerla mía y verla llegar mientras la penetraba sin piedad. Pero antes debía hacer que ella me suplicara y se diera cuenta quién manda, al menos por esta noche.
—Más fuerte —pide la muy descarada, y de tanta fricción por mis embestidas, los pañuelos se soltaron y sus piernas quedaron libres, así que las tomé y las puse sobre mis hombros. Seguí dándole todo de mí a esa maravillosa mujer que lo recibe gustosa, aunque me reta con la mirada. Terminaré por doblegarla por completo. Yo soy quien manda, no ella, y tarde o temprano se someterá por completo a mis deseos. Haré que baje la mirada delante de mí y me llame “Amo”. Entonces será completamente mía y no podrá escapar de mis deseos.
A Itzel León la convertiré en la mejor sumisa que haya existido. No importa cuánto se resista, ella será mi sumisa y nadie podrá cambiar eso nunca más.
Después de darle con todo lo que tenía, ambos nos liberamos y caí encima de ella, muy sudado y respirando con dificultad.
Después de unos segundos, ella reaccionó algo agresiva y no sé por qué, si lo disfrutamos muchísimo.
—Suéltame y vete. En el contrato no dice que dormiremos juntos —la miré a los ojos, y está evidentemente enojada. Así que la desaté y esta entró al baño. Escuché la ducha y decidí irme, como ella lo pidió. En nuestro siguiente encuentro sabré qué le pasa, porque estoy seguro de que ella se vengará por lo que aquí pasó.