Contenido erótico +18
★ BRYAN
Cuando llegué al club El Abismo, jamás me imaginé que vería a esa hermosa diosa ser dominante, y mucho menos que me costaría tanto verla hacerlo.
Ella sabía claramente lo que hacía. Llevó a ese hombre al límite y, lo más sorprendente, él mantuvo el control y no acabó hasta que ella se lo ordenó.
Cuando esa mujer llegó a la cima del placer, me imaginé que era yo quien la hacía sentir tanto. Estaba tan deseoso de estar entre sus piernas que no dudé en aceptar jugar con ella, aun sabiendo que no es sumisa.
Itzel me lleva de la mano hasta el sofá, donde ella misma me hace sentar. Luego, quita mi corbata junto con mi camisa y la usa para atar mis manos juntas, sujetándolas con unas cadenas detrás de mí para que no pueda moverlas.
—Despacio, Dr. León, es la primera vez que me atan —comenté. Es la primera vez que participo en el papel de sumiso, pero no sé por qué quiero probar lo que sé que me permitirá tenerla a ella.
—No se preocupe, señor Lombardía, no lo trataré mal —responde en mi oído antes de morderlo con suavidad.
Ella baja por todo mi pecho desnudo y lo recorre con su lengua. Con sus dientes, muerde suavemente mis pezones y me observa con una sonrisa traviesa, queriendo descubrir mi reacción.
Yo quiero que me suelte para azotarla, y ella lo nota, porque sonríe. Se nota que hace mucho que nadie la somete, pero yo lo haré pronto. Estoy seguro de ello.
Itzel desabrocha mi cinturón y desabotona mi pantalón para luego quitarlo junto con mi bóxer, dejando a mi amigo libre, quien lleva rato muriéndose por salir.
Mi erección está firme, palpitante, lista para la acción. Ella me mira con malicia y lo toma con fuerza, provocando que me remueva en el sofá. Quiere enloquecerme.
—Señor Lombardía, trate de aguantar lo más posible o este juego se acabará pronto —me advierte Itzel sin soltarme.
—Lo intentaré, pero no prometo nada —respondo, y ella niega con la cabeza.
—Me gusta que me obedezcan, señor Lombardía, así que le colocaré algo que le ayude a hacerlo —sonríe antes de caminar hacia una mesa, donde toma un par de anillos vibradores para el pene. Me los muestra con una sonrisa aún más grande.
—No —niego de inmediato, pero ella solo sonríe más.
—Aquí mando yo, señor Lombardía —afirma con una expresión victoriosa mientras me coloca los anillos. Es la primera vez que los uso. He visto a otras parejas utilizarlos, pero jamás los necesité, porque nunca antes me había contenido.
Ella empieza a estimularme aún más, recorriéndome con su lengua. Siento la presión de los anillos y las ganas de tomar el control.
Itzel se coloca frente a mí y me ofrece sus pechos. Los tomo con ansias, pero ella los aleja por momentos, provocándome. Como quisiera poder soltarme y enseñarle quién manda, pero no falta mucho para lograrlo.
Sigue jugando, mostrándome apenas lo que quiero devorar por completo. Sin saberlo, me está dando el motivo perfecto para seguir aflojando la corbata que me ata.
No me gusta estar inmovilizado, y mientras más me provoca, más cerca estoy de liberarme. Ella sonríe, pero pronto borraré esa sonrisa.
—Suplicame y dejaré que me tomes —susurra en mi oído Itzel.
Yo niego con la cabeza.
Pronto seré yo quien tenga el control.
—Lo siento, doctora, pero no lo haré —logré soltar la corbata, la tomé del cabello y giré, quedando encima de ella. Con una mano, quité los anillos y me apoderé de sus labios sin dejarla hablar.
Sostuve sus manos por encima de su cabeza con una de mis manos, mientras con la otra abrí sus piernas y me introduje sin piedad, arrancando un gemido que me encantó y me encendió, aumentando aún más la velocidad.
—No me gusta contenerme, doctora León —comenté en su oído, y era una lucha entre nuestros cuerpos.
Ambos queríamos ser quienes marcaran el ritmo, pero ninguno cedía. Así como la colocaba debajo de mí para ser yo quien dominara la situación, ella buscaba la manera de terminar arriba, y era una lucha a muerte.
Una lucha entre dos dominantes, que buscan sentir placer como mejor lo conocen, siendo los que mandan, pero chocamos en todo. Sin embargo, la adrenalina que ambos estábamos sintiendo era nueva para los dos, y logramos llegar a la cima del placer.
—Me enoja que me desobedezcan, señor Lombardía. Debería castigarle —comentó Itzel, exhausta por la intensa actividad física que acabamos de tener.
—Pues a mí no me gusta que me digas qué hacer, doctora León. Creo que tenemos un problema —respondí, igual de exhausto que ella.
Ella sonríe y se coloca de pie para caminar hasta el baño con una gran sonrisa en el rostro. Yo no puedo evitar seguirla y entrar con ella.
Bajo el agua, ambos comenzamos a limpiarnos el uno al otro. Yo estaba más que dispuesto a hacer lo mío ahí, pero ella, con su sonrisa malvada, no sé cómo ni cuándo sacó unas esposas. Colocó una en una de mis manos y el otro extremo en un tubo del baño.
—Se quedará aquí con las ganas y con algo de frío por haberme desobedecido, señor Lombardía —ella lanza un beso desde la puerta y se va.
—Itzel, no digas tonterías, ¡Itzel, regresa! —grité, molesto y frustrado. Nunca ninguna mujer me había hecho algo así.
Por más que grité, nadie vino, hasta después de tres horas. Al parecer, todos la conocen y le hicieron el favor de tenerme aquí, con frío y completamente desnudo. Esa chica se ganó un castigo de mi parte, y se lo daré. Que ni crea que esto se va a quedar así.
---
★ DEFINICIÓN
Un anillo para el pene es un juguete s****l que se coloca alrededor del pene, en la base, frente o detrás del escroto, o incluso dos, uno en cada parte.
El uso de este anillo ayuda a aumentar el flujo de sangre en el pene, permitiendo mantener una erección durante más tiempo, prevenir la eyaculación y provocar un estímulo s****l. Los anillos para el pene pueden usarse tanto en la masturbación como en relaciones sexuales para prolongar o mejorar las erecciones, retrasar el orgasmo o para experimentar la sensación de tensión y congestión que produce el uso de uno. Los modelos vibratorios aplican vibración a la base del pene del hombre y a su pareja.