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ITZEL LEÓN
El sonido de mi celular interrumpe el silencio. Una notificación aparece en la pantalla: un nuevo correo. Lo abro con calma, sin apurarme, saboreando la anticipación, y una sonrisa ladeada se forma en mis labios cuando leo la respuesta del señor Lombardía.
📨 Dr. León, estaré encantado de verla esta noche. No me perderé un espectáculo protagonizado por usted. Estoy ansioso por verla.
ATT: Bryan Lombardía
Sonrío, divertida. Él cree que presenciará cómo me dominan, que seré yo quien se someta esta noche. Pobre iluso… No tiene idea de que será todo lo contrario.
De regreso en mi departamento, me tomo mi tiempo para prepararme. La ducha es larga, casi ceremoniosa, cada gota de agua deslizándose por mi piel como un preludio de lo que está por venir. Me aseguro de que cada parte de mi cuerpo esté impecable, lista para lo que sin duda será una noche memorable.
Steven Lancaster será mi sumiso esta noche. Nos conocimos hace dos años en una convención de psicología. A simple vista, cualquiera lo tomaría por un dominante: seguro, carismático, con una presencia que impone. Pero las apariencias engañan. En privado, Steven anhela ser controlado, adora la sumisión, el dolor medido, la obediencia absoluta.
Yo, en cambio, disfruto estar al mando. Me excita la autoridad, el poder de doblegar la voluntad ajena con una sola orden.
Al salir de la ducha, seco mi cabello con paciencia, asegurándome de que mis ondas queden perfectas. Elijo un conjunto ajustado que resalta cada curva de mi cuerpo, provocador sin ser vulgar. Esta noche no solo se trata de placer y control, sino también de presencia.
Finalmente, salgo rumbo a El Abismo, el club donde el señor Lombardía descubrirá quién soy realmente.
Al llegar, me estaciono en mi lugar reservado—un privilegio ganado con el tiempo y la constancia. El guardia de la entrada me saluda con una leve inclinación de cabeza, un gesto que reconozco como respeto. Sin detenerme, me dirijo directamente a la sala privada que he escogido para esta noche. Antes de entrar, dejo una nota en la recepción con el nombre del señor Lombardía. No será difícil identificarlo: en este lugar, todos los nuevos deben presentarse y él será el único extraño.
Al cruzar la puerta, Steven ya me espera. Apenas entro, se arrodilla de inmediato, la cabeza gacha en señal de sumisión. Aquí, no somos colegas ni amigos. Aquí, él es mío.
—Bien, Steven. Vamos a comenzar. Quítate la ropa.
Acabo de recibir el mensaje que confirma la llegada del señor Lombardía. Es momento de darle la bienvenida a mi mundo.
—Como ordene, mi señora.
Su voz es baja, obediente. No se atreve a levantar la mirada, sabe que el castigo sería inmediato. Aquí, soy su dueña, su autoridad absoluta.
La puerta se abre. No me molesto en girarme. Sé que han llegado los espectadores, y entre ellos, el sorprendido señor Lombardía.
Supongo que esperaba verme sometida, obediente, arrodillada ante alguien más.
Qué ingenuo.
Esta noche, descubrirá que en este juego, yo soy quien manda.
Cuando Steven queda completamente desnudo ante todos nosotros, sonrío y me quito el abrigo, dejando al descubierto mi atuendo de cuero n***o, digno de una dominatriz como yo.
Tomo una fusta y me acerco a Steven con una sonrisa maliciosa y juguetona. Esta noche será de pura diversión, al menos para mí.
—Esta noche te ataré e impediré que veas. Voy a provocarte tanto que desearás llegar, pero no lo harás hasta que yo te lo ordene. Si me desobedeces, te castigaré. Pasarás la noche atado en la cruz de San Andrés como castigo —le informo con voz firme.
—Haré lo que mi señora ordene —responde Steven sin atreverse a mirarme a los ojos.
Sonrío. Siempre cumple mis órdenes. Es un buen sumiso, aunque ahora está enamorado y, según he escuchado, va a casarse. Ya no vendrá a estos clubes. Esta será su despedida, su última noche de sumisión. Es una lástima perder a alguien tan obediente.
Me acerco a él y le coloco las esposas de cuero n***o, asegurándolas a la cadena sobre su cabeza. Así, no podrá bajar los brazos bajo ninguna circunstancia.
Con un movimiento sensual, tomo una venda y me acerco aún más. Se la coloco con delicadeza sobre los ojos y, antes de terminar, muerdo su oreja suavemente.
—Recuerda, no debes llegar hasta que yo lo ordene —le susurro, tomando nuevamente la fusta.
Sé que a Steven le gusta ser azotado. Eso lo excita, y sus puntos débiles son sus pezones. Le doy un par de golpes en el trasero con la fusta y disfruto viendo cómo los recibe con placer.
Tomo una copa de la mesa donde están los juguetes que usaré esta noche. Extraigo un hielo con la boca, sintiendo el frío derretirse lentamente en mis labios. Bajo la atenta mirada de todos, incluyendo la del señor Lombardía, me acerco a Steven.
Antes de que el hielo desaparezca por completo, lo paso por su pecho desnudo. Steven se estremece al contacto, especialmente cuando lo deslizo alrededor de sus pezones. No pasa mucho tiempo antes de que su "gran amigo" se levante, ansioso por más. Pero aún no.
Cuando el hielo se derrite por completo, sonrío y tomo unas pinzas para pezones. Aunque suelen usarse en mujeres, eso no me detiene. Me encanta experimentar, y sé que Steven lo disfrutará.
Al colocar las pinzas, él se estremece. Sé que le gusta ese tipo de estímulo. Con la fusta, acaricio su erección, provocándolo aún más, pero sin darle lo que quiere.
Le doy un sutil azote en sus genitales, y él gruñe. Sé que está llegando a su límite, pero se controla bien. Su obediencia y resistencia son envidiables.
—Sé un buen esclavo, Steven, y aguanta un poco más —presiono sus pezones con las pinzas, intensificando la sensación.
Él gruñe más fuerte esta vez. Disfruto cada segundo.
—Recuerda que la que manda soy yo. Voy a soltarte un momento, pero no me tocarás —le recordé mientras mordía su oreja.
—Como ordene, mi señora —respondió Steven con voz ronca y cargada de deseo, pero aún controlado.
Solté sus manos de las cadenas que las mantenían sobre su cabeza y lo llevé a la cama, donde lo hice acostarse. Luego até sus muñecas nuevamente a la cabecera.
El cuerpo de Steven comenzó a temblar. Sé que está muy cerca de perder el control, así que, aunque me divierto mucho con él, como regalo de despedida le daré lo que tanto desea.
Sin embargo, lo que yo quiero está en el público. El señor Lombardía me observa fijamente, y sé que le encantaría participar en este juego. Lo delata la enorme carpa que se forma en sus pantalones por la presión. Quizás lo invite a salir y a jugar después de terminar con Steven.
Después de atarlo en la cama, retiré las pinzas de sus pezones. Él gimió ante la sensación de dolor y placer al regresar el flujo sanguíneo a la zona. No puede verme ni tocarme, lo que intensifica aún más sus sensaciones.
Con mi lengua, recorrí todo su cuerpo mientras él se estremecía, muriendo por alcanzar el clímax. Con una sonrisa juguetona, tomé un preservativo de la mesa, se lo coloqué y luego me deshice de la parte inferior de mi traje.
—Steven, tranquilo, que yo marco el ritmo.
Después de colocarle el preservativo, me subí sobre él y lo tomé dentro de mí, dejándolo entrar poco a poco en la fiesta.
Cuando estuvo completamente dentro, gruñó con placer, pero se contuvo. Sabe que no puede llegar sin mi permiso. Ese nivel de control no lo posee cualquiera.
Comencé a moverme con fuerza mientras Steven gruñía y luchaba por controlarse. Ambos estábamos al límite. Me encantaba verlo sufrir, conteniendo sus instintos. Y lo hacía muy bien.
Cuando yo ya no pude más, por fin le di la orden que tanto anhelaba: el permiso de acompañarme a la cima del placer.
—Hazlo ahora —ordené en medio de mi frenesí.
—Sí, mi señora —respondió con un gruñido de placer, dejándose llevar al mismo tiempo que yo. Ambos lo disfrutamos intensamente.
Con una sonrisa satisfecha, me bajé de encima de él y lo solté. Lo observé por un momento antes de despedirme del mejor sumiso que he tenido desde que inicié en esta práctica.
—Lástima que te vayas a casar... pero suerte.
Steven se levantó y se dirigió al baño. Yo, en cambio, fui por lo que realmente quería.
—No soy sumisa, señor Lombardía, pero... ¿le apetecería jugar conmigo esta noche? —extendí mi mano, y él la tomó sin dudar ni un minuto.
Sé que me desea tanto como yo a él... pero veremos qué tan sumiso puede ser.
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★ Definición
Las pinzas para pezones son juguetes sexuales utilizados en los pezones, tanto femeninos como masculinos, generalmente en prácticas de sadismo, masoquismo y b**m. Suelen causar dolor al sujetarse fuertemente, ya que restringen el flujo sanguíneo, y también al retirarse, debido al retorno de la circulación.
La cruz de San Andrés es un artilugio formado por dos tablones de madera (el material más clásico para los amantes del simbolismo y, probablemente, el más accesible), ensamblados en forma de "X". Estas tablas deben estar tratadas adecuadamente para evitar astillas y suelen contar con anclajes en los cuatro extremos como mínimo, permitiendo sujetar las extremidades del cuerpo.
Existen versiones con acolchado de cuero, decoraciones como tachuelas o grabados, y con múltiples anclajes y correas para una inmovilización más completa. La cruz de San Andrés puede fijarse a la pared en posición vertical, montarse sobre un soporte inclinado hacia atrás o incluso dejarse completamente suelta para colocarla en el suelo de forma horizontal.