(Primera persona – Tyler)
La noche cayó pesada sobre Los Ángeles, con esa humedad pegajosa que se te mete en los huesos. Mauricio y yo estábamos en el callejón trasero del bar Eclipse, esperando el momento exacto en que Marco cerrara la barra. Las luces de neón parpadeaban rojas y azules sobre el asfalto mojado por una lluvia ligera que acababa de parar. Yo tenía la Glock en la cintura, pero no la saqué todavía. No quería matar a nadie esa noche. Solo quería respuestas.
Mauricio revisó su reloj.
—Cinco minutos. Sale por la puerta de servicio, como siempre. Solo.
Asentí.
—Cuando salga, lo metemos al van. Sin ruido. Sin testigos.
Marco salió puntual, con la chaqueta puesta y un cigarrillo ya encendido entre los labios. Miró a ambos lados, como si supiera que algo no estaba bien. No tuvo tiempo de reaccionar. Mauricio lo agarró por detrás, le tapó la boca con una mano enguantada y yo le puse el cañón en la sien.
—No grites —susurré—. O te vuelo la cabeza aquí mismo.
Lo arrastramos al van n***o que esperaba con el motor encendido. Lo metimos en la parte trasera, atado de manos y con una capucha puesta. Mauricio condujo hacia el mismo almacén abandonado donde Armando había molido a golpes a Ricardo Stuart. Ironía pura.
Cuando llegamos, lo sentamos en la misma silla oxidada que habían usado con Ricardo. Le quité la capucha. Marco parpadeó bajo la luz cruda, el sudor ya corriéndole por la cara.
—Tyler… joder… ¿qué mierda es esto?
Me agaché frente a él, mirándolo a los ojos.
—Sabes exactamente qué es esto, Marco. La noche que Alice me drogó. El whisky que me serviste. La droga que le echaste. Las fotos que le ayudaste a tomar. Todo.
Marco intentó reír, pero salió un sonido ahogado.
—No sé de qué hablas, hombre. Fue solo un trago. Alice me pidió que le sirviera algo fuerte a un amigo. Yo no…
Le di un puñetazo seco en el estómago. Se dobló, jadeando.
—No mientas. Tengo las cámaras del bar. Te veo echando el polvo en el vaso. Te veo llamando a los dos tipos que me subieron al hotel. Te veo sacando fotos con tu propio teléfono antes de que Vanessa llegara. Todo está grabado. Y ahora… vas a contarme la verdad completa. O te hago lo mismo que le hicieron a Ricardo Stuart… pero peor.
Marco levantó la vista, pálido.
—Alice… me pagó. Dos mil dólares. Dijo que era una broma, que eras un ex suyo y que quería asustarte. Me dio el Rohypnol. Me dijo que la dosis era para que te desmayaras dos horas. Que después ella se encargaría. Yo… yo solo serví el trago. No sabía que iba a tomar fotos ni nada de eso.
Mauricio se acercó por detrás, poniéndole una mano en el hombro con fuerza.
—¿Y el embarazo? ¿Sabes de quién es el bebé?
Marco negó con la cabeza rápido.
—No… no sé. Ella nunca me dijo. Solo que necesitaba fotos para “convencer” a alguien. Juró que no iba a pasar nada grave. Que era solo para joder a su ex. Yo… pensé que era drama de ex parejas. No pensé que llegaría tan lejos.
Saqué mi teléfono y empecé a grabar.
—Repite eso. Todo. Nombres, fechas, cantidades. Todo. Y si mientes… te entrego a Armando Lombardi. Él ya sabe que su hija es una mentirosa. Y no le va a gustar saber que su bartender favorito ayudó.
Marco tragó saliva, mirando la cámara.
—Está bien… está bien. Alice me contactó hace dos meses. Me dijo que necesitaba ayuda con un “problema personal”. Me pagó mil por adelantado para que le echara Rohypnol a tu whisky la próxima vez que vinieras al bar. Dijo que eras Tyler Black, que la habías dejado por otra. Que quería fotos para “hacerte pagar”. Yo… lo hice. Esa noche llegaste, pediste whisky seco. Lo preparé. Te desmayaste en la barra. Llamé a los dos tipos que ella me dio —Luis y Carlos—. Te subieron a la suite 407. Alice llegó después con Vanessa. Yo me fui. No vi lo que pasó arriba. Al día siguiente me pagó el resto. Dos mil en total.
Hizo una pausa, respirando agitado.
—Y el embarazo… no sé nada. Juró que era real, pero nunca me dijo de quién. Solo que necesitaba que pareciera que eras tú. Que las fotos eran para eso.
Apagué la grabación. Miré a Mauricio.
—Limpia sus huellas. Déjalo aquí atado. Mañana lo entregamos a Armando con la confesión. Que él decida qué hacer con su “amigo”.
Marco levantó la vista, aterrorizado.
—No me dejes aquí… por favor…
Lo ignoré. Salí del almacén con Mauricio.
En el auto, llamé a Armando Lombardi. Contestó al segundo tono.
—¿Y bien?
—Tengo la confesión grabada. Marco, el bartender. Alice le pagó para drogarme. Las fotos son reales, pero yo estaba inconsciente. El bebé… no es mío. Lleve a su hija al ginecólogo. La fecha no coincide. Envíenme la dirección del hospital donde la tienen. Le mando el video esta noche.
Silencio al otro lado.
—Te espero mañana en mi despacho. Trae las pruebas. Y Black… si esto es verdad… Alice va a pagar caro.
Colgué.
Mauricio me miró.
—¿Y April?
Suspiré, mirando la ciudad pasar por la ventanilla.
—Todavía no contesta. Pero cuando tenga todo… cuando pueda probarle que no la traicioné… voy a ir por ella. Aunque tenga que arrastrarme.
En la casa de la abuela, April seguía sin dormir. El teléfono vibraba otra vez: Tyler. Lo miró, pero no contestó. Solo lo puso en silencio y se acurrucó bajo las sábanas, preguntándose si alguna vez volvería a creer en alguien.
No sabía que la verdad estaba a punto de salir a la luz… y que cambiaría todo.