**Capítulo 42 corregido: Poder contra poder**

1070 Palabras
(Primera persona – April) La abuela Mónica y yo llegamos al centro de detención preventiva pasadas las diez de la mañana. El edificio era gris y frío, con rejas altas y custodios armados en la entrada. Yo llevaba un suéter grueso porque no podía dejar de temblar. La abuela apretaba mi mano como si temiera que me desmayara. —Venimos a ver a Ricardo Stuart —dijo ella con voz firme al oficial de la ventanilla—. Es mi hijo. Somos familia directa. El custodio miró la pantalla, luego a nosotras, y negó con la cabeza. —Lo siento, señora. Orden directa del fiscal. Nadie puede verlo hasta nuevo aviso. Caso de abuso a mujer embarazada. Restricción total de visitas. Intenté hablar, pero la voz se me quebró. —Por favor… solo un minuto. Es mi tío. Necesito saber si está bien… El hombre ni siquiera levantó la vista. —Regresen en cuarenta y ocho horas. Y traigan abogado. Así está el protocolo. La abuela me jaló del brazo antes de que yo empezara a gritar. —Vamos, mija. No nos humillemos más. Ya encontraremos la forma. Salimos en silencio. Yo lloraba sin ruido, mirando el suelo. Ricardo… el mismo que siempre me protegió… ahora encerrado por defender mi honor. Todo por culpa de Alice y sus mentiras. Mientras tanto, en el departamento, Tyler estaba revisando las cámaras del bar Eclipse cuando Mauricio entró sin tocar, teléfono en mano y cara de piedra. —Jefe, malas noticias. Acabo de enterarme de todo lo que pasó en la casa de los Lombardi. Ricardo Stuart golpeó a Alice. Armando Lombardi lo secuestró, lo molió a golpes y luego lo entregó a la policía. Está acusado de intento de homicidio contra una embarazada. Lo tienen incomunicado. Tyler cerró la laptop de golpe. Sus ojos se oscurecieron. —Déjame eso a mí. Yo lo resuelvo. Mauricio frunció el ceño. —Armando es poderoso, Tyler. Tiene jueces en el bolsillo. Tyler sonrió sin humor, ya tomando su chaqueta. —Y yo tengo cinco carteles. Veremos quién es más poderoso. En una de las torres de oficinas de Armando Lombardi —un edificio de cristal n***o en el centro financiero—, Armando estaba en su despacho del piso 42. Golpeó el escritorio con los nudillos. —Búsquenlo. A Tyler Black. Tráiganmelo a la fuerza. No acepto un no. Quiero que sepa quién manda aquí. Cuatro de sus hombres más leales salieron armados, seguros de que sería fácil. Pero el tiro les salió por la culata. A dos cuadras del edificio, Tyler y Mauricio los esperaban en una calle lateral. Cuando las dos camionetas negras se detuvieron y los hombres bajaron con pistolas en la mano, Tyler y Mauricio ya los tenían encañonados desde las sombras. —Bajen las armas —ordenó Tyler, voz calma pero letal—. Díganle a Armando que yo mismo voy a su despacho. Pero no cuando él quiera, ni a la fuerza. Voy solo. Y cuando yo decida. Los hombres de Armando se miraron, sudando. Uno intentó levantar el arma. Mauricio le puso el cañón en la frente. —Escuchaste al jefe. Baja eso o te vuelo la cabeza aquí mismo. Los cuatro levantaron las manos. Tyler bajó su pistola lentamente. —Díganle que en dos horas estoy ahí. Solo. Sin escoltas. Sin trucos. Mauricio y Tyler bajaron las armas y se fueron caminando como si nada, dejando a los hombres de Armando con la humillación fresca. Exactamente dos horas después, Tyler entró solo al despacho de Armando Lombardi. La secretaria intentó detenerlo, pero él pasó sin mirarla. Cerró la puerta tras de sí. Armando estaba de pie detrás del escritorio, sorprendido y furioso. —¿Cómo te atreves a venir solo después de lo que le hiciste a mi hija? Tyler se sentó sin permiso, cruzó las piernas y miró al hombre mayor directo a los ojos. —Míreme bien, señor Lombardi. Yo no soy Ricardo Stuart para que usted me amenace, me dé golpes ni me traiga a la fuerza. Usted es un hombre poderoso, lo sé. Mi respeto para usted. Pero yo soy más poderoso que usted. Si no lo sabe, soy el jefe de cinco carteles. Usted tiene sus hombres… yo tengo los míos. Miró hacia la puerta donde Mauricio esperaba afuera, visible a través del vidrio. —Ahora bien —continuó Tyler con voz serena y sincera—. Yo no estoy con su hija. Una vez lo estuve, sí, pero fue una noche de locura, de alcohol y nada más. La que siempre me gustó fue su amiga April. Para poder conocerla, invité a Alice con sus amigas a mi villa en Malibú. Fue para acercarme a April. Y me quedé con ella. April no le robó nada a nadie. Simplemente las cosas sucedieron porque yo me metí en el medio de ellas dos. Armando apretó los puños sobre el escritorio, pero no lo interrumpió. —Luego ella inventó todo esto por venganza —siguió Tyler—. Porque no puede aceptar que yo sea feliz con April. Investigue por otro lado de quién se embarazó realmente. Llévela al ginecólogo. La fecha no concuerda. Esa barriga tiene más de un mes. Ella me drogó, me hizo fotos para destruir mi relación. Pero estoy buscando pruebas. Y a mí me da la impresión de que el amiguito de ella en el bar —el bartender Marco— tiene algo que ver con todo esto. Vamos a secuestrarlo a la fuerza para que no pueda ocultar la verdad de lo que realmente pasó esa noche. Tyler se levantó, ajustándose la chaqueta. —Usted quiere justicia para su hija. Yo también. Pero la verdad, no las mentiras de Alice. Si quiere guerra… la tendrá. Pero si quiere la verdad… déjeme hacer mi trabajo. Armando lo miró en silencio, por primera vez sin palabras. Tyler abrió la puerta. —Dos días. Le traeré las pruebas. Después… usted decide qué hacer con su hija. Salió sin esperar respuesta. Mauricio lo esperaba en el ascensor. —¿Cómo te fue, jefe? Tyler sonrió frío. —Ahora empieza lo bueno. Vamos por Marco. Esta noche lo sacamos del bar. Y esta vez… nadie va a mentir más. En la casa de la abuela, mi teléfono seguía sonando con llamadas de Tyler. No contesté. No sabía que él ya estaba moviendo cielo y tierra para salvar lo que quedaba de nosotros.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR