1 | Celos amargos
Amos
Tres malditas horas.
Ese es el tiempo que transcurrió desde que Aaron regresó de Estados Unidos a Londres y desde el momento en que se reencontró con Everly permanece a su lado como si hubiera estado contando los minutos para volver a ser su jodida sombra.
Finalmente regresamos a los tiempos donde debía verlos por la mansión como si despegarse por un segundo significara la muerte. Malditamente genial.
Desde la segunda planta de la mansión puedo verlos caminar por el jardín hasta que se detienen y Aaron aprovecha para llevar uno de los mechones chocolate de Everly detrás de su oreja. Inevitablemente mis cejas se juntan con disgusto y mi mirada se estrecha en la dirección en que sus dedos acarician su mejilla.
Es difícil no caer en los encantos de Everly y mi hermano parece estar hechizado desde la primera vez que la vió.
¿Puedo culparlo?
Everly llegó a esta mansión siendo una niña y, desde entonces, es encantadora. Tiene una una sonrisa que ilumina su rostro y te provoca sonreír, unos grandes, brillantes y llamativos ojos café, y una boca pequeña de carnosos labios del color de las cerezas, como si de un fruto prohibido se tratara. Tiene un rostro que desborda inocencia, pero un jodido cuerpo que amenaza mi cordura cuando no puedo despegar la vista de su cintura estrecha o sus suaves piernas.
Ella lo abraza y él aprovecha para rodear su cintura y levantarla por un instante haciéndola reír. Siento como si algo quemara en mis venas y debajo de la piel de mis dedos llevándome a volver puños mis manos. Desde que tengo uso de razón, verlos juntos deja un sabor amargo en mi boca.
Mientras que Aaron se enamoró de lo inevitable, conmigo no fué así. Porque conmigo Everly era diferente.
Cuando nuestras miradas se encuentran, hay algo en sus iris cafés que no puedo leer pero, es diferente a la forma en que mira a los demás. Hay algo que la hace mantener su distancia de mí pero es lo mismo que la lleva a no apartar su mirada de la mía cuando me encuentra observándola. Cada. Maldita. Vez.
Podría decir que es mi imaginación pero el brillo que cruza su mirada me hace sospechar que es cierto interés, curiosidad tal vez, como si tratara de adivinar qué pasa por mi cabeza.
Eso no es prudente.
Para ninguno de los dos.
Porque solo necesito un movimiento para atraparla en mi terreno y, cuando eso pase, no pienso darle escapatoria.
Y el que Aaron haya regresado es una jodida amenaza, porque sé que no quiere ser solo su amigo, y el verlo con ella remueve un lado de mí que me empuja a ceder ante el instinto primitivo de querer echarla sobre mi hombro para llevarla lejos de él y de todos.
—Bebé, aquí estás.
Una voz que reconozco y unos pasos resuenan en el corredor antes de que Dominique aparezca frente a mí apoyando su mano en mi pecho y aunque no me guste el contacto no la aparto de primeras.
—Estaba buscándote.
—Vamos —tomo su mano y deja que la lleve en la dirección contraria en la que se encuentran los invitados de la fiesta de bienvenida que mi madre organizó para su hijo favorito.
Ella da una mirada hacia atrás al darse cuenta pero no se detiene, —¿Dónde me llevas?
Ignoro su pregunta y Dominique no dice nada, solo me sigue directo a la biblioteca con una mirada curiosa y una sonrisa que refleja emoción.
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Everly
Luego de tanto tiempo lejos de mi mejor amigo desde pequeños, reencontrarme con Aaron es como una caricia a mi corazón, lo extrañé mucho el tiempo que se fué a Estados Unidos a estudiar y me hizo mucha falta en la mansión.
Tenemos cosas que contarnos, pero hay una fiesta de bienvenida que espera por él y aún me quedan algunas tareas pendientes por terminar y así tener mi tarde libre. Así que cuando él regresa a la piscina yo recojo lo necesario para limpiar la biblioteca de la propiedad, como cada tarde.
El silencio envuelve al ala este, donde se encuentra la biblioteca, solo se escuchan mis pasos cuando paso de la alfombra del corredor a la madera del suelo de la enorme habitación. Cierro detrás de mí y me encamino entre uno de los corredores que forman los estantes repletos de libros que parecen un laberinto. El sitio es un paraíso, la madera, los muebles, todo es elegante y se siente cálido y acogedor.
Mis pasos se detienen en seco con la imagen que me encuentro. Por un momento creo tener oportunidad de retroceder y huir, pero entonces él se percata de mi presencia. Mi respiración se corta cuando su mirada se alza del hombro de la pelinegra, en donde estaba dejando un beso, atrapandome.
Sé que debería huir de allí y fingir que no acabo de encontrar a Amos con la mano de su novia dentro de su pantalón, pero mis piernas no se mueven.
La sonrisa que se forma en los labios de Amos está cargada de malicia y no sé por qué tengo el presentimiento de que logró algo que quería. Sé que es mi imaginación porque, ¿por qué buscaría que lo encontrara en un momento así de íntimo?
—Tenemos compañía —Su voz ronca hace que su novia, quien está de espaldas a mí, lo mire antes de girar su rostro hacia donde Amos tiene su mirada clavada. Entonces sus perfectas cejas fruncidas con confusión se relajan y su mirada verdosa me observa con disgusto, como si fuera una molestia.
—Debo limpiar —es lo único que logro formular. Vine a hacer una tarea y no voy a irme, son ellos quienes deben buscar un cuarto.
Dominique hace un sonido de burla mientras tiene la amabilidad de sacar la mano de dentro del pantalón de Amos.
—¿Qué más harías? —dice él y mi mandíbula se tensa.
Desde que llegué a la mansión de pequeña fueron pocas las veces que había cruzado palabras con Amos. Aunque técnicamente la mayoría simplemente fueron frases cortas y automáticas dichas por mí que él no respondía, simplemente me daba esas miradas indiferentes e intensas como si estuviera viendo hasta los más profundos secretos de mi alma antes de marcharse.
Siempre me pregunté qué clase de pensamientos pasaban por su mente cuando lo atrapaba mirándome de aquella forma que me hacía removerme en mi sitio, pero ahora sé que quizás lo más prudente es matar esa curiosidad y evitar cualquier situación en donde deba escuchar comentarios mordaces.
Su novia toma su mano y me da una mirada de superioridad que conozco bien, la muy perra aprovecha cada oportunidad que tiene para intentar hacerme sentir inferior.
¿De dónde viene esa necesidad de los niños ricos de creerse con el poder suficiente para aplastar a quienes creen tener bajo la suela de sus zapatos solo por diversión?
Me trago mi molestia porque no hay nada que pueda decir sin verme luego siendo regañada por mamá y para mi suerte ambos se marchan, no sin antes sentir el hombro de Dominique darme un empujón cuando pasa por mi lado.
Que se jodan.
Luego de ese desafortunado encuentro, me dedico a mi propósito inicial y comienzo a limpiar la biblioteca de la forma que mi madre me enseñó para no dañar y mantener la pulcritud de los muebles antiguos, conservandolos en perfecto estado pero con algunos casi imperceptibles golpes o marcas que son solo la evidencia de la historia que tienen al estar en la propiedad desde que el abuelo de la familia era un niño.
Además es personal para mí hacer bien el trabajo, ya que el señor Bernard me permite tomar los libros que quiera cuando quiera y es como mi forma de devolverle el enorme gesto sabiendo cuánto significan para él sus libros.
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Cuando termino mi trabajo, guardo lo que utilicé y bajo a la cocina. Mamá me pide que lleve limonada y unos aperitivos al jardín para terminar con mis tareas del día y asiento con una sonrisa. Un gesto que no tardaría en desaparecer.