Amos
Mantener el control cuando te enfrentas a algo desconocido es bastante complicado cuando la emoción contra la que debes pelear es algo salvaje golpeando tu pecho.
Como la que me dominó cuando encontré al imbécil de Malcolm molestando a Everly.
Cuando ví lo que sucedía en el corredor la rabia me cegó, de un momento al otro solo pude ver rojo y tenía toda la intención de golpearlo. Pero fué suficiente con la escena que estaba montando frente a Everly. Ella prácticamente se alejó huyendo en cuanto tuvo la oportunidad.
Despedí a Dominique en cuanto regresé al jardín, le dije que no estaba de buen humor y dijo algunas cosas a las que no le presté atención, ella lo notó, se enfureció peor y se marchó con el séquito de amigas que siempre tiene detrás de ella.
Le doy otro trago a la bebida en mi vaso, deja mi garganta ardiendo y ni así puedo mermar la molestia que pica bajo mi piel.
Everly sabe que estoy mirándola. Y me importa un carajo quedar como un psicópata. Su mirada encontró la mía dos veces y desde entonces me ignora, pretende que no existo.
Eso me molesta.
¿En qué jodido momento permití que tuviera este poder sobre mí?
Necesito controlarme.
¿Pero cómo lucho contra la necesidad de volverme lo único en lo que ella pueda pensar? La quiero para mí, en mi terreno, peleando conmigo y mirándome de forma retadora si eso me hace tener toda su atención.
Pero la forma en que me miró cuando alejé a Malcolm fué diferente, fué cautelosa como si estuviera frente a algo desconocido. Fué diferente para mí también. Sacó un lado primitivo en mi interior, un instinto muy peligroso para cualquiera que considerara una amenaza.
En ese momento su mirada vuelve a dar con la mía pero no la aparta, la sostiene. Y por un momento dejo de respirar. No siento que esté mirándome, está observando, intentando leer algo en mi rostro mis pensamientos. Pero entonces luce confundida... o molesta. Aparta la mirada y se aleja.
Y me encuentro a mi mismo molesto por ello.
No quiero que se aleje.
Quiero ser la bestia que la rapta y la encierra en una torre para tenerla solo para mí, hasta que caiga rendida.
Y tal vez lo haga.
━━━━━━━━━━━━━━━━
Everly
En cuanto comenzó a atardecer los invitados comenzaron a marcharse finalmente y ayudé a Cecilia con la limpieza. Cuando termino subo a mi habitación a ducharme y, luego de cenar allí, cepillo mis dientes y me preparo para dormir. Cuando alguien toca la puerta.
Seco mi boca con una toalla y entonces abro, encontrándome con nada más ni nada menos que…
—¿Amos? —Está de pie en el corredor en penumbras y cuando alza la mirada noto sus pupilas dilatadas. Puedo percibir un ligero aroma a alcohol y arrugo mi naríz—. ¿Estás ebrio?
Ignora mi pregunta y se adentra en mi habitación de forma casual. Joder, ahora no. No tengo otra opción más que cerrar la puerta, en caso de que alguien se le de por pasar por aquí y encuentre a Amos metido en mi habitación de noche.
—¿Qué diablos crees que haces aquí? —le recrimino en un tono molesto pero moderado porque la habitación de mamá está cerca y no quiero que me escuche.
—La mansión es mía puedo ir a donde quiera —se encoge de hombros mientras se sienta en mi cama.
Pongo mis ojos en blanco. —Sobrio eres insoportable pero ebrio parece que te superas. ¿Qué quieres?
—¿Debo tener motivos para molestarte? —. Inclina su rostro ligeramente a un lado y sus ojos se deslizan por mi cuerpo—. Bonito pijama.
Por inercia miro mi atuendo, es un pantalón corto y una camisa de dormir de seda de color azul oscuro. Niego al instante.
—No estoy de humor, Amos —advierto—. Vamos, lárgate. Ve a dormir —señalo la puerta y por un momento siento como si estuviera hablándole a un perro. Uno muy desobediente.
—Ven conmigo.
Por un momento me quedo sin saber qué decir. Sé que está ebrio y más molesto de lo usual, pero por algún motivo sus palabras me afectan.
—No sabes lo que dices —niego—. Vamos, afuera.
Él no se mueve. Comienzo a molestarme de verdad y termino caminando hasta él, tomo su mano y trato de jalarlo en un intento inútil porque es como una roca inamovible.
Resoplo.
—Amos, no estoy jugando.
Me cruzo de brazos frente a él, este solo se acomoda apoyando sus manos detrás suyo en la cama y reclinándose ligeramente alzando su rostro para poder verme.
—¿Qué te hace creer que yo si?
Eso es estúpido. Todo lo que haces.
¿Acaso cree que por defenderme de su amiguito y venir ebrio a actuar de esta forma y decirme estas cosas permitiré que se quede? Idiota, eso no pasará.
—Agotas mi paciencia, Emerson.
Amos inhala profundamente mientras se endereza, su mirada no abandona mi rostro y todo mi cuerpo se paraliza cuando sus manos van a los costados de mis muslos. El aire se me corta y me alejo de golpe.
Amos se levanta de la cama y mi corazón brinca en mi pecho cuando comienza a avanzar hacia mí y retrocedo hasta que mi espalda choca con la pared.
—Te dije que me dejaras en paz —remarco cada palabra intentando que mi molestia y cordura no se vean afectadas simplemente por un maldito toque. Un toque que vibró por todo mi cuerpo. Maldita sea.
Apoya sus manos en la pared y hunde su rostro en mi cuello, lo siento inhalar profundamente y me provoca un cosquilleo.
Esto no puede estar pasando, no otra vez.
¿Dónde está mi cordura cuando la necesito para apartarlo lejos de mí?
Su naríz roza mi cuello y un escalofrío recorre mi columna, haciéndome estremecer. Lo que me faltaba.
—Amos… —mi voz suena débil y me sorprende hasta a mí—. Aléjate.
—No puedo.
Mis manos forman puños a mis costados pero no sé si es por molestia o… por contenerme a la estúpida necesidad de tocarlo.
Entonces, como si nada, se aleja. Y vuelvo a respirar. Pero no se va, regresa a mi cama y mis ojos se abren de más cuando lo veo ¡quitarse los zapatos!
—Amos —advierto, entrando en cierta desesperación. Malditamente no dormirá aquí. No. Eso no puede pasar. Jamás.
Me ignora, evidentemente. Se deja caer de espaldas en mi cama, frotando su rostro. Sé que está por dormirse y entonces será imposible moverlo.
Observo la puerta e intento buscar una forma de sacarlo de aquí, tiene que marcharse ahora antes de que alguien lo vea saliendo de mi habitación.
—Amos, por favor… —murmuro entrando en desesperación, casi sueno suplicante.
—Déjame quedarme, Everly —pide somnoliento.
Me cruzo de brazos.
—¿Para qué? ¿para que mañana despiertes y vuelvas a tratarme como basura, Amos? —recrimino—. No voy a seguirte el juego.
Camino molesta hacia él decidida a hacer que se vaya o se vaya. Intento jalar su muñeca.
—Amos, te dije que…
Creí que estaba prácticamente dormido pero de un solo movimiento tiró de mi mano dejándome sobre él. Mi corazón late desbocado en mi pecho y por un momento me quedo quieta.
—S-suéltame.
—No quiero.
—No seas un niño —. Ruedo mis ojos pero él no responde—. Amos.
Entonces abre sus ojos y sus iris grisáceas atrapan las mías como un huracán que va arrasando con todo a su paso. Por un instante me olvido que debo pelear.
Mi respiración se vuelve superficial y puedo sentir el roce de su pecho y el mío con cada exhalación. De pronto siento que estoy consciente de todo, del calor en las zonas donde su cuerpo toca el mío, de la mano que descansa en mi cintura y de nuestras respiraciones mezclandose.
No dejes que esto te consuma, Everly.
Su otra mano sube a mi rostro y acaricia mi mejilla en un gesto que me desconcierta. Temo que por la cercanía pueda escuchar mis latidos erráticos.
—Repitelo.
—¿Qué cosa?
—Mi nombre.
Mi ceño se frunce.
—Creo que son suficientes tonterías las que te escuché decir esta noche, mejor sí duérmete.
Sus dedos se deslizan de mi mejilla a los mechones de mi cabello y entonces su rostro se acerca al mío, dejando un beso en la comisura de mis labios. Mi corazón se detiene, el tiempo se detiene, el mundo deja de girar.
—Dilo, Everly.
Otro beso.
Si había un momento para luchar, no es este definitivamente. No es cuando estoy sobre él sintiendo como mi corazón está por salirse de mi pecho mientras deja besos por mi rostro. Aunque quiera, no tengo fuerzas. En el fondo sé que lo más conveniente y razonable es alejarme, pero en este momento no quiero pensar en eso.
Su mano en mi cintura se desliza debajo de mi camisa y puedo sentir sus dedos acariciar mi espalda, subiendo y bajando. Y por un momento cierro mis ojos, disfrutando de la sensación.
—Amos, por favor… —Ni siquiera sé qué quiero decir, pero cualquier frase formulándose en mi cabeza muere en mi boca cuando Amos me besa.
Por un instante permanezco inmóvil. Mis pensamientos se esfuman, mi molestia desaparece y de pronto no soy nada.
—Everly… —susurra sobre mis labios.
Su boca vuelve a probar la mía de una forma lenta y suave, no es cómo me podía imaginar un beso de Amos. Con ese aura depredadora me imaginé que sería hambriento y devastador, pero aquí está y es casi… como una caricia.
Este sin duda alguna podría ser mi primer paso a la insania.
Me separo unos centímetros de él y puedo sentir cómo sus caricias en mi espalda se detienen y por su respiración sé que finalmente cayó dormido. Su brazo está envolviendo mi cintura y no veo posible el poder moverme de aquí.
Simplemente me recuesto con la mejilla contra su pecho sintiendo como el cansancio se apodera de mí y lo único que pido antes de caer dormida es que olvide que me besó. Y yo también. Porque no sabría cómo enfrentarme a él luego de esto.
Y tengo el presentimiento de que nada será igual.
Amos Emerson acaba de besarme.
Tengo tantas incógnitas y no puedo descubrir ningúna. Pero lo que más me molesta es la necesidad que no soy capaz de resistir a resolverlas. Pero luego de lo de hoy, sinceramente, no sé qué pensar.
Ni de Amos.
Ni de mí.