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El frío la golpeó primero. No era el frío de la muerte, sino uno más sutil, más inquietante. Su piel erizada, su respiración contenida. Abrió los ojos y se encontró en una habitación extraña, pero no desconocida. Una recámara elegante, de tonos suaves, con cortinas de encaje y una lámpara de araña iluminando con una tenue luz dorada.
No era su habitación.
Su mirada recorrió el lugar, analizando con frialdad cada detalle. Lo sabía. Lo recordaba. Había leído sobre este sitio en un libro. Un libro que, en su vida anterior, había considerado insoportablemente aburrido. La historia de una mujer débil, una esposa abandonada por un hombre que la despreciaba. Pero ahora…
"Yo soy esa mujer".
Un escalofrío recorrió su columna. No era una mujer débil. No más. En su vida anterior había sido una asesina, una estratega, una sombra letal que operaba en el silencio. Ahora tenía un nuevo cuerpo, frágil y despreciado, pero su mente era la misma. Una oportunidad. Una segunda vida. Y esta vez, nadie la iba a pisotear.
Con una calma adquirida tras años de asesinatos, se sentó en la cama y respiró hondo. Su nuevo cuerpo no tenía la fuerza del anterior, y la falta de resistencia la irritaba. Cada músculo se sentía débil, incapaz de ejecutar con precisión los movimientos que antes le resultaban automáticos. Tendría que trabajar para fortalecerlo, moldearlo hasta que fuera una herramienta digna de su mente afilada.
Pero cada uno de sus movimientos le recordaba lo frágil que era este cuerpo. Era lento, torpe, insuficiente. Una carcasa lamentable comparada con lo que una vez fue. Su anterior cuerpo era una máquina de precisión, letal y eficiente. Ahora, cada acción se sentía pesada, cada músculo respondía con una pereza exasperante. Sentía asco. Tendría que trabajar sin descanso para corregir esta debilidad.
No podía permitirse errores. Si quería recuperar su fuerza, debía entrenar cada músculo, endurecer su resistencia y afilar su destreza.
La fragilidad de este cuerpo le resultaba insoportable, pero no se resignaría a ser una víctima de su nueva realidad.
Sabía que cada acción que tomara a partir de ahora debía estar enfocada en una cosa: volver a ser letal. Pero no solo por ella. Helena, la talentosa dibujante, era la razón por la que no podía permitir que la historia siguiera su curso original.
Vendida por sus propios padres a una familia que la veía solo como una propiedad, su vida se había convertido en una prisión de sufrimiento, sometida a la voluntad de su esposo y su familia. Fue violada, forzada a traer al mundo hijos que nunca fueron su elección, pero a quienes amaba con cada fibra de su ser.
Perdió al primero de ellos cuando intentó resistirse a sus captores, un castigo brutal que la dejó marcada de por vida. Ahora, sus verdugos usaban a sus hijos restantes como un arma en su contra, amenazándola con asesinarlos si no cumplía cada una de sus órdenes. Helena sufría en silencio, soportando lo indecible solo para garantizar la seguridad de los pequeños. Si Luana no intervenía, Helena se vería obligada a una existencia de sufrimiento inescapable. No permitiría que esa historia siguiera su curso original.
Un sonido interrumpió sus pensamientos. El teléfono en la mesita de noche vibró con insistencia. Se inclinó y lo tomó.
—¿Sí?
—¡Ah, querida! ¿Cómo estás? —La voz era la de un hombre, falsamente dulce, con un deje de burla.
Lo reconoció de inmediato. Francisco, el mejor amigo de su esposo, o más bien, su cómplice. Sabía lo que venía después. Una invitación. Una trampa.
—Mi esposo no está —respondió, manteniendo la voz neutral.
—Oh, lo sé. Por eso llamo. Está conmigo y... bueno. Quiere que vengas a buscarlo.
El plan era sencillo. La verdadera dueña de este cuerpo, la mujer original, habría aceptado la invitación sin dudarlo. Se habría humillado al ver a su esposo con otra mujer, habría llorado, se habría quebrado, mientras ellos se reían de su miseria.
Pero ella no era esa mujer.
—Qué considerado —murmuró.
Colgó el teléfono y se puso en marcha. Sabía que su esposo tenía un arma en su despacho. Cruzó los pasillos con determinación, hasta llegar a la gran puerta de madera oscura. Giró la manija, pero antes de poder entrar, un sirviente se interpuso en su camino.
—No puede entrar aquí —dijo con voz firme, mirándola con desaprobación.
Luana alzó una ceja, impasible.
—¿Y quién va a impedírmelo? —preguntó en tono bajo, peligrosamente tranquilo.
El sirviente intentó bloquearle el paso, pero antes de que pudiera reaccionar, Luana no dudó. Sabía que su cuerpo era demasiado débil para un combate prolongado, así que debía ser rápida y precisa. Calculó la distancia y, con un movimiento certero, lanzó una patada potente directamente a la entrepierna del sirviente. La fuerza del impacto lo dejó sin aliento, su rostro se desfiguró en una mueca de dolor absoluto mientras se desplomaba de rodillas, llevándose ambas manos a la zona afectada en un intento inútil de mitigar la agonía.
Sin darle tiempo a levantarse, lo tomó del cuello de la camisa y lo acercó a su rostro.
—No necesito tu permiso —susurró con frialdad, mirándolo con desprecio mientras lo mantenía sujeto.
El hombre asintió rápidamente, con la respiración entrecortada. Luana lo soltó con brusquedad y abrió la puerta del despacho. Sus ojos recorrieron el lugar con precisión hasta encontrar lo que buscaba: una pistola pequeña, pero letal, guardada en un cajón del escritorio.
La revisó con movimientos automáticos. Cargada. Con seguro puesto. Solo en caso de que la situación escalara.
Minutos después, bajó las escaleras con un sobre en la mano. El acuerdo de divorcio estaba listo. Ella no iba a ser la mujer que se arrastraba, la que pedía amor a un hombre que no la respetaba. No. Ella dictaría las reglas.
Luana avanzó con paso firme hasta donde la esperaba el chofer, un hombre robusto llamado Martín, quien permanecía impasible junto al auto. Sin perder tiempo, ordenó con voz firme:
—Abre la puerta y llévame al Bar Ritz.
Martín no se movió. En su lugar, cruzó los brazos y la miró con indiferencia.
—No pienso obedecerla —dijo con firmeza, cruzándose de brazos—. Usted no me da órdenes.
Luana lo observó con frialdad. Su paciencia se agotaba. Si algo había aprendido en su vida anterior, era que la obediencia podía obtenerse con el método correcto.
—¿Perdón?
—No perderé mi tiempo obedeciendo a alguien como usted —dijo con desdén, mirándola con desprecio—. No es más que una molestia sin importancia.
Ella suspiró, cansada de encontrar obstáculos. Sin previo aviso, levantó su pierna y lanzó una patada brutal directamente a la entrepierna del hombre. El chofer gimió de dolor, doblándose sobre sí mismo antes de caer de rodillas al suelo.
Sin prestarle más atención, Luana abrió la puerta del auto, subió al asiento del conductor y encendió el motor. No necesitaba que nadie la llevara. Ella misma se encargaría de todo.
El viaje fue silencioso. Ella observaba la ciudad a través de la ventana, recordando fragmentos de la historia. La mujer original había pasado años sufriendo en este matrimonio. Una existencia miserable, esperando amor de alguien que nunca lo daría. Pero ahora, la historia no era la misma.
Cuando llegaron, descendió del auto con pasos calculados. Ajustó la pistola en el interior de su abrigo y tomó el sobre con su acuerdo de divorcio. Inhaló profundamente antes de ingresar al Bar.
Las miradas se posaron en ella al cruzar el vestíbulo. Sabía que, hasta ahora, esta mujer había sido vista como débil y sumisa. Eso cambiaría esta noche.
Caminó con determinación a través del lujoso pasillo que conducía a una sala privada dentro del bar, ignorando las miradas de los empleados que sabían perfectamente a quién venía a buscar. Sus tacones resonaban con fuerza sobre el suelo de mármol, un eco que anunciaba su llegada antes de que pudiera abrir la boca. Dos guardias apostados en la entrada intercambiaron miradas, pero al ver la frialdad en su rostro, dudaron antes de detenerla.
Ubicó la mesa en la que su esposo, Eduardo, se encontraba. A su lado, la mujer que lo acompañaba reía con descaro, disfrutando de la humillación que, en el pasado, Luana habría soportado en silencio. Pero hoy no.
Se acercó sin vacilar y dejó caer el sobre sobre la mesa, interrumpiendo la conversación con un golpe seco.
—Firma —dijo con voz fría.
Eduardo alzó la mirada, su ceño fruncido por la molestia.
—¿Qué significa esto? —exigió Eduardo, tomando el sobre con brusquedad y frunciendo el ceño con irritación.
—No tengo tiempo para tus juegos —continuó Luana, manteniendo la mirada fija en él—. Esto termina ahora.
La amante de Eduardo, una mujer de aspecto delicado y sonrisa falsa, tomó el sobre antes de que él pudiera abrirlo y lo leyó rápidamente. Su expresión pasó de la burla a la preocupación.
—Esto es un malentendido —dijo con voz temblorosa, aferrándose al brazo de Eduardo—. Solo somos amigos, Luana, no hay necesidad de hacer esto.
Luana dejó escapar una risa seca y, sin titubear, deslizó su mano dentro del abrigo, sacando la pistola y apuntándole directamente cerca de la cabeza de la mujer. Un disparo resonó en la sala privada, impactando contra la pared justo a su lado. La amante soltó un grito ahogado, temblando, mientras Eduardo se tensaba en su asiento.
—Firma —ordenó Luana con una calma escalofriante, sin apartar la mirada de Eduardo.
El estruendo del disparo dejó a todos congelados. La amante de Eduardo temblaba, su rostro pálido reflejaba puro terror, mientras se encogía en su asiento. Eduardo tragó saliva, sorprendido por la falta de vacilación en los ojos de su esposa. Intentó recuperar la compostura y abrir la boca para replicar, pero Luana no le dio la oportunidad.
Otro disparo resonó en la habitación, esta vez más cerca, perforando la madera justo al lado de su mano. Eduardo se sobresaltó, apartando los brazos con rapidez.
—¡Estás loca! —exclamó, su voz entrecortada por la sorpresa y la indignación.
—Estoy cansada —respondió Luana con frialdad, inclinándose levemente hacia él—. Firma antes de que el próximo disparo no sea solo una advertencia.
Eduardo apretó los dientes, negando con la cabeza mientras su orgullo luchaba contra el miedo que lo paralizaba. Su mano temblorosa apenas pudo sostener el sobre mientras lo abría, hojeando rápidamente las páginas.
—No puedes obligarme —dijo con voz tensa—. No voy a ceder ante tus amenazas.
Luana sonrió con frialdad y, sin bajar el arma, inclinó levemente la cabeza.
—Quizás esto te haga cambiar de opinión —murmuró, señalando con la mirada la última página del documento.
Eduardo frunció el ceño y giró la hoja. Sus ojos se abrieron de par en par cuando vio las pruebas que contenía: documentos, registros y fotografías que exponían los negocios turbios que había tratado de ocultar. Su respiración se aceleró al comprender el alcance del peligro.
—Si no firmas, todo esto saldrá a la luz —continuó Luana con calma—. Lo enviaré a la prensa, a las autoridades, a todos los interesados en ver tu caída.
El sudor perló la frente de Eduardo. La presión en su pecho se intensificó mientras apretaba los labios. Sabía que estaba acorralado.
Tembloroso, tomó la pluma y firmó el documento, su mano apenas controlada por el miedo. Luana observó cada trazo con satisfacción antes de tomar el sobre de nuevo.
—Sabia elección —susurró, guardando los papeles con tranquilidad antes de bajar el arma.
Dio media vuelta con elegancia y se dirigió hacia la salida sin mirar atrás, dejando a Eduardo hundido en su propia derrota.