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1184 Palabras
Las acciones seguían cayendo. El nombres de los Moretti desaparecían lentamente de cada sociedad donde alguna vez habían impuesto respeto. Luana observaba el informe sin perder detalle, su mirada calculadora, el gesto sereno. La puerta se abrió. Sin anunciarse, como de costumbre. Sebastián cruzó la oficina, deteniéndose frente a su escritorio. Sus ojos recorrieron las carpetas esparcidas sobre la mesa. —Bonita jugada —comentó, sin suavidad. Luana no levantó la vista. —¿Qué quieres? —Solo me pregunto… ¿con qué dinero crees que estás comprando todo esto? Ella soltó el bolígrafo con calma. —Con el tuyo. Y no pienso agradecerlo. Sebastián apoyó ambas manos sobre el escritorio, inclinado apenas hacia ella. —Somos marido y mujer. Es natural que piense en lo que obtengo a cambio. Luana alzó la mirada, cortante. —El contrato no dice nada sobre eso. No confundas tus deseos con derechos. Sebastián sostuvo la mirada. No había sonrisa, solo una tensión contenida en la forma en que apretaba la mandíbula. —No tienes que recordármelo. Pero tampoco finjas que esto es solo negocio. No lo es. —Para mí, sí —respondió Luana. Él se enderezó despacio, sin apartar los ojos de ella. —¿Hasta cuándo vas a jugar a la indiferencia? —Hasta que aprendas a respetar los límites —contestó, sin alterar el tono. Sebastián soltó el aire por la nariz, giró sobre los talones y se dirigió a la puerta. —Veremos cuánto te dura esa postura. Luana no respondió. Solo volvió a tomar el bolígrafo y siguió revisando los números. Como si él nunca hubiera estado allí. Pero Sebastián no se fue. Se quedó de pie junto a la puerta, observándola en silencio por unos segundos más. —¿Sabes qué es lo que más me llama la atención? —preguntó finalmente, sin moverse—. La facilidad con la que finges que no existo. Luana giró apenas el rostro, sin mirarlo directamente. —Ese no es mi problema. —No —respondió él, con voz baja, casi para sí mismo. Por fin, Sebastián abrió la puerta, aunque su tono dejó una última advertencia en el aire. —Nadie juega esta partida solo. La puerta se cerró con un clic preciso. El silencio volvió a adueñarse de la oficina, pero el eco de sus palabras permaneció suspendido, más pesado que antes. Horas después, lejos de la oficina de Luana, Sebastián mantenía la misma expresión serena, casi relajada. Esa ligera burla que parecía formar parte de él cuando pensaba en ella, la única capaz de sostenerle la mirada sin temblar. Con Luana, el juego era sutil, medido. Con ella, había espacio para la paciencia, para las insinuaciones controladas, casi elegantes. Pero no todos recibían esa versión. En la sala de juntas, el ambiente era denso, saturado por el hedor a sangre y miedo. Los tres socios estaban allí, pero no sentados con dignidad, sino desplomados sobre las sillas, cuerpos vencidos, respiraciones entrecortadas. El primero, con el tabique nasal fracturado, intentaba detener la hemorragia con las mangas de su camisa hecha jirones. El segundo, el más joven, tenía la mandíbula desencajada y los ojos hinchados por los golpes que Sebastián había ordenado sin pestañear. El tercero, el mayor, temblaba incontrolablemente; sus dedos rotos colgaban a los costados mientras una marca violácea en su cuello mostraba los intentos fallidos por protegerse. Sebastián permanecía de pie, impecable, sin una gota de sudor. Observaba el desastre frente a él como quien contempla un cuadro mal pintado. Sus ojos no mostraban enojo, solo un desprecio frío y meticuloso, casi académico. —Esto es lo que costará su incompetencia —dijo, su tono bajo, controlado, mucho más letal por la calma con la que lo pronunciaba—. Si alguno piensa discutirlo, pueden intentarlo. Uno de los hombres, el más joven, apretó los dientes, tragando saliva mientras intentaba no desplomarse del todo. Sus piernas temblaban. El mayor apenas levantó la vista. —No fue… no fue nuestra intención… —balbuceó, pero la frase quedó en el aire. Sebastián dio un paso hacia él, sin apuro. Tomó del suelo una de las carpetas que habían caído durante el enfrentamiento, la lanzó sobre la mesa. —¿No fue su intención? ¿Robarme? ¿Mover fondos a sus cuentas personales creyendo que no lo notaría? ¿Desaparecer parte del dinero como si fuera casualidad? —enumeró, cada pregunta más cortante, cada palabra más grave. Nadie respondió. Sebastián se acercó al socio que estaba sujetándose el brazo dislocado. Sin previo aviso, le golpeó con fuerza la mano herida, provocándole un grito ahogado que llenó la sala. Avanzó dos pasos, giró el rostro hacia uno de los guardias apostados en la puerta y asintió con un solo movimiento. —Terminen con esto —ordenó, sin alterar el tono. Los tres socios alzaron la cabeza de golpe, sus rostros una mezcla de terror y súplica. El mayor intentó incorporarse, con la voz quebrada por el miedo. —¡Espere, señor Belmont, por favor! ¡Podemos solucionarlo! ¡Podemos…! No hubo tiempo para más. El primer disparo cortó su súplica en seco, estallando dentro de la sala como un trueno contenido. Luego otro, y otro. Preciso. Calculado. Sin apuro. Sebastián no apartó la mirada. Observó con una calma escalofriante cómo los cuerpos se desplomaban, uno tras otro, sin resistencia. Cuando todo quedó en silencio, cuando solo quedó el olor acre de la pólvora mezclado con la sangre, Sebastián giró lentamente hacia la puerta, ajustando el puño de su camisa como si acabara de cerrar una simple reunión de negocios. —Limpien el lugar —ordenó a los guardias mientras salía de la sala sin volver la vista atrás. Caminó por el pasillo sin apuro, sus pasos resonaban con firmeza, acompañados solo por el eco distante de las limpiezas apresuradas detrás de la puerta cerrada. Afuera, uno de sus asistentes personales ya lo esperaba, sosteniendo una carpeta con nuevos informes. —Las transferencias fueron congeladas, señor. Las cuentas de los tres están bloqueadas, y el resto de sus bienes en proceso de embargo —informó el asistente, manteniendo la mirada baja. Sebastián tomó la carpeta sin detenerse, hojeó las primeras páginas con la misma indiferencia con la que había presenciado las ejecuciones. —Que las familias reciban la versión oficial. Ningún detalle fuera del comunicado —dijo, cerrando el archivo de golpe. El asistente asintió, tragando saliva. No preguntó qué versión contarían esta vez. Sabía que el patrón prefería dejar los detalles en manos de los rumores y el miedo. Era mucho más efectivo que cualquier explicación. Mientras avanzaba hacia el elevador, Sebastián ajustó su reloj de muñeca, con la misma precisión con la que había calculado cada movimiento de aquella mañana. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, se giró apenas hacia el asistente. —Que el mensaje quede claro —añadió, su tono impecable—. Nadie roba a los Belmont. El ascensor se cerró, llevándolo lejos del escenario, pero dejando tras de sí un silencio pesado, uno que se repetiría en cada conversación susurrada del mundo financiero en los días que seguirían.
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