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1364 Palabras
Decidí sentarme en la mesa de la cocina para reflexionar. ¿Qué debería hacer? ¿Seguir mintiendo a mi esposo sobre mis sentimientos y esta conexión con mi jefe, o enfrentar la realidad aunque eso supusiera un cambio radical en mi vida? Karina había sido comprensiva, pero tomar una decisión así no era sencillo. En medio de mis pensamientos, escuché pasos acercándose. Genaro entró en la cocina y me preguntó si algo andaba mal. No pude evitar sentir un nudo en el estómago, ¿debería contarle lo que había pasado con mi jefe? ¿Cómo reaccionaría? Decidí omitirlo por el momento. Le dije que estaba cansada y necesitaba descansar un poco. Él aceptó y continuó viendo televisión. Fui a la habitación, pero mi mente seguía dando vueltas. No podía dejar de pensar en la propuesta de Karina y en lo que significaba para mi futuro. Me tumbé en la cama, mirando al techo. ¿Qué haría si tomaba la decisión de dejar a Genaro? ¿Cómo explicaría todo? La incertidumbre me angustiaba, pero a la vez, la idea de tener una vida diferente, quizás más auténtica, también me atraía. Mientras tanto, mi celular sonó. Era un mensaje de Karina preguntándome cómo estaba. Agradecí su preocupación y le conté que estaba pensando mucho sobre lo que me había dicho. Su apoyo me daba cierto alivio en medio de la confusión. Pasaron las horas y seguía sin encontrar una respuesta clara. Mi mente iba y venía entre seguir como estaba o arriesgarme a buscar un cambio. Los latidos acelerados del corazón me recordaban la intensidad del beso con mi jefe, algo que no esperaba y que había despertado emociones que tenía tiempo sin sentir. Finalmente, cerré los ojos y dejé que el sueño me envolviera. Mañana sería otro día, otra oportunidad para tomar decisiones. Al despertar, el sol se colaba por la ventana, y los rayos acariciaban mi rostro. Me levanté sintiéndome más decidida, pero aún con un nudo en el estómago. Decidí comenzar el día con calma, respirando profundamente para aclarar mi mente. La cocina estaba tranquila; Genaro ya había salido a trabajar y los niños estaban en la escuela. Tomé una taza de café y me senté en la mesa, repasando mentalmente todas las opciones que tenía. ¿Debería seguir con mi vida tal como estaba, o debería tomar las riendas de mi futuro? La idea de un cambio me aterraba y emocionaba a partes iguales. Mi celular volvió a sonar, era un mensaje de Karina preguntándome si había pensado más sobre lo que hablamos ayer. Le respondí con un simple "Sí, estoy considerando todo". Sus palabras de aliento me impulsaban a dar el siguiente paso, aunque no sabía cuál sería. Decidí salir a dar un paseo en bicicleta, necesitaba aire fresco para aclarar mis pensamientos. Mientras pedaleaba por el parque, el viento me traía una sensación de libertad que tanto anhelaba. Cada movimiento en la bicicleta parecía un pequeño avance hacia una decisión más clara. En medio del recorrido, recibí una llamada. Era mi jefe. Su voz en el teléfono hizo que mi corazón diera un salto. ¿Por qué estaba llamando? Respiré profundamente antes de contestar. "¡Hola!", dijo con entusiasmo desde el otro lado de la línea. "Solo quería confirmar nuestra cita para hoy, ¿sigue siendo conveniente para ti?". Recordé la mentira que había tejido, diciendo que éramos novios. No sabía cómo explicarle la situación sin complicar aún más las cosas. "Sí, claro", respondí, tratando de parecer tranquila. "Nos vemos a la hora acordada". Cerré la llamada con un suspiro. El dilema se intensificaba, cada vez era más difícil manejar la situación. Aunque me preocupaba lo que pudiera pensar mi jefe, me sentía aún más preocupada por lo que pudiera pasar en mi hogar si todo salía a la luz. De vuelta a casa, me encontré con Karina. Ella me miró con preocupación, como si supiera que algo estaba pasando en mi cabeza. "¿Cómo te sientes hoy?", preguntó con una sonrisa amable. "Confundida, Karina. No sé qué hacer", respondí sinceramente. Ella me tomó del brazo y me llevó a un banco cercano. Me escuchó atentamente mientras hablaba de mis temores, mis dudas y la presión de mantener esta mentira sobre mi relación con mi jefe. "Debes hacer lo que sea mejor para ti, no para nadie más", dijo Karina con comprensión en sus ojos. "Pero no te apresures en tomar una decisión. Date tiempo para pensar, para sentir lo que realmente quieres". Sus palabras resonaron en mí. Me sentía abrumada por el peso de la situación, pero también aliviada al poder hablar de ello con alguien de confianza. La tarde pasó sin que lograra encontrar una respuesta. La cita con mi jefe se acercaba y aún no sabía cómo enfrentar la situación. Al llegar la hora, me preparé para ir al encuentro. Mientras caminaba hacia el lugar acordado, mi mente estaba llena de incertidumbre. ¿Cómo sería esta reunión? ¿Podría mantener la farsa sin sentirme culpable? Las dudas me invadían y mi corazón latía con fuerza. Finalmente, llegué al punto de encuentro. Mi jefe estaba allí, esperándome con una sonrisa. Su presencia me dejó sin aliento. ¿Qué ocurriría a partir de este momento? "¡Hola!" Me saludó con una sonrisa radiante mientras me acercaba. "Estoy emocionado por nuestra cita de hoy". "Hola", respondí con un nudo en la garganta, tratando de ocultar mi ansiedad. "Sí, aquí estoy". Nos sentamos en un café cercano. Mientras él hablaba, mi mente vagaba entre sus palabras y mis propios pensamientos. La incomodidad crecía a cada segundo que pasaba. "¿Qué opinas?", preguntó, llevándome de vuelta a la conversación. "Creo que... deberíamos hablar de algo", dije, luchando por encontrar las palabras correctas. "Sobre lo que sucedió ayer". El tono de la conversación cambió. Su mirada reflejaba sorpresa y curiosidad mientras yo intentaba explicar lo que estaba sintiendo. "¿Te incomoda algo? ¿Hice algo mal?", preguntó, mostrando preocupación. "No, no exactamente", tartamudeé, intentando encontrar la forma de decir la verdad sin causar un gran impacto. "Es solo que... lo de ayer, fue repentino y..." Antes de que pudiera terminar mi frase, mi jefe recibió una llamada que interrumpió la charla. Aproveché ese momento para respirar profundamente y recoger mis pensamientos. La idea de confesar la verdad me aterraba, pero seguir con la mentira tampoco era una opción. Al colgar, se disculpó por la interrupción y volvió su atención hacia mí, esperando que continuara. "No quiero ser desconsiderado ni invasivo, pero... ¿te pasa algo?", indagó, percibiendo mi incomodidad. Era el momento. Tomé una bocanada de aire y decidí sincerarme. "La verdad es que la situación entre nosotros es un poco... complicada", admití, evitando su mirada directa. "¿Complicada en qué sentido?", preguntó, evidentemente confundido. "Es sobre lo que dije ayer...", comencé, sintiendo la presión en mi pecho. "Lo de que éramos novios. No es cierto, yo... soy virgen". Su rostro reflejó asombro , mientras trataba de procesar la revelación. "Lo siento, nunca quise mentirte", dije apresuradamente, buscando disculparme y explicar mi situación. "Pero mi vida personal es... complicada". Él parecía meditar mis palabras, pero algo cambió en su expresión. Algo que no pude identificar claramente. "Entiendo", respondió con serenidad. "Supongo que habrá situaciones que nos desbordan a todos". La tensión se alivió un poco. Habíamos abierto la puerta a una conversación franca y honesta, aunque no sabía qué consecuencias tendría esto en el trabajo o en mi vida personal. Después de un breve intercambio, nos despedimos con un apretón de manos, y yo me alejé del lugar con un torrente de emociones. La sensación de haber liberado esa verdad me aliviaba, pero también temía las posibles repercusiones. De vuelta a casa, Genaro aún no había regresado. Me sumergí en mis pensamientos, intentando asimilar lo ocurrido. La jornada había sido intensa, y aunque el peso de la mentira se había reducido, ahora tenía que enfrentar las consecuencias. La puerta se abrió, y Genaro entró con su típica sonrisa. A pesar de mis inseguridades, algo en mí se relajó al verlo. ¿Cómo afrontaría ahora mi vida, con la verdad desvelada en dos mundos tan diferentes y entrelazados?
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