10 - Unos años atrás, Parte 1

2155 Palabras
Años atrás… ¡La movida en las calles de ese pueblo, chabón! El destino armando su quilombo en una noche helada de invierno. De repente, ¡pum! ¡Un llanto! Era Emilia, re tapada con mantas rotas, plantada en la puerta de un orfanato. Las luces del edificio le dieron la bienvenida a Emilia, y en dos patadas, ya estaba en un mundo desconocido. Pasaron días, semanas, meses, y la piba con ojos brillantes y pelo oscuro la pasaba bomba entre juegos con los demás pibes del orfanato. Aunque no se sabía su historia, Emilia era onda especial. Su risa contagiaba a todos y su curiosidad no tenía freno. La mina quería volar más alto que el cielo que veía desde el patio del orfanato. Después apareció Genaro, un pibe pillo con una sonrisa que te desacomodaba. Y voilà, Emilia y Genaro se volvieron inseparables. El flaco le enseñó a hacer lío, y ella le mostró la onda de disfrutar los ratos tranquilos. Juntos, recorrieron cada rincón del lugar. Desde los jardines escondidos hasta los áticos llenos de polvo, cada descubrimiento reforzaba su amistad. A pesar de ser distintos como el agua y el aceite, se bancaban en todas. El tiempo pasó, entre aventuras compartidas y secretos en las noches. Emilia, con una mirada que decía "quiero llegar", soñaba con un futuro sin la incertidumbre del pasado. Genaro, fiel a su onda juguetona, se hizo el confidente número uno de Emilia. Entre risas y charlas al viento, tiraban para adelante deseando encontrar un lugar donde encajar de verdad. Pero el destino tenía otros planes en la cabeza. Emilia se fue del orfanato, con los recuerdos de Genaro a cuestas. Encaró el futuro de frente, pero su corazón siempre guardó un lugar para su amigo de siempre. Y así, en un giro inesperado de la vida, Emilia y Genaro se separaron, dejando atrás la comodidad del orfanato para adentrarse en mundos desconocidos que desafiarían su amistad a través del tiempo y el espacio. ¡Estos dos, Emilia y Genaro, eran una dupla de aquellas! A pesar de las chances de ser adoptados, dijeron "ni en pedo" y se quedaron juntos en el orfanato. Era un lazo re duro de romper, ¿vio? La directora, que vio la posta de su amistad, respetó su decisión de no separarse. Mira que fiera la amistad, eh. Crecían juntos y esa amistad se ponía cada vez más firme. Planeaban alto, con el cielo como límite. Emilia quería ser una artista top, mientras que Genaro apuntaba a ser un inventor de primera. Imaginate, juntos reventaban la imaginación. Armaban castillos en las nubes y creaban bosques encantados en cada rincón libre del patio. Cada juego, cada vuelta, reforzaba ese lazo entre ellos. A pesar de los quilombos y la incertidumbre del futuro, Emilia y Genaro se bancaban todo juntos. Cada problema era una oportunidad para aprender uno del otro. Los que cuidaban el lugar, alucinaban con su amistad. Emilia era pura buena onda, y Genaro metía su ingenio y esa onda aventurera. Era como esas piezas de rompecabezas que encajaban al toque. Con el tiempo, su amistad era como una roca en medio del océano. Los días se hacían semanas, las semanas, meses, y esa unión entre Emilia y Genaro era irrompible, ¿me entendés? ¡Viste, Emilia y Genaro eran como pirañas juntos! La onda entre ellos ni el destino la podía separar, ¡puro oro! El sol salía haciendo su show entre las colinas, re marcando que era el día del festival en el orfanato. Una movida re linda, con juegos, risas y esa onda de solidaridad entre todos. Emilia arrancó el día re pilas, a puro entusiasmo. Fue volando a buscar a Genaro, que seguía roncando como un campeón. "¡Genaro, a mover el esqueleto!" le tiró Emilia, moviéndolo un poco. Genaro se estiró con paja, tratando de despertarse. "¿Qué onda, Emilia? ¿Qué hora es?" preguntó todavía medio dormido. "¡Es el día del festival, che! ¡Arriba, que se nos va el tren!" le contestó Emilia, con toda la emoción en el aire. A Genaro se le abrieron los ojos al toque, acordándose de la fiesta. Con un brillo en la mirada, se levantó al toque y se puso en acción. "¡Claro, claro! ¡Vamos que no hay tiempo que perder!" Los dos salieron corriendo al patio, re metidos en la movida del día. Estaba todo a full: globos, banderas, risas por todos lados. Emilia y Genaro se sumaron al quilombo, metiéndose de lleno en la fiesta. Jugaron, se mandaron unos dulces y se mataron de risa, armándose memorias para guardar. En un momento, Genaro retó a Emilia: "¡A ver quién sale primero del laberinto!" "¡Jajaja, ni lo dudes!" le contestó Emilia, re desafiante. Los dos se mandaron para el laberinto de setos, corriendo y riéndose a morir. Emilia picó al frente, pero Genaro, con un truquito, agarró el camino más corto y salió primero. "¡Soy el rey del mambo!" gritó Genaro, festejando su victoria. Emilia, también cagada de risa, le dio la razón. "¡Bien ahí, Genaro! ¡Pero para la próxima voy a dar más guerra!" Así siguieron todo el día, a pleno en el festival, cagándose de risa y viviendo cada segundo. Cuando el sol se empezó a bajar, cansados pero chochos, se sentaron juntos en un rincón tranqui, viendo el cielo ponerse naranja y rosa mientras el sol se escondía. "¿Sabés, Genaro?" empezó Emilia, mirando el horizonte. "A veces me pregunto qué va a ser de nosotros cuando nos mandemos de acá." Genaro se puso a pensar también. "Sea lo que sea, Emilia, siempre vamos a ser amigos. Nuestra amistad es más fija que estas montañas: sólida y para siempre." ¡Pero qué buena onda, che! Emilia se sintió re reconfortada con las palabras de Genaro. "Sí, siempre juntos, pase lo que pase." Así, con esa amistad re copada que se la bancaba en todas, Emilia y Genaro disfrutaron del atardecer, listos para lo que vendría después en el orfanato. El sol estaba a pleno, pegando fuerte en el orfanato. Ya era el mediodía y después del quilombo del festival, se armó el descanso para almorzar. Emilia y Genaro se mandaron para el área de afuera donde pusieron las mesas para morfar. Todos los pibes del lugar se juntaron alrededor de las mesas, compartiendo platos caseros que los voluntarios habían preparado con cariño. Entre charlas y risas, Emilia y Genaro se sentaron juntos, disfrutando la comida y re metidos en el ambiente festivo. "¡Loco, esto está re bueno!" dijo Genaro, devorando unos fideos con toda la onda. Emilia sonrió, asintiendo con la boca llena. "¡Sí, es un golazo! No sabía que la señora María cocinaba así de bien." Genaro tiró una joda: "¡Habría que pedirle las recetas secretas para llevarnos cuando nos rajemos de acá!" La charla se puso medio seria por un momento mientras hablaban del futuro. Emilia, con la mirada perdida, largó: "¿Te pusiste a pensar qué vamos a hacer cuando nos demos el raje de este lugar, Genaro?" Genaro se tomó un segundo, jugando con el tenedor. "A veces sí. Me coparía armar cosas, inventar algo que sea útil para la gente." Los ojos de Emilia brillaron. "¡Qué zarpado! Yo quiero pintar, viajar por el mundo y mostrar mi arte en galerías." La charla se llenó de sueños y planes, con esa esperanza re fuerte que tienen los corazones inocentes. Entre risas y planes, se imaginaron un futuro lleno de oportunidades. Pero de repente, sonó una canción en la radio cerca de ellos. Era bien movida y algunos pibes se empezaron a levantar de sus asientos. "¡Che, hora de bailar!" tiró Genaro re emocionado, ofreciéndole la mano a Emilia. Ella asintió re contenta y se paró, agarrando la mano de su amigo. Se mandaron al grupo que bailaba al palo con la música. Todos moviéndose como podían y cagándose de risa, re metidos en el mambo. Emilia y Genaro se zarparon bailando, riéndose y dando vueltas al ritmo de la música, armando un momento que iba a quedar en sus corazones después de que se terminara el festival. La música cortó, dejando a todos jadeando y con sonrisas enormes. Emilia y Genaro se sentaron otra vez, tratando de respirar pero con una felicidad que les brillaba en los ojos. "¡Posta que estuvo zarpado!" tiró Emilia, todavía tratando de agarrar aire. Genaro re contra asintió, con una sonrisa que ni entraba en su cara. "Mal, estos ratos son los mejores, ¡no hay duda!" Y así, entre la comida, los sueños y la joda, Emilia y Genaro disfrutaron al mango de su amistad, sabiendo que cada momento era re valioso y se iba a quedar guardado siempre en el orfanato. El festival seguía re piola en el orfanato. La tarde se mandaba y una brisa tranqui se metía entre los árboles, re tranqui en el patio. Emilia y Genaro decidieron tomar un break del quilombo por un rato. Se mandaron a un rincón más tranqui del patio, donde estaba colgado un viejo columpio moviéndose con el viento. Se sentaron en un banco cerca del columpio, re conectados con el momento tranqui. No había incomodidad en el silencio entre ellos, re cómplice, como solo los mejores amigos entienden. "¿Te acordás cuando encontramos este columpio, Genaro?" largó Emilia, cortando el silencio con su voz tranqui. Genaro asintió, con una sonrisa que daba nostalgia. "Sí, fue una de las mejores cosas que encontramos acá. ¿Quién iba a pensar que sería nuestro escondite en días así?" Escucharon una música sonando a lo lejos. Al mirar para arriba, vieron a un músico callejero que se había mandado al festival, tocando una música re linda con su guitarra. Emilia cerró los ojos, re metida en la música. "Es hermosa, ¿no te parece?" Genaro miró al músico, asintiendo. "Sí, re linda. Me hace acordar a esos días en los que cantábamos sin dramas." La música se colaba por todos lados, trayendo recuerdos de sus tiempos juntos. De repente, una canción en particular sonó, una que los dos tenían bien en la cabeza. "¡Esta es la que solíamos cantar!" dijo Emilia, sorprendida. Genaro se paró al toque, invitándola. "¡Dale, vamos!" Ni una palabra más, se mandaron hacia el músico, enganchados con la melodía como si fuera un flash del pasado. El músico los vio venir, sonriendo, y les dio su lugar. Emilia y Genaro se ubicaron enfrente del músico, se miraron y arrancaron a cantar la canción en armonía total. Las voces se mezclaron como si no hubiera pasado el tiempo, llenando el aire con una onda emocionante. La gente del orfanato dejó todo, re enganchados con el momento. Emilia y Genaro cantaron con todo, reviviendo esos días de puro compinche. Cuando terminaron, el patio explotó en aplausos y gritos. Emilia y Genaro se abrazaron, emocionados y con lágrimas en los ojos. "¡La rompimos!" tiró Genaro, re contento. Emilia asintió, re conmovida. "Sí, fue mágico." El músico se les acercó, re emocionado. "Gracias por compartir su talento. Fue algo re especial", dijo con una sonrisa. Emilia y Genaro le agradecieron al músico y se fueron, con el corazón lleno. Se sentaron otra vez en el banco, abrazados en un silencio lleno de sentimientos. Ese momento musical les trajo recuerdos profundos, confirmando esa conexión irrompible entre Emilia y Genaro, una amistad que aguantaría todo y más. El día del festival se terminó y el atardecer pintó el cielo con colores dorados y rosados. Emilia y Genaro se quedaron sentados en el patio, viendo cómo el sol se escondía en el horizonte. La atmósfera se llenó de una paz solemne, justo antes de que salieran las estrellas a brillar en el cielo. "¿Qué lindo, no?" tiró Emilia, mirando el cielo. Genaro asintió, metido en sus cosas. "Total, es como una obra de arte que cambia todo el tiempo. Cada atardecer es distinto." Un silencio copado se armó entre los dos mientras el cielo pasaba de colores calentitos a un azul re oscuro lleno de estrellas. El orfanato se sumió en una onda de paz, en el mambo del atardecer. "Che, Genaro," arrancó Emilia, rompiendo el silencio, "¿te imaginás qué va a ser de nosotros cuando nos vayamos de acá?" Genaro la miró en serio. "Sí, a veces me pinta pensar en eso. Me preocupa qué va a pasar cuando nos mandemos." El aire de la noche soplaba entre los árboles, trayendo un poco de nostalgia y un toque de dudas. Pero los dos tenían una idea bien clara. "Genaro, hagamos una cosa," propuso Emilia, re decidida. "Prometamos que, pase lo que pase, siempre vamos a ser amigos. Que nuestra amistad va a bancar la distancia y el tiempo."
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