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872 Palabras
El sol chusmeaba entre las cortinas, pintando de luz este puchero de departamento donde yo intentaba arrancar el día con mi café y una pizca de paz. Pero, obvio, mi teléfono se puso loco y cortó la onda de mi tranquilidad. Cuando vi el nombre que parpadeaba en la pantalla, mi corazón se fue al bombo. —Hola, ¿qué tal arrancaste el día? —Max sonaba emocionado, siempre con esa energía. —Max, ¿siempre vas a ser el rey de interrumpir mis mañanas tranquilas? —tiré una broma aunque no estaba tan tranqui. —Mirá, tengo un laburo que te puede interesar. Es para el jefe más duro y malhumorado de la city, Camilo Milei. El sueldo es un golazo, pero dicen que trabajar para él es un re quilombo. Mis ojos se agrandaron. ¿Laburar para ese jefe? ¡La cabeza me hizo un lío! Después de pensarlo un cachito, tiré: —Estaría piola. ¿Dónde tengo que firmar? *** Los días se hicieron semanas y me sumergí en el despelote organizado que era laburar para Camilo. Aprendí a prever lo que necesitaba y a resolver antes de que el drama explotara. Pero abajo de esa facha tranqui, tenía un drama oscuro: la traición de mi marido. Una tarde, Camilo me tiró una propuesta re loca. —Emilia, necesito tu ayuda. Mi familia piensa que no puedo tener novia por mi discapacidad. Quiero que finjas ser mi novia delante de ellos. Me quedé helada, re sorprendida. A pesar de estar en cualquiera, acepté. ¿Qué onda? Fingir una relación no podía ser peor que esconder un matrimonio hecho pelota. *** El viaje al extranjero fue un break, una escapada de la posta. Se transformó en una aventura donde no sabía qué era fingido y qué era real. Entre besos y sonrisas truchas, algo se empezaba a cocinar entre nosotros, algo que no quería reconocer. Al volver, la mentira era más densa, pero también era un refugio para dos almas solitarias. El encontronazo con nuestras familias, las miradas de "¿y esta?" y corazones en crisis, era el principio de un quilombo emocional que nos iba a consumir. Yo estaba entre mis sentimientos y lo que se esperaba de mí, mientras Camilo batallaba con sus propias limitaciones y el amor que iba creciendo entre nosotros. ¿Podríamos afrontar juntos el re quilombo de emociones y desafíos que se venían? El inicio de esta historia, con engaños y sentimientos escondidos, era solo el comienzo de un viaje lleno de altibajos que nos iba a cambiar la vida para siempre. La vuelta al país se convirtió en un quilombo de emociones para Emilia y Camilo. La tierra que una vez conocieron ahora se veía como un mundo desconocido, lleno de expectativas que los ponían en alerta. El taxi se abría paso en el tráfico, yo agarrándome del asiento, llena de nervios por lo que nos esperaba. La farsa que empezó como un jueguito ahora parecía tan posta que encarar a nuestras familias me hacía sentir un toque ansiosa. La mansión de los Milei se alzaba, imponente y con pinta de que se venían líos incómodos. Su timbre sonó, empezando la función que pondría a prueba esta historia de pacotilla. La puerta se abrió despacito, revelando una sala llena de caras esperando algo. La mamá de Camilo me miró con una chispa de esperanza que me dejó helada. Se armó la bola de murmullos, susurros y caras de sorpresa. —¡Emilia! ¡Qué locura verte aquí! —gritó la mamá de Camilo, abrazándome como si nos conociéramos de siempre. —Sí, re sorpresa. Vinimos a contarles algunas cosas —contesté, tratando de tapar la incomodidad con una sonrisa forzada. La mirada de Camilo me buscó, onda "Estamos juntos en esto". Él, con su presencia fuerte pero re tranqui, se acercó y agarró mi mano, desatando el caos de miradas curiosas y chismes flotando. —Viejos, tengo algo para decirles. Emilia y yo... —Camilo se trabó un cachito, con todos los ojos clavados en él—. Estamos en una. Ella le dio luz a mi vida, algo que ni yo sabía que podía pasar. La habitación quedó en un silencio incómodo, solo se oían mis latidos re acelerados. Las palabras de Camilo habían tirado el dado, arrancando una tormenta de emociones que nos iba a consumir. De la sorpresa a la incredulidad, todo en la habitación estaba en revuelo. El viejo de Camilo, re serio, se levantó y se nos acercó. —Si eso te hace feliz, hijo, nos pone re contentos. Bienvenida a la familia, Emilia —dijo, estirando la mano como señal de aceptación. Nos relajamos un cachito, pero el drama seguía flotando. Yo agarraba la mano de Camilo como flotador, buscando apoyo en el quilombo que se había armado. Se terminó el primer capítulo de esta nueva etapa, pero el camino por delante tenía más curvas que una montaña rusa. ¿Podrían seguir con la mentira mientras se la rebuscaban con los sentimientos cada vez más posta entre ellos? La tela de las mentiras se hacía más fina, como si en cualquier momento se fuera a romper y a mostrar la posta detrás de nuestra relación enredada.
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