A Helena siempre se le dijo que tenía que guardar la calma en las situaciones más nefastas que se le presentaran en su día a día. Que tenía que ser amable con el prójimo y dar la otra mejilla si era cacheteada. Pero si algo aprendió la mujer en esos últimos tres años es que esas enseñanzas eran un lujo, un lujo que no siempre se podía dar. A veces se necesita un poco de maldad para darte tu lugar. La habían educado para ser una persona paciente, tranquila y sobre todo muy sincera. Aborrecía la hipocresía y era uno de los pecados que las hermanas del orfanato de monjas le habían enseñado que era uno de los peores pecados que podían existir. Sin embargo, para ser sincera no podía dar la otra mejilla, no podía guardar la calma sino quería ser hipócrita. Amanda se había ganado ese pequeño ati

