8. Los secretos del millonario

1615 Palabras
No supe cuál era la reacción que debía tener en ese instante, pero lo único que hice fue salir de la habitación y correr hacia él. — ¡Máximo! Su espalda erguida se detuvo en frente en mí, y luego de unos cortos segundos me encaró. La expresión que me ofreció su rostro fue indiferencia y severidad. — ¿Desde qué momento dejé de ser el señor Kahler? —El tono que uso fue tan ajeno y lacónico que casi me atravesó. —Yo realmente no quise decir... —Traté de excusarme, traté de terminar la frase, pero esta simplemente no llegó. —Fue realmente lo que quisiste decir. Sin embargo, no soy del tipo que le afecta lo que una muchachita con problemas de autoestima piense de mí. —Su mirada se oscureció cuando creí que había terminado de hablar—. Y cuando lo decidas, Flavio te llevara de vuelta al frio ático que no luce como un hogar para ti. No obstante, es donde vivirás hasta que yo lo decida. Acto seguido, con aquella imperturbable mirada que me ofreció, giró sobre su eje y se marchó por el amplio pasillo. Dejándome con la respiración atascada dentro de mis pulmones. Sentí como mis manos hormigueaban en el segundo que me di cuenta que mis uñas estaban clavándose duramente sobre mis palmas, y cuando finalmente lo vi desaparecer, me dejé ir. Me vi cayendo por un precipicio sin fondo. Vi la maraña de emociones que volaban por todos lados. Vi como todas las sombras a mí alrededor se apagaban y dolorosamente, el corazón se me redujo a nada. *** —Señorita Landaeta. —La voz petulante del profesor Garcés, provocó que todos pusieran sus ojos sobre mí—. La veo concentrada en todo, menos en su evaluación. El menosprecio que emanó su mirada me quemó con tanta violencia, que me encogí sobre mi asiento, clavando duramente mis ojos sobre la hoja que aun, después de cuarenta minutos, permanecía en blanco. Unas risas burlonas se escucharon en la última fila, otras pocas se le unieron y el profesor Garcés no hizo nada para detenerlas. —Creo que la señorita Landaeta no se preparó lo suficiente. —Cuando la hoja fue arrancada de mi mesa y la imponente figura del profesor de finanzas, estuvo en frente de mí, me puse de pie—. ¿Desea entregar su evaluación ya? —Yo... —No vayas a llorar, no vayas a llorar... —Todavía quedan veinticinco minutos más para que ella decida si desea entregar o no, con todo respeto, señor Garcés. —Todos buscaron el dueño de esa voz, e inclusive yo. En el umbral de la puerta, un rostro vagamente familiar estaba cruzado de brazos. Sus ojos azules me penetraron con tanta intensidad, que un escalofrió inminente recorrió mi espina dorsal. Lo había visto antes, sabía que lo había visto antes. Tuve que retroceder sobre la marcha, para darme cuenta de quien se trataba. Daniel Kahler... Todo dentro de mi se redujo a sensaciones inconexas con su presencia, que tanto, como la primera vez que lo vi, sus ojos me gritaban algo que yo no podían entender; simpatía... Todo mi cuerpo comenzó a temblar y en medio del silencio que se extendió en todo el salón, mis pies por inercia salieron corriendo de allí, rozando el brazo de Daniel quien aún permanecía junto a la puerta. — ¡Espera! —Sabía que se trataba de su voz, sin embargo, no me detuve—. Ariel, espera. Una de sus manos me tomó por el antebrazo, lo que provocó que mis pasos redujeran su marcha y con toda la vergüenza del mundo, traté de ocultar las lágrimas que estaban escapándose sin que yo tuviera la oportunidad de detenerlas. — ¡Hey! —Sus manos tomaron mi rostro, ahuecándolo y obligándome a mirarlo. Por más que traté de negarle la mirada, no fui lo suficientemente fuerte—. No vale la pena. ¿De acuerdo? Garcés esta jodido por los Kahler, y sabe que tú eres la protegida de Máximo. No llores, Ariel, no llores. Sequé las lágrimas y asintiendo, me alejé de su tacto. —No lo entiendo. —Es una historia jodida que tiene el, no le des demasiada importancia. —La sonrisa que adornó su rostro, me consumió—. Déjame llevarte a casa. — ¿Qué pasa con ustedes los Kahler y ese sentido de protección sin un motivo real aparente? —Llámalo instinto si quieres, Ariel. Nos encaminamos fuera de la universidad y mientras avanzábamos, todas las miradas escudriñaban con curiosidad sobre nosotros, como si la sorpresa bailara en ellos. MÁXIMO Cuando llegué al complejo residencial, el auto plateado de mi hermano, se estaba estacionando. ¿Qué demonios estaba haciendo aquí? Venía acompañado, en el lado del copiloto una jovencita con melena alborotada que rebuscaba algo entre los asientos, llamó mi atención. Me tembló el pulso cuando descubrí de quien se trataba. Ariel, a través de le ventana, levantó la cabeza y me observó asombrada. No transcurrió demasiado tiempo para que Daniel se diera cuenta de ello. Ambos bajamos del auto, yendo directamente el uno hacia el otro. — ¿Hay una jodida explicación para esto, Daniel? —Refunfuñé en su dirección. Dedicándole por un instante, una mirada soberbia a la jovencita con semblante ansioso de aquel lado. —Garcés está tomándolo en contra de ella. —Respondió. Asegurándose de que Ariel, no llegara a escuchar nuestra conversación. —Ese jodido imbécil, después me encargaré de ello. ¿Qué tiene que ver con que Ariel este ahora mismo en tu auto? —La ha estado humillando Máximo, tienes que intervenir. Por suerte, esta vez yo lo hice y simplemente le ofrecí traerla a casa. Era un mar de nervios, no podía dejarla venirse así. —Se defendió cruzándose de brazos. Yo sabía que no se trataba simplemente de eso. Él estaba tratando de acercarse a ella por su cuenta. No estaba respetando nuestro jodido acuerdo e iba a patear su culo si Ariel o mi madre salían lastimadas por su imprudencia —Ella tiene un chofer a su disposición. Que sea la última vez que te acercas a ella. —Le advertí—. ¿Puedes por una puta vez en tu vida, acatarlo? —El mismo cavernícola de siempre. — Soltó con una risa amarga—. Espero que toda esta mierda valga la pena, porque es tiempo de que... Por suerte, para él, nuestra conversación llegó a su fin cuando Ariel salió del auto y comenzó a acercarse. — ¿Sucede algo? —Su voz era suave y delicada, siempre. —Nada en lo absoluto. —Ambos se ofrecieron una sonrisa que de inmediato supe cuanta conexión había en ellas—. Te veré luego. Se despidió con un beso sobre su frente y ella le siguió con la mirada hasta que se subiera al auto. Había demasiada simpatía entre ellos. Cuando volvió a mí, sus ojos azules se apagaron. Sabía que era una completa tontería cuestionar que se llevaran tan bien, eso era inevitable, sin embargo, pese a toda la mierda que pensaba ella de mí, no la quería saber lastimada. Ambos entramos al elevador en silencio. La tensión que siempre emanaba de nosotros, era casi abrasadora. De reojo, la vi morderse el labio inferior, estaba nerviosa. La había estudiado tantas veces, que ese gesto en ella ya era demasiado particular. Estábamos a nada de llegar al último piso cuando su voz temblorosa pronunció: —Lo siento. Por instinto, y como un salvaje, detuve el curso del elevador y la rodeé con mis brazos, apegándola entre mi torso y las paredes frías que arrancaron un gemido de sus labios. Su cuerpo temblaba ante mi cercanía y sus labios delgados en forma de corazón, se abrían y cerraban, como si estuvieran tratando de decir algo y las palabras no llegaban. Era preciosa, completamente preciosa y tuve que tenerla así de cerca para darme cuenta de ello. El intenso azul de sus ojos era un constante vaivén de dos olas que chocaban. Sus pestañas largas y gruesas que cuando pestañeaba, tocaba esa notable profundidad de sus ojeras, y que decir de su nariz, era delgada y cubierta por algunas pecas dispersas. ¿Pero qué jodido infiernos estaba pasando por mi cabeza? Me reprimí a mí mismo por el rumbo que estaban tomando mis pensamientos, sin embargo; en vez de alejarme, me cerqué más. — ¿Así que crees que soy un hombre vacío que lo único que tiene es dinero? —Ella no dejó de observar mis labios moverse en el proceso. Una de mis manos sostuvo su cintura con tanta fuerza, que supe que estaba tratando de fruncir el ceño en molestia. La otra, simplemente la acorralaba colocándola sobre la pared detrás de ella, a la altura de su cuello. —Yo... — ¿Realmente quieres saber cuan vacío estoy? —Su cuerpo tembló ante mi pregunta. Cogí su mano y entrelacé mis dedos con los de ellas. Llevándola directamente a mi corazón, el cual estaba latiendo como un loco sin frenos. —Mi vida ha sido una mierda. Una jodida mierda, Ariel. Pero todavía hay algo que late allí adentro y ni siquiera sé cómo es eso posible. — Pude notar como las dos joyas azules de sus ojos, bailaban al mismo tiempo que se humedecían—. Y por favor, no llores. Deshice nuestro contacto y apreté el botón del elevador. Las puertas se abrieron un instante después, y salí disparado de allí inhalando por aire. —Señor... —Ahora no, Flavio. —Le callé mientras llegaba a mi despacho y cerraba la puerta detrás de mí.
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