7. Dolorosa sensación

1818 Palabras
Sus ojos, humedecidos por las lágrimas que trató de reprimir de inmediato, me observaron un instante con una sonrisa apagada. Mi corazón no supo si latir o detenerse ante la información que acababa de soltar. —Me divorcié luego de un par de meses. Ella se encargó de que la separación fuera lo más lenta posible. Se negaba a ir a las citas con los abogados, atrasaba la firma del divorcio y separación de bienes, creyendo que con el tiempo ella podría recuperarme. Me había perdido completamente, y yo había perdido a las dos personas que más amaba. Un nudo se instaló en la boca de mi estómago y pude observar de soslayo, como las gotas de lluvia pinchaban los cristales, el frio se intensificó y mi cuerpo tembló en el proceso. — ¿Tuvieron dos hijos? —Me atreví a preguntar, sin embargo, me arrepentí poco después. El hombre en frente de mi estaba destrozado y yo pretendía que me contara más. —Ella tuvo dos mellizos antes de conocernos. Tenían dos años cuando le propuse matrimonios. Ambos éramos muy jóvenes, sin embargo, yo quise hacerme cargo de ellos. Los vi crecer, les di amor y educación, los vi como mis hijos desde el primer instante. Son mis hijos, Ariel, y no hay nadie que pueda decir lo contrario pese a que no pueda adoptarlos. Las ganas de echarme a llorar hormiguearon por todo mi cuerpo. ¿Por qué quería llorar? Me reprimí a mí misma y tuve que inhalar fuertemente mientras me acercaba unos cuantos pasos inseguros hasta él. — ¿Por qué no pudiste adoptarlos? En ese instante, la sangre drenó su rostro. Era una mezcla de dolor y rabia. Una mezcla de decepción y vergüenza. Sus ojos avellanas, se habían transformado de un segundo a otro en algo irreconocible. Algo estaba dolorosamente quebrándolo, pese a que quería mantener esa expresión firme e inquebrantable en su rostro. —Hay cosas de las que simplemente no se pueden hablar. —Se puso de pie, rozándome el hombro y volviendo a su escritorio tomó mis libros en sus manos y me los tendió—. Buena suerte en tu examen. — ¿Qué es eso que le atormenta señor Kahler? —Tomé los libros, pero no me moví un centímetro. Nuestros ojos se escudriñaron y se mantuvieron allí, presos y ajenos a la realidad que nos rodeaba. No había nada más en ese instante que él y yo, embaucados por un silencio violento que finalmente habló. — ¿Acaso tú me contarías tu historia, Ariel? El terco, impredecible y reservado Máximo Kahler, había regresado. —Yo no tengo ninguna historia. —Respondí, tratando de mantenerme dentro del control que sujetaba su mirada. —No te van bien las mentiras. —Esbozó una sonrisa con muy poco humor. — ¿Qué sabe usted de mí? ¿Él sabía acerca de lo que me había hecho Benjamín? La vergüenza tiñó mis mejillas y quise salir corriendo de allí. ¿Qué tanto había indagado acerca de mí? —Ve a descansar, Ariel. —Buenas noches, señor Kahler. Máximo no hizo ningún movimiento, solo se limitó a quedarse allí de pie, observándome con la mandíbula apretada y su postura erguida. Yo tampoco me moví o articulé una palabra más. Nuestros cuerpos no estaban lejos el uno del otro. Nuestras respiraciones podían escucharse en medio de tanto silencio y por la forma en como mi corazón latía, creí que él podía escucharlo. No supe en que momento avanzamos el uno al otro. No supe en que instante estábamos a escasos centímetros. Con la boca seca y las piernas temblándome, me reñí a mí misma por permitir que su cercanía me hiciera temblar de esta manera, ya mis piernas no sabían cómo quedarse quietas. ¿Por qué seguíamos avanzando? ¿Acaso una corriente de aire podía pasar en medio de nosotros? Me lo cuestioné cuando ninguno de los dos ya podía avanzar un centímetro más. Su cálido aliento golpeó mi mejilla y se me erizó la piel. Inhalé, tratando de enviar aire a mis pulmones y su perfume varonil, invadió mis fosas nasales de forma desesperada. Todo el universo, comenzó a detenerse lentamente, mientras nuestras miradas conectaban como si encajaran perfectamente, como si ese universo no existiera, como si una bomba de tiempo estuviera a punto de estallar en ese momento y no importaba, nada más importaba. ¿Qué estaba ocurriendo? Yo sabía perfectamente que estaba ocurriendo, cuando su rostro comenzó a acercarse al mío, lentamente y dudoso... Entonces, el sonido de su celular nos hizo alejarnos de súbito. —Diga. —Refunfuñó al otro lado de la línea, dándome la espalda. Mientras yo jadeaba y las manos me sudaban—. De acuerdo. Cuando volvió hacia a mí, la expresión desencajada de su rostro, me indicó que algo estaba mal. —Tu madre acaba de entrar a urgencias. No supe cómo reaccionar ante la información. . . . El silencio que se propagó entre nosotros una vez que subimos al auto, casi me consumió. El viaje hacia el hospital se había hecho eterno. Mi mente era una constante marea de pensamientos que iban y venían, chocaban los unos contra los otros y yo no sabía cómo sentirme al respecto. La idea de saberla gravemente herida, lastimada o al borde la muerte se hundía como un peso sobre mi estómago y me asustaba que mi cuerpo no reaccionara de la forma adecuada. Desde que tenía memoria, Graciela nunca había sido buena conmigo. Para ella, era un constante recordatorio de que le dañé la vida, le arrebaté la belleza y juventud. Siempre, se encargaba de recordármelo. Me humillaba, golpeaba, me dejaba encerrada por horas sin comida y agua hasta que mi padre regresaba. Desde que él murió, todo fue peor, mucho peor. Solté todo el aire que había estado reteniendo en mis pulmones e inhalé temblorosamente en el proceso y el frio que se extendió dolorosamente por mi pierna, se debió al tacto que me ofreció Máximo con su mano, colocándola encima del muslo descubierto al final de la falda. —Tu madre está en las mejores manos. —Musitó muy cerca de mi oído. — ¿Cómo lo sabes? —Observé a través de la ventana como todas las luces desfilaban a velocidad. —Me he encargado de que así sea. Curiosamente, eso me reconfortó. Flavio aparcó en el estacionamiento una vez que llegamos al hospital y de inmediato se bajó para abrirnos la puerta. Le ofrecí una sonrisa triste que él me devolvió con un leve asentimiento y bajé, sabiendo que Máximo me seguiría. —Por aquí. —Su mano viajó por mi espalda baja y me guio hacia las grandes puertas mecánicas que se abrieron cuando nos acercamos. El elevador ya nos esperaba abierto, el cual nos llevó hacia el cuarto piso del alto edificio. Enfermeras iban y venían cuando las puertas se abrieron .El olor a desinfectante inmediatamente me provocó dolor de tripa, Máximo lo notó. — ¿Te sientes bien? —La preocupación que bailó en su voz, hizo que mi corazón brincara tres latidos seguidos. Asentí con una media sonrisa y avanzamos. Fue el quien se acercó a recepción y saludó con cordialidad a la mujer joven de cabello rubio que le devolvía la sonrisa amablemente, como si se conocieran de antes o fueran muy cercanos. Intercambiaron algunas palabras que no pude escuchar y finalmente asintió. Máximo me guio en silencio por un amplio pasillo. Algunas enfermeras le sonreían y el simplemente se limitaba a asentir en el camino. Cuando llegamos a la última habitación, un hombre que rondaba los cuarenta, salió. —Máximo. —Saludó con un apretón de manos. —Thomas—. Le devolvió el gesto—. ¿Qué ha pasado? —Lo mismo, una sobredosis. Mi pecho se comprimió ante la información y casi perdí el control de mis propias piernas, sin embargo, conseguí sostenerme sobre mi misma. — ¿A qué se refiere con que ha pasado lo mismo? ¿Mi madre había ingresado antes aquí? El semblante en el hombre en frente de mí, se transformó en algo incierto cuando sus ojos se posaron sobre mí por un corto instante, luego, desvió su vista hacia Máximo, como si no tuviera las palabras adecuadas para decir. —Te lo explicaré luego. —Susurró cerca de mi cuello—. ¿Puede entrar a verla? El doctor asintió, y me indicó el camino hacia la habitación. Una sensación escalofriante recorrió cada partícula de mi cuerpo cuando la vi, con la piel arrugada y restos de maquillaje exagerado por su rostro. Lucia desgastada y la expresión que reflejaba su rostro era tan ajena a la realidad que me asustó. Tragué el inmenso nudo que se extendió por mi garganta y sigilosamente me acerqué. Me temblaban las manos, las piernas, me temblaba la vida saberla así. Sin embargo; una parte de mí no podía sentir tristeza por ella, esa que fue tan lastimada y humillada por la mujer que yacía sobre aquella camilla. La misma que con sus agresiones me desgastó, me rompió en tan pequeños trozos que no encontraba la forma de unir esas pequeñas piezas en una sola. Estaba demasiado lejos de conseguirlo. La vi removerse incomoda entre las sabanas, antes de que sus ojos inyectados de sangre, se encontraran con los míos. —Mírate. —Susurró con apenas una voz audible, pero cargada de ironía—. Esos zapatos caros y esa ropa de diseñadoras. Todo eso que tienes es gracias a mí. — ¿Realmente crees que era todo esto lo que necesitaba? —Le cuestioné tratando con muchas fuerzas de detener las lágrimas que amenazaban con escapar—. Te necesitaba a ti... —No seas melodramática, Ariel. —Rodó sus ojos al cielo e incómodamente se incorporó—. ¿Sabes cuantas veces en mi juventud intenté tener lo que tienes tú ahora? Agradéceme haber... — ¿Haber qué? —Le interrumpí de tajo—. ¿Haberme arrojado a los brazos de ese hombre por unos cuantos dólares? Yo no valía tan poco, mama. Todo esto es tan superficial. Lo único que necesitaba era una madre, necesitaba tu cariño, necesitaba un hogar caluroso, necesitaba que me cuidaras en los días de enfermedades. Una risa carente de humor surcó de sus labios y negó burlonamente con la cabeza, no obstante, no me detuve —Lo único que hiciste fue enviarme a casa de un hombre prepotente, enviarme a cuatro paredes tan frías que están lejos de ser un hogar. Ese hombre es tan distante, tan ajeno, tan ridículamente millonario que es lo único que tiene, dinero, porque esta tan vacío. —Creo que al príncipe azul no le gustó escuchar eso. Sus ojos observaron por encima de mi hombro, y cuando imité su acto, Máximo ya se alejaba por la ventanilla de la habitación. Se me comprimió el corazón
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