Doce años antes…
—Anastasia, por favor, no llores. ¡Te prometo que será la última vez que me burle de tus trenzas! —suplicó un desesperado Oliver, viendo a su mejor amiga llorar, mientras se escondía detrás de un árbol para que su padre no la descubriera.
—No es por eso que lloro, tonto —respondió Anastasia entre hipidos, mirando ansiosamente hacia todos lados. Estaban en el patio del colegio.
—¿Entonces por qué es?
La mente de Anastasia viajo a lo ocurrido esa mañana, cuando su padre se enteró de la citación puesta en su cuaderno por la maestra el día anterior: “He encontrado a Anastasia, fijándose de los resultados de sus compañeros en el examen de álgebra.”
Su padre, Giovanni Sidorov había explotado en cólera, comparándola con su hermano mayor y diciéndole que por esa razón hubiese preferido tener solamente hijos varones. Según su padre, ella únicamente servía para maquillarse y para hacer esas inútiles pasarelas en las que la había inscrito su madre desde los ocho años. Lo peor era que, de alguna manera, sabía que tenía razón.
—Ha vuelto a compararme con él —le contó a Oliver, su mejor amigo y, según habían dicho sus padres, su futuro marido.
Al nacer en el seno de dos grandes imperios, tanto Oliver como Anastasia, estaban obligados a cumplir con ciertas exigencias que venían con el apellido. Tenerlo todo en la vida, también tenía un alto precio a pagar.
—No lo escuches. Tú eres mejor que ese tonto de Vasily —la animó entonces.
Anastasia sonrió, mientras Oliver se dedicaba a limpiar el rastro de lágrimas que había quedado en su mejilla.
De esa manera, transcurrieron los años, para cuando Anastasia había cumplido sus diecisiete años de edad, era una hermosa señorita que siempre se hacía notar. Su padre seguía insistiendo en que su única cualidad era la belleza que poseía y que debía siempre cuidar de esa cara bonita si quería triunfar en la vida.
Lo cierto era que Giovanni estaba más que complacido con el cortejo de Oliver, quien ya se comportaba como una pareja oficial, aunque para estas alturas todavía no se habían dado ni siquiera un beso.
Ella prefería el amor a la antigua, algo más dulce y romántico, como solía ver en esas series coreanas que su padre tanto satanizaba.
Y he ahí cuando conoció a Nikolay, el chico nuevo que había entrado a última hora en el colegio y, quien rápidamente, se hizo un amigo inseparable de Oliver. Los dos se la pasaban juntos todo el tiempo.
Los meses fueron transcurriendo y Anastasia se descubrió soñando con Nikolay todas las noches, se descubrió imaginándose un mundo donde ambos podrían ser felices… donde no estaba atada a un matrimonio de conveniencia.
—Anastasia, has sido siempre mi mejor amiga —comenzó Oliver aquella tarde de invierno, se notaba nervioso—. Sé que estamos destinados a casarnos. Pero quiero que sepas que te quiero, siempre te he querido, Anastasia, y para mí este matrimonio no es una carga. Es lo más hermoso que me pasaría. ¿Dime sientes lo mismo? ¿También cuentas los días que faltan para que eso suceda? Porque yo estuve hablando con tu padre y me gustaría adelantar la boda…
La mente de Anastasia quedo en shock cuando escuchó las palabras: “adelantar” y “boda”. Ese día salió corriendo y no pudo darle una respuesta coherente a Oliver respecto a su confesión.
Lo siguiente que hizo fue estúpido, pero en vista de que su destino estaba escrito desde que nació, ella quería vivir de verdad, vivir aunque fuera por un momento…
—¡Nikolay! —llamó al muchacho cuando lo divisó en la entrada del colegio. Era muy temprano y luego de un fin de semana, el resto del alumnado solía llegar más tarde.
Nikolay se acercó un poco intrigado por su repentina llamada, la conocía apenas. Oliver le había dicho que era su prometida, así que siempre había mantenido las distancias; sin embargo, el tema que Anastasia quería tratar con él, no tenía nada que ver con cordialidades o desapegos. Anastasia quería algo más.
—Me gustas —dijo la muchacha.
Nikolay no tardó en encararla sobre su inminente compromiso, a lo que Anastasia, decidió evadir con la excusa de querer experimentar. Lo cierto era que Nikolay no se pudo resistir a la chica más hermosa de la preparatoria, comenzando así una relación a escondidas que duro meses y que, termino en un enamoramiento por parte ambos. Lamentablemente, ese amor estaba destinado a terminar demasiado rápido.
Oliver explotó en ira cuando los descubrió besándose en el jardín de la institución.
Un compromiso roto, la misteriosa partida de Nikolay y el repudio de su padre, fue lo que obtuvo Anastasia, como resultado, de su intento de ser una adolescente normal.
Años después nada de eso importaba ya. La superficialidad de su vida y el intento desesperado de querer agradar a su progenitor, la llevaron a solucionar un compromiso el cual no deseaba, pero esa era su única salida para no perder la herencia que Giovanni amenazaba con quitar.
Lastimosamente, el Oliver que la amaba fervientemente parecía haber desaparecido, pero se encargaría de hacerlo regresar como diera lugar… incluso si eso implicaba quitar a Adriana del camino.
[...]
Apenas lo había conocido, pero necesitaba poner en marcha su plan. Esteban Belov era su objetivo, la información que le podía revelar le ayudaría a comenzar con el declive de las empresas Volkov. Justo lo que quería. Quería ver como Oliver caía en la desesperación día tras día, al ver como su preciada empresa comenzaba a perder prestigio.
—¡Esteban! —lo llamó Adhara, acercándose con un pequeño trote.
El hombre en cuestión, se giró bastante sorprendido al verla acercarse a él por voluntad propia. Aparentemente, Esteban seguía arrepentido de haber besado a su hermana sin su permiso y de haber iniciado una pelea que los hizo terminar con su amistad y, casi, perder también su puesto en la empresa.
—Adriana, ¡hola! —la miró, apenado. Se notaba nervioso, al parecer no sabía ni qué decir.
Así que Adhara decidió tomar el rumbo de la conversación. Luego de haber leído el diario de su hermana la noche anterior y, de haber descubierto que tan complicada había sido la relación de ambos, ya tenía una idea más estable de cómo debía comportarse en presencia de Esteban.
—Tenías razón —le dijo entonces.
—¿Razón? ¿Sobre qué? —se mostró confundido.
—Sobre todo. Debí escucharte —el arrepentimiento presente en su voz. Si tan solo Adriana verdaderamente si lo hubiese escuchado cuando le dijo que Oliver no era bueno para ella—. Tenías razón sobre Oliver. Es un mal hombre y un mal esposo.
La expresión de Esteban se oscureció.
—¿Te ha hecho algo? ¿Te ha lastimado? —parecía genuinamente molesto y preocupado.
—No como tal —contestó con cierto recelo al saber que estaba mintiendo. Oliver, si le había hecho daño a Adriana, la había envenenado, la había matado, pero no podía contar esa parte de la historia. Aún no confiaba del todo en Esteban. Seguían siendo un desconocido—. Pero no quiero hablar sobre eso. ¿Qué tal si volvemos a intentar ser amigos? Me alegraría mucho recuperar tu amistad.
Esteban se lo pensó por un momento antes de sonreír.
—Nada me haría más feliz —dijo.
Y así, los días fueron transcurriendo en esa misma dinámica, solía verse con Esteban a la hora del almuerzo. Adhara descubrió rápidamente que Esteban realmente era una persona muy agradable y educada. Le gustaba.
—¿Y cómo van las cosas en el trabajo? ¿Algún proyecto nuevo? —preguntó aparentando inocencia, mientras cruzaba los dedos para que Esteban le revelara alguna información sustanciosa.
La mira del hombre se tornó brillante, mientras comenzaba a contarle respecto a una nueva tecnología que estaba intentando implementar, se trataba de la inteligencia artificial utilizada para la personalización de la experiencia del conductor, optimizando así las rutas y favoreciendo al mantenimiento preventivo. Sin duda era una idea ingeniosa y Adhara se encontró preguntándose en silencio, si las empresas competidoras también habían tenido ideas similares.
Si no era el caso, entonces este proyecto millonario se caería en picado.
Esa misma tarde, Adhara tuvo una reunión con el CEO de la segunda compañía automotriz más reconocida de toda Rusia.
—Buenas tardes, señor Smith —saludó entrando en su oficina.
—La esposa de Oliver, no entiendo qué pueda hacer aquí—no respondió a su saludo. Sus ojos marrones la miraban con desconfianza, mientras fumaba de su habano.
—Me apena decir que no seguiré siendo su esposa por mucho tiempo—sonrió, esperando que eso diera a entender el punto de su visita. No había nada peor que una mujer despechada. Y eso Smith parecía saberlo a la perfección.
—Ya veo —se interesó—. Entonces supongo que tienes información para mí.
—Así es.
Adhara se acomodó en su silla y comenzó a relatar con lujo de detalles todo lo recién descubierto, para cuando termino la sonrisa de satisfacción en el rostro de Smith era genuinamente complacida.
—Oh, eres una mujer encantadora —la halagó, gustoso de saber que arruinaría a su competencia al sacar esta idea innovadora primero que ellos.
Adhara salió de ese lugar sintiendo que había hecho lo correcto hasta que un mensaje de texto la hizo dudar de su decisión. Se trataba de Esteban.
“Me gusto pasar esta tarde juntos. ¿Te gustaría hacer algo diferente mañana?”
Se mordió el labio inferior si saber que responder, pero entonces el arrepentimiento acudió a ella. No solamente acababa de arruinar a Oliver, sino también el trabajo de Esteban, ya que el uso de esta nueva tecnología había sido su idea.
“Sí, veámonos mañana”, terminó contestando, movida por un sentimiento de remordimiento.
Y así, fue pactado aquel encuentro…