Ese sábado, Adhara se despertó temprano y se miró al espejo antes de elegir un hermoso vestido de verano. Era de algodón con un estampado floral de delicadas margaritas en tonos pasteles. A simple vista era sencillo, pero muy cómodo, justo lo requerido para la ocasión.
Su salida con Esteban no necesitaba de algo más elegante, se suponía que irían a comer algo al parque, mientras miraban la laguna cubierta de patos. Era un plan sencillo. Un plan de amigos. O eso esperaba.
—Señora…
Adhara abrió la puerta justo cuando Greta llegaba con el desayuno. No pudo evitar mirar la bandeja con aversión nada disimulada.
—Hoy desayunaré afuera —informó sin deseos de invertir parte de su tiempo en botar aquello.
—Pero, señora, no debería salir sin comer —insistió haciendo que Adhara sintiera una oleada de rabia apoderarse de su cuerpo.
«¿Cómo se atrevía…?», pensó, conteniéndose apenas de jalarla del cabello.
—Comeré afuera —replicó con más dureza de la esperada. Pero le sacaba de quicio su insistencia, ¿cuánto le pagaban por envenenar a su hermana? ¿Cómo podía ponerle el precio a una vida siquiera?
—Señora, no quise…
—Me importa un bledo lo que quisiste o no, Greta —la interrumpió. Sentía que era el momento de terminar con esta “amistad”. No soportaba su hipocresía. Le molestaba en sobremanera saber que su hermana había confiado en esa mujer que no había hecho otra cosa que traicionarla—. Tú y yo no somos amigas, que te quede claro. Lamento si quizás te hice creer lo contrario. Pero eso fue en un momento de vulnerabilidad. Sin embargo, esa Adriana ya no está. Así que te pediré que te dirijas a mí con el debido respeto y que entiendas que si digo “no”, es no. Y no tienes ningún derecho a debatirlo sin importar tus intenciones. ¿Te queda claro?
Greta asintió, mientras la miraba con lágrimas en los ojos.
Adhara estaba jadeando después de su arrebato, sentía que había corrido un maratón, pero cada palabra pronunciada había salido de lo más profundo de su alma. Estaba cansada de aguantar. ¡Habían matado a su jodida hermana! No podía seguir soportándolos como si nada. Y menos a esa mujer que le llevaba la comida religiosamente todos los días y que, muy seguramente, le insistía de la misma manera para que no dejara nada en el plato.
Segundos después, Greta había huido y Adhara se encontraba tratando de regular su respiración.
«Esteban», pensó en un intento de que la memoria del hombre aliviara su malestar.
Afortunadamente, logró salir de la casa sin ningún otro enfrentamiento, lo cual era una proeza en sí misma.
“¿Dónde estás?”, le escribió entonces a su amigo con una sonrisa.
Esteban le envió la dirección y, exactamente, diez minutos después, estaba estacionando su auto en los Jardines de verano de San Petersburgo.
Esta era la primera vez que Adhara visitaba dicho lugar. Su vida como emigrante, no había sido la más satisfactoria. Desde que se mudó a Rusia con su abuela, a duras penas habían tenido tiempo de sobrevivir como para dedicarse a vacaciones. Luego consiguió una beca para estudiar arquitectura en Inglaterra, lo cual fue un milagro teniendo en cuenta la situación económica de su pequeña familia.
Su abuela murió y quedaron solamente Adriana y ella. Y dudo, por supuesto, que dudo al irse. No quería dejar a su hermanita sola. Pero Adriana insistió tanto en que estaría bien, en que podría valerse por sí misma…
«Sin tan solo se hubiese quedado…», pensó Adhara con pesar, arrepintiéndose por vigésima vez de su decisión.
Tuvo que parpadear varias veces para intentar alejar el cúmulo de lágrimas que acababa de arremolinarse en sus ojos. No se podía permitir llorar. Seguramente Esteban estaba muy cerca y la vería y entonces…
Adhara no pudo contener las lágrimas por más tiempo.
Habían pasado a penas semanas desde la muerte de su gemela, de su hermana, de su otra mitad.
No había tenido tiempo suficiente de hacer el duelo, no había tenido tiempo suficiente de asimilar tan significativa pérdida.
Si estaba de pie era por su deseo de venganza, pero eso, lastimosamente, no devolvería a su hermana, ya nada podía hacerlo.
Ser consciente de eso la hizo derramar lágrimas como una niña chiquita. No sabía qué era lo que lo causaba exactamente, si los recuerdos, si la realidad de su situación o si ese lugar tan pacífico, que le hacía recordar los días más felices de su vida, los días donde solamente eran ella, su abuela y su pequeña hermanita.
—Adriana, ¿te encuentras bien? —se acercó Esteban al verla llorar.
Adhara se apresuró en ocultar las lágrimas, mientras se maldecía a sí misma. Había olvidado que había acudido a ese lugar para encontrarse con él. Simplemente, se dejó perder por un momento en el hechizo del sitio.
—No es nada. Es un parque muy bonito —mintió tratando de achacarle sus lágrimas, al espacioso lugar, a los árboles altos y solemnes y al aroma de paz que se respiraba en los jardines.
—¿Por qué siento que estás mintiendo? —la miró inquisitivo.
Adhara se encogió de hombros, sin darle importancia.
—Adriana, puedes confiar en mí. Soy tu amigo —la tomó del brazo y la encaró con suavidad, haciendo que Adhara confiara. Quizás, no estaba mal después de todo contarle a alguien más…
—Es muy complicado… —trató de evadir el tema, pero era evidente que Esteban no tenía pensado dejarlo pasar.
—Siento que algo grave te está sucediendo —soltó entonces, convencido de esa realidad—. Y estoy casi seguro de que ese algo tiene que ver con Oliver —de repente su voz adoptó un tono más firme—. Dime, Adriana, ¿te hizo algo? ¿Te lastimó? Si es así, entonces voy a matarlo.
—Ya es tarde —las palabras salieron sin que pudiera evitarlo.
—¿Qué?
—Ya es tarde para Adriana —repitió, mientras sus ojos se humedecían de nuevo.
—¿De qué estás hablando, Adriana? No entiendo.
Esteban parecía realmente confundido. Adhara, sabiendo que lo que estaba a punto de decir, no era algo fácil de digerir, lo invitó a tomar asiento.
Ahora estaban frente a la laguna, los patos revoloteaban por el lugar, igual que otros visitantes. Todos demasiado sumergidos en sus propias cosas como para notar la tensa conversación que estaba a punto de surgir.
—Adriana murió —las palabras se sintieron como estacas en su pecho, pero se obligó a continuar—. Y no, no lo digo en sentido figurado—miró directamente a los ojos de Esteban, los cuales seguían igual de confundidos—. Mi hermana realmente está muerta —al decir lo último, los ojos del hombre se abrieron desmesuradamente.
—¡¿Qué?! —esta vez su voz salió débil, estrangulada.
—Ella te tenía aprecio, lo sé por su diario —siguió diciendo—. Pero ella ya no está. Yo soy Adhara, su hermana gemela —se presentó extendiendo su mano. Esteban no la tomó, demasiado aturdido como para hacer o decir algo—. Y estoy ocupando su lugar temporalmente —continuó a pesar del rechazo—. Solo hasta que los culpables paguen por su muerte.
Esteban se puso de pie, mientras negaba. Parecía estar a punto de tener una crisis de histeria.
—¡No, no, no puede ser! —se negaba a aceptar la realidad, pero era evidente que había una parte de su ser que le decía que era cierto, que no había mentira en esto.
Las lágrimas acudieron a los ojos del hombre y entonces su ceño se frunció, sus manos quedaron empuñadas a su costado con dolor e impotencia.
—¿Quién lo hizo? ¿Quién?
—Oliver Volkov.
El nombre quedó esparcido en el aire por unos segundos, hasta que la expresión de Esteban se transformó en una de ira.
—Voy a matarlo ahora mismo—realmente parecía dispuesto a cumplirlo. Pero Adhara lo detuvo.
—¡No! ¡No puedes! Arruinarás lo que estoy haciendo —le explicó apresuradamente—. Quiero acabar con Oliver. ¡Acabaré con él! —aseguró con determinación—. Pero primero quiero que sufra, que se arrastre, que suplique por piedad. Quiero que vea cómo todo lo que ama queda destruido. ¡Quiero su dolor! ¡Que pague por cada lágrima derramada por mi hermana!
Esteban asintió a duras penas, un destello asesino seguía en su mirada. Pero entonces volvió a tomar asiento en el banco, mientras las lágrimas bajaban por su mejilla.
—Sabía que Oliver no era bueno para ella —lloró—. Traté de advertírselo. ¡Maldición, Adriana, por qué no pudiste escucharme! —miró al cielo con frustración.
—Lo siento.
Unos minutos después, Esteban volvió a mirarla. Esta vez sus ojos parecían dolidos y resignados.
—Lo supe desde que te vi. Eras diferente —la observó con atención, parecía finalmente poder verla, ver su verdadero yo—. Tu mirada no tiene esa dulzura característica de Adriana. Tus ojos son más fríos, aunque igualmente hermosos.
—Mi hermana era un ángel —reconoció Adhara.
Una hora después, estaban los dos en el cementerio, justo al frente de una lápida que tenía la inscripción de Adriana Miller.
—¿Cómo hiciste para que Oliver no se enterará?
—Tengo mis métodos.
—No sé qué tipo de métodos puedan ser esos —se mostró escéptico al respecto—. Oliver maneja todo aquí. Es uno de los empresarios más influyentes. Muchas personas del medio lo respetan. ¿Si sabes que no te estás enfrentando a cualquiera? ¿Si sabes que si te descubre podría…? —se calló sin ser capaz de pronunciar esa palabra. Ya había perdido a Adriana, no permitiría que Adhara también muriera—. No, no lo permitiré —aseguró decidido.
Adhara le explicó sobre su plan, sobre lo que quería hacer y, después de la muerte de su hermana, finalmente se sintió acompañada. Sabía que Luke era un apoyo, pero no confiaba del todo en él. A Luke lo movía la obsesión que sentía por ella, a Esteban, en cambio, lo movía el amor que sentía por su hermana.
—Adriana… —Esteban sollozo su nombre, cuando quedó finalmente a solas, sobre la lápida de su amada—. Todavía no puedo creer que ya no estés aquí. ¿Por qué te fuiste, cariño? ¿Por qué te arrancaron de mi lado? ¡No tienes idea de lo mucho que esto me hace sufrir! Al menos antes sabía que estabas bien, que habías hecho tu elección, que estabas viva. No estabas conmigo y me dolía, pero sabía que seguías respirando aunque fuera lejos de mí. ¡Si tan solo hubiese sabido lo que ese hombre te hacía! ¡Jamás hubiese permitido que te fueras con él! ¡Porque por ti me hubiese vuelto asesino, Adriana! ¡Porque te amo y porque siempre te amaré!
Adhara se tapó la boca con las manos para contener un gemido que estaba a punto de surgir de su garganta. Escuchar las palabras de Esteban, apreciar su sinceridad y amor, la dejaron completamente destruida. Su hermana había sido realmente amada por un hombre, aunque hubiese sido un amor unilateral y no correspondido…