Capítulo 017

1201 Palabras
Cuando Adhara regresó a casa ese día, lo último que esperaba era encontrarse con Oliver Volkov en la entrada de la casa; sin embargo, una cosa eran sus deseos y otra muy distinta lo que el destino le tenía preparado. —¿Dónde estabas? —Su pregunta la tomó por sorpresa en el vestíbulo. —No veo por qué eso debe ser de tu incumbencia —lo esquivó, mientras enfocaba su mirada en las escaleras. Necesitaba evitar la confrontación, luego de un día tan tenso sentía que sería capaz de gritarle sus verdades a la cara y eso únicamente arruinaría sus planes. —Por supuesto que es de mi incumbencia —la agarró del brazo, alcanzándola con gran facilidad. —¡No, no lo es! —se soltó dándole un empujón en el pecho—. Estamos separados, ya no te debo explicaciones. Además, tú tampoco me las das a mí, así que no pidas algo que no ofreces. Ahora, si me disculpas, estoy muy cansada y quiero irme a dormir. Oliver se quedó en medio del pasillo con la palabra en la boca y sintiéndose de muy malhumor. Era evidente que Adriana ocultaba algo, su actitud, su mirada, ya no era la misma persona. Necesitaba averiguar qué sucedía con ella… […] Adhara entró en su habitación y se arrepintió de no haber cenado fuera. Su estómago gruñó por la necesidad de comida, recordándole que no era un robot, sino un ser humano que necesitaba alimento. Realmente había sido un día largo y doloroso, así que lo más sensato era reponer fuerzas. Se escabulló entonces a la cocina, trazando la ruta más solitaria para evitar encontrarse con los indeseables miembros de dicha casa. Ya se había cruzado con Oliver antes, así que no quería cruzarse con nadie más. Cuando finalmente llegó a su destino, se encontró con voces que provenían del interior de la cocina. Rápidamente, reconocía la voz de Greta y de… Adhara se quedó congelada. —Algo le sucede —aseguraba Oliver. —Yo no sé qué le pasa, señor —defendía Greta, parecía muy nerviosa. Su voz temblaba—. Ella está cambiada. Siento que me culpa por algo… —No tendría nada de qué culparte. Has hecho lo correcto —no fue un consuelo. Las palabras de Oliver parecían seguras y determinadas, como si realmente creyera que el hecho de poner veneno en sus alimentos fuese lo más normal, lo mejor o alguna obra de caridad. «Es un psicópata», se estremeció Adhara ante esta realidad. Oliver era una persona sin líneas morales. Era incapaz de darse cuenta de qué era lo correcto o lo incorrecto. Era un peligro inminente para la sociedad. —No dejes que te aleje —ordenó a la sirvienta—. Debes ganarte su confianza de nuevo, ser mis ojos. Cuento contigo para eso. Adhara se apresuró en alejarse cuando escuchó pasos en retroceso. No podía permitir que Oliver la descubriera. No quería arriesgarse a averiguar qué sería capaz de hacer si lo presionaba más de la cuenta. Ya había quedado en evidencia de que no sentía remordimiento alguno por lo que hacía. Esa noche, Adhara no cenó, luego de su fallido intento de buscar comida, se le quitó por completo el apetito. Su cuerpo se mostraba inquieto, había colocado el seguro en la habitación, pero sentía que no era suficiente, así que decidió rodar un par de muebles, impidiendo así que alguien entrara por la fuerza en el caso de intentarlo. Cuando logró dormir muy entrada la madrugada, tuvo pesadillas. Los ojos grises de Oliver se mostraban insistentes en cada una de esas visiones, mientras la tomaba del cuello y la asfixiaba hasta exprimirle la vida. Siempre que esas pesadillas terminaban, quedaba sudorosa y con su corazón galopante. No veía la hora de terminar con esto y regresar a su vida en Inglaterra, aunque ya nada sería como antes. Ya no habría noches de videollamada con su hermana, o el simple hecho de saber que faltaba poco para volver a verla. Ya nada sería igual por más que hiciera justicia. Cuando el sol salió finalmente, Greta tocó a la puerta como solía hacer todos los días. Adhara recordó la conversación que escuchó la noche anterior, así que decidió jugar de una manera más inteligente. Les haría creer que tenían su confianza, que la tenían en la palma de la mano. No había una jugada mejor que engañar al enemigo, y así, cuando decidiera atacar, este no se lo esperaría. —Buenos días, señora —saludó con la cabeza gacha y sin querer mirarla directamente a los ojos. —Greta —Adhara tragó saliva tratando de darse valor a lo que estaba a punto de hacer. Odiaba el hecho de tener que retractarse cuando sabía perfectamente que tenía toda la razón en sus palabras anteriores, pero esto era por el bien del plan—, sé que ayer me comporté de una forma un poco dura. Quisiera disculparme… Finalmente, Greta alzó la cara y la miró, sus ojos grandes y marrones parecían no dar cabida a lo que escuchaba. —No, señora, no —se mostró mortificada—. Usted no tiene nada de qué disculparse, tuvo razón en todo lo que me dijo. He abusado de su confianza, he insistido en cosas que no debería y… he hecho cosas imperdonables. —¿Qué cosas? —inquirió de inmediato. —¿Recuerda cuando me contó que no entendía por qué no podía quedar embarazada? Adhara asintió, aunque obviamente no recordaba nada de eso, ella no era Adriana. —Bueno, yo he sido la culpable de eso… —confesó, lágrimas cubrían sus ojos. —¿Cómo se supone que has sido la culpable? —no lograba entender de qué estaba hablando y en qué tenía que ver esto con el veneno. —He estado colocando anticonceptivos en su jugo de manzana. La mirada de Greta se desvió al piso rápidamente, el arrepentimiento se notaba en todo su cuerpo. «¿Se arrepentía de los anticonceptivos, pero no se arrepentía del veneno? ¿O acaso era un truco para ganarse su confianza, confesar un delito menor y esperar que la perdonara por eso?», se preguntó Adhara mientras la observaba analíticamente. Luego se puso en el lugar de su hermana, seguramente Adriana estaría muy enojada en su posición. ¿Lo que no sabía era por qué quería embarazarse? ¿Su hermana estaba tan desesperada que hubiese sido capaz de hacer eso para atrapar a Oliver? ¿De verdad no se estaba protegiendo de un embarazo por sí misma? La realidad era que tenía muchas preguntas y pocas respuestas, quizás más tarde debería retomar el diario de su hermana en la parte en la que lo dejó hacía un par de días. Necesitaba más información. —Eso puede considerarse traición —camino hacia la ventana, tratando de mostrarse afectada por la confesión de Greta, tratando de actuar como lo hubiese hecho su gemela—. Realmente no esperaba esto de ti, Greta. No cuando abrí mi corazón y te conté mis secretos y anhelos. ¡Me traicionaste! —¡Perdóneme, señora! —gimió la mujer, lágrimas empañaban sus ojos. —Yo… debo pensarlo —se mostró dolida.
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