La furia descomunal que se apoderó de su cuerpo fue tan fuerte que Adhara no la pudo soportar.
Adriana no merecía ni una falta de respeto más, así que por la memoria de su hermana se encargaría de poner a ese par en su puesto.
Con eso en mente, los pasos de la mujer resonaron en el pulido piso de las instalaciones de la empresa Volkov. A medida que Adhara caminaba hacia la oficina de quien se suponía era su esposo, el resto del personal no dejaba de observar, atentos a la inminente confrontación.
Uno, dos, tres segundos más fueron suficientes, para que Adhara llegará a la puerta de la oficina de Oliver y jalará de la manilla sin dudar.
La imagen que recibió fue de lo más vulgar: aquella mujer de nombre Anastasia, estaba sentada sobre el regazo de Oliver, mientras este le acariciaba el pelo con ternura. Adhara sintió nuevamente una arcada, pero alzó el mentón y sonrió con suficiencia antes de acortar la distancia y jalar a aquella mujer de su bella y cuidada melena.
Anastasia gritó cuando fue bajada del regazo de Oliver de aquella manera tan violenta.
El hombre en cuestión se quedó petrificado, viendo como su tierna y dulce esposa, limpiaba el piso de su oficina con Anastasia.
La fuerza de Adriana parecía ser tan descomunal, que Oliver sentía que no la conocía.
La Adriana que conocía siempre había sido demasiado sentimental, una persona tranquila que prefería la paz antes que los problemas.
Sin embargo, esta mujer…
Se la quedó mirando un poco más, sus ojos castaños relucían con un brillo carmesí que hacía de su mirada mucho más fiera. Era como un animal salvaje: imponente, libre, audaz…
Sus pensamientos no se llegaron a concretar, cuando Oliver sintió aquella pequeña palma siendo estampada en su mejilla.
—¡Eres un cerdo! —le dijo Adriana, observándolo con evidente asco.
Oliver se enfureció al darse cuenta de que estaban armando un espectáculo, algunos de los empleados se asoman en la puerta entreabierta para saber qué estaba ocurriendo en el interior.
Apresó a esa desquiciada Adriana y caminó hacia la puerta, sujetándola del brazo, mientras esta no dejaba de forcejear para ser liberada.
Una vez cerró la oficina a los ojos curiosos, la encaró con dureza:
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? ¿Te has vuelto loca?
Adriana le sonrió, desquiciada.
—Él que se volvió loco fuiste tú—señaló con la barbilla a una Anastasia que aún no lograba recuperarse de la paliza que le había dado—. Traer a tu amante y dejar que todos sepan que tienen sexo, ¿te parece de lo más prudente?
—¿De qué estás hablando? No estábamos…
—¿Ah, no? ¿Y por qué estaba en tu regazo? —recordó Adhara lo que vio al entrar.
Realmente no le importaba lo que hiciera Oliver con su órgano reproductor, lo que le importaba era la falta de respeto que eso suponía para la memoria de su hermana. Para bien o para mal, ambos estaban casados, así que le debía fidelidad hasta que se concretara el divorcio.
—Basta, Adriana, deja de comportarte como si fueras una esposa celosa, sabes perfectamente que este matrimonio nunca fue real, ¿o ya lo has olvidado?
Adhara lo miró con el ceño ligeramente fruncido, recordaba que su hermana le había comentado que no se había casado por razones convencionales, pero no ahondó mucho en los detalles. La vida de casada de Adriana seguía siendo un misterio para ella, lo único que tenía claro era que Oliver fue el culpable de su muerte y la persona que la hizo infeliz en sus últimos meses de vida.
—¡Lo pagarás! —la voz entrecortada de Anastasia se alzó en medio de su tensa plática—. ¡Esto no se quedará así! —amenazó.
Adhara sonrió, le resultó inevitable no hacerlo, al verla reducida a una simple y vulgar mortal. Al parecer la famosa Anastasia Sidorov se sentía intocable, pero acababa de descubrir que no lo era. Y también acababa de descubrir que se había metido con la persona equivocada. Porque de Adriana Miller nadie se burlaba, así tuviese Adhara que hacérselo saber al mundo entero.
—Estoy ansiosa por ver todo lo que tienes —la retó desafiante.
La guerra acababa de empezar…
[...]
Adhara sabía que los días “tranquilos” habían terminado.
Esa noche, cuando regreso a la mansión, Irina Volkov la estaba esperando…
—¿Con qué te crees superior? —le preguntó con aquel tono cargado de desprecio—. Déjame adivinar qué es lo que te hace sentir así—puso un dedo en su mentón y simuló pensar—. ¡Ah, ya lo sé! ¿Crees que de alguna forma mi hijo te llegara a elegir? —se burló.
Adhara se rio sin gracia.
—Su hijo no me interesa en lo más mínimo, señora; sin embargo, estoy disfrutando mucho de su desesperación —le aclaró.
—¿Ah, sí?
Irina no se mostró afectada.
—Ahora dices que no te importa, ¿pero quién era la que suplicaba por ser aceptada? —le soltó, haciendo que Adhara se preguntará si su hermana había hecho eso en algún momento, pero para su desgracia, Irina siguió hablando—. ¡Por favor, señora, acépteme! ¡Le prometo que solo quiero amar a su hijo! —siguió recordando, haciendo que un ardor se instalará en el pecho de Adhara, al imaginarse a Adriana suplicando de semejante forma—. Te arrodillaste frente a mí y me pediste que te ayudará. También me dijiste que tu amor por Oliver era genuino. Pero mi respuesta siguió siendo la misma, ¿y adivina qué? No ha cambiado. ¡Mi hijo nunca te querrá, Adriana! No importa lo que hagas, Oliver siempre ha amado a Anastasia. Y se casarán. Solamente necesitamos que desaparezcas de nuestras vidas. Así que firma el bendito papel y márchate. Nadie te quiere en esta casa.
Adhara se obligó a recomponerse y a no mostrarse afectada por la reciente revelación.
—Noticia de última hora, señora—sus labios se curvaron con malicia—. Le mentí —sonrió más ampliamente—. En realidad nunca amé a su hijo y por supuesto que nunca lo amaré. Pero me alegra que ame a la “adorable Anastasia Sidorov” espero que ambos sean felices juntos, claro, cuando a mí me dé la gana de desaparecer —remarcó las últimas palabras con clara socarronería.
—¡Márchate! —enfureció Irina, cerrando los puños a su costado—. ¡Vete ahora mismo!
—¿Y si no qué? —preguntó desde el segundo escalón de las escaleras, esperando por más amenazas de su parte.
Sin embargo, lo único que se escuchó fue silencio aunado a la respiración superficial de Irina, quien parecía sufrir un grave ataque de furia.
A Adhara esto le pareció demasiado inusual, esa mujer se veía muy explosiva, así que no entendió por qué no la atacó con más gritos.
De repente, Irina se dio la vuelta y desapareció, dejándola completamente sola…
A la mañana siguiente, un camión de mudanza se encontraba descargando a primera hora del día. Adhara ya se encontraba lista para ir al trabajo, cuando se topó con la escena.
Preguntándole a una de las personas que se encontraba cerca, descubrió que todas esas pertenencias eran de Anastasia Sidorov, quien se mudaba a la casa a partir de ese mismo día.
El puño de Adhara se cerró con fuerza, pero dedujo que esto era parte de las amenazas de ese par de arpías.
Querían coaccionarla, hacerla flaquear para alzarse con la victoria como un par de hienas.
Lamentablemente, no les daría el gusto de verla mal, porque la única que triunfaría en esta guerra sería ella…
[…]
Esa noche, Adhara regresó demasiado cansada luego de otra ardua jornada de trabajo.
Encontrándose sola en esa habitación espaciosa, se permitió dar un vistazo a todas las cosas que eran de su hermana. Muchas de esas cosas no las había tocado por miedo a lo que podría encontrar.
Adhara pasó el dedo por la mesita de noche, descubriendo que al final de la misma, había una gaveta con llave.
«¿Qué es eso?», se preguntó con un mar de intriga, aflorando dentro de su piel.
Sin poder contenerlo, busco la llave que estaba en el escondite más simple que pudiese existir —justo en la primera gaveta— y abrió aquel espacio para encontrarse con un único objeto: un grueso libro que respondía al título de “Diario”.
Adhara miró hacia todos lados, sintiendo que estaba a punto de hacer algo muy malo, pero no se pudo contener.
Las hojas de aquel cuaderno estaban escritas con el puño y letra de su hermana, así que sintió el deseo de llorar al darse cuenta de esto. Aquello contenía un poquito del alma de Adriana, de su difunta hermana.
Pero Adhara odio descubrir que el tema central de aquel diario era precisamente Oliver…
“Hoy lo vi por primera vez”, decía la primera página de aquel diario.