—Disculpe, señor, ¿necesita que le ayude en algo más aparte de imprimir y ordenar estos papeles? —preguntó Adhara con suavidad a su jefe.
Había solicitado trabajar en el área de finanzas, porque esto le permitiría tener acceso a los libros contables. Tenía la ligera corazonada de que Oliver podría estar incurriendo en un delito de malversación de fondos o incluso algo más grave, que le permitiera llevar a la empresa a una disolución en tiempo récord. Porque ese era parte del objetivo, desaparecer al imperio Volkov.
Pero lamentablemente todas las personas en ese lugar la trataban como si fuera de porcelana. Nadie se acercaba ni le hablaba y el trabajo que le asignaban era absurdo, teniendo en cuenta cuáles eran las verdaderas funciones de una asistente.
Además, los cuchicheos en los pasillos tampoco ayudaban…
“Es la esposa del señor Oliver, no entiendo qué hace trabajando aquí…”
“Escuché que vino a vigilar si tiene una nueva amante…”
“Al parecer ese matrimonio está cada vez peor…”
Esas y otras murmuraciones eran las que tenía que escuchar a diario en los pasillos de dichas instalaciones.
Estaba harta, no había venido a perder el tiempo ni a escuchar chismes de pasillo.
Necesita hacer algo contundente cuánto antes…
—¿No sé qué más desea hacer, señora Volkov? —la voz de su jefe la trajo de vuelta a la realidad—. De hecho, siento que no debería estar aquí.—Al ver que su rostro mostraba todo su desacuerdo, se apresuró en agregar—: Y discúlpeme si quizás estoy siendo demasiado sincero con mi observación, pero es que usted es la esposa de…
—En estos momentos solo soy Adriana Miller, una empleada más, así que tráteme como tal —lo interrumpió, cansada de tanta zalamería.
—Oh, en ese caso, haré todo lo posible por tratarla de la forma más natural posible —concluyó el hombre un poco nervioso, consciente de que posiblemente había cometido un error al exteriorizar sus pensamientos.
—Muchas gracias.
La siguiente actividad de Adhara estuvo más entretenida, finalmente le fue solicitado buscar algunos libros contables para organizar el próximo informe de la junta directiva.
Cuando logró estar a solas en aquel pequeño archivo no perdió tiempo de tomar fotos de todo lo que le parecía dudoso o que mereciera ser analizado con mayor cautela.
El tiempo estaba en su contra, así que no podía hacer una inspección más exhaustiva, pero sabía que esa no sería la única vez en la que tendría acceso a los libros contables y eso, de alguna forma, le daba un poco de esperanzas. El final de Oliver Volkov estaba cada vez más cerca.
Y hablando del rey de Roma…
Adhara se tensó al escuchar la voz del hombre hablando con el señor Suárez, su jefe.
—La señora Adriana está en el archivo —informó este.
Adhara maldijo en su mente cuando escuchó los pasos acercarse y un par de segundos después la puerta fue abierta, revelando la imponente figura de Oliver, quien parecía observarla con cierto aire burlesco.
—No entiendo cuál es tu afán de perder el tiempo en estas tonterías—señaló a los papeles desparramados sobre la mesa—. Firma el divorcio, Adriana, y evítanos las molestias. La gente está empezando a cuchichear y no sé si me gusta lo que dicen en los pasillos de la empresa. Esto podría dejarme muy mal parado con algunos de mis socios, ¿entiendes?
—¿Cuál es el miedo, Oliver? —lo encaró Adhara poniéndose de pie, odiaba sentirse inferior a ese sujeto.
—No hay miedo —corrigió al instante—. Hay poco tiempo y no lo quiero perder contigo —puntualizó lo último con cierto desdén.
—Claro, desde luego —ahora fue su turno de burlarse con una estruendosa carcajada—. Porque mejor no me dices, ¿cómo sería para ti la separación perfecta? Seguro, preferirías quedarte viudo, así la gente te miraría con lástima y ganarías el favor de muchos de tus accionistas, ¿o me equivoco?
Al ver que se le había ido la lengua, Adhara se maldijo a sí misma, pero le resultaba difícil controlarse en presencia de ese hombre. Lo detestaba tanto.
—No entiendo a que viene tu insinuación.
Oliver la miró fijamente con sus ojos entrecerrados, parecía estar sopesando seriamente sus palabras.
Al ver el aprieto en el que se había metido, Adhara no tuvo más alternativa, que obligarse a agregar:
—No lo sé—se encogió de hombros con ligereza—. Solamente digo que pareces muy afanado por quedar bien con los demás.
—Porque soy un hombre que depende de su imagen —le contestó con obviedad—. Así es como se mueve el mundo de los negocios, Adriana. Pero claro, sería difícil que tú lo entendieras.
Al ver cómo la subestimaba, Adhara crujió los dientes para contener la serie de respuestas cortantes que querían surgir de su garganta.
Afortunadamente o desafortunadamente, el momento fue interrumpido por alguien más. Se trataba de la asistente de Oliver, una rubia de piernas largas y figura escultural.
—Señor, disculpe que lo interrumpa, pero hay un asunto urgente—hizo un gesto con las cejas, que le dio a entender a Adhara que sea lo que sea, no podía hablarlo delante de ella.
Oliver abandonó la habitación sin siquiera despedirse y horas después, Adhara se enteró de cuál era ese asunto “urgente”.
—Lleva horas en su oficina, encerrado con la señorita Sidorov. Por lo que se escucha, no parecen estar simplemente hablando —cuchicheó una de las empleadas, haciendo que Adhara sintiera un malestar en todo el cuerpo.
Rápidamente, corrió hacia el baño y vomitó todo el contenido de su almuerzo, mientras se miraba en el espejo del lavado, no pudo evitar que las lágrimas salieran de sus ojos.
Ese par estaba teniendo sexo sin importarle su presencia en el lugar, ¿cuántas cosas más tuvo que soportar su hermana?